Juana de Arco

Luis Daniel González
Jun 7 · 10 min read

(En mis planes estaba poner aquí el 29 de mayo este texto, pero no pude, así que lo incluyo ahora).

Entre quienes desafiaron a las autoridades de su sociedad basados en las exigencias de su conciencia pocos personajes históricos más asombrosos y aparentemente inexplicables que Juana de Arco. No es extraño que se hayan escrito tantas historias y se hayan filmado tantas películas sobre ella. Pero, antes de comentarlas, doy un resumen de su vida.

Juana de Arco nació en Domrèmy, Lorena, en 1412. Tenía lugar entonces la que se llamó Guerra de los Cien Años: los intentos franceses de expulsar a los ingleses de su territorio. Con 13 años Juana empezó a escuchar unas voces que, según declaró, identificó con las de las del arcángel san Miguel y las de las santas Catalina de Alejandría y Margarita de Antioquía. Esas voces la guiaron durante años hasta que, cuando tenía 17, le indicaron que fuera en busca del Delfín, Carlos VII, para decirle que, al frente de su ejército, ella conseguiría llevarle hasta su coronación como rey en Reims. Juana pasó distintas pruebas para convencerle a él y a su corte de que lo que decía era cierto, incluido un proceso, en Poitiers, en el que fue interrogada por un tribunal de teólogos.

Después, Juana condujo a la victoria al ejército francés en varias batallas — los historiadores discuten si sólo por el efecto moral que tenía en las tropas, basados en su testimonio de que ella prefería llevar el estandarte a la espada, o si también planificaba las acciones de guerra, tesis avalada por otros testimonios — . Pero su ascendiente sobre el Delfín, la envidia provocada por sus éxitos, y la extrañeza que causaba, le hicieron sufrir las intrigas y las envidias de la corte y de los jefes militares.

Acabó siendo capturada, debido a la torpeza o la traición de uno de sus hombres, durante el sitio de Compiègne. Los borgoñones, aliados de los ingleses, la encerraron en el Castillo Beaurevoir, del que intentó escaparse varias veces. La cedieron finalmente a los ingleses, que la encarcelaron en un castillo en Rouen. El Obispo de Beauvais, Pierre Cauchon, partidario del rey de Inglaterra, fue quien encabezó el tribunal inquisitorial que la juzgó, entre el 21 de febrero y el 23 de mayo de 1431, y la condenó a morir en la hoguera, el 30 de mayo de 1431.

Un buen acercamiento a la figura de «la doncella de Orleans» es el de la biografía escrita por Regine Pernoud, titulada Petite vie de Jeanne d’Arc.

En la introducción dice Pernoud que Juana de Arco fue un personaje que asombró a sus contemporáneos tanto como nos asombra hoy a nosotros. Pero, para poner en su sitio a los ignorantes pretenciosos, señala que es la figura del siglo XIV acerca de la cual tenemos más y mejor documentación: por un lado, la correspondiente al proceso de su condena (1431), donde figuran las preguntas que se le formularon y las respuestas que dio, aunque están algo manipuladas por sus jueces; y, por otro, la del proceso de rehabilitación que se abrió dieciocho años más tarde, que reunió ciento quince testimonios de personas que la habían conocido. Dando la palabra a esos textos, la historiadora francesa cuenta brevemente la vida de Juana de Arco y, de vez en cuando, hace alusiones a las inexactitudes y tonterías que se contienen en algunas versiones filmadas o publicadas de su vida.

Cristina de Pizán (1364–1430), también biografiada por Pernoud, fue la primera mujer que escribió para reivindicar que las mujeres pueden desempeñar las mismas funciones que los hombres y mandar capazmente sobre ellos. Al final de su vida vio a Juana de Arco ponerse al frente de los ejércitos franceses, lo que para ella fue una demostración palpable de sus tesis. Juana de Arco, dice Regine Pernoud, «era una mujer que respondía plenamente a los deseos de Cristina, pues tenía “valor de hombre” y también, además de “tener corazón de hombre”, (…) “conocía los derechos de armas y todas las cosas que a ello convienen, a fin de poder dar órdenes a sus hombres, y, si hubiere necesidad, sabe lo que hay que hacer para atacar o defender”». Juana era un tipo de mujer que, por supuesto, «ni la misma Cristina podía prever» pero, fuera como fuese, tenía «todas las marcas que Cristina deseaba para aquellas mujeres que debían actuar».

Otro libro de interés es Juana de Arco, la reconstrucción novelada que firmó Mark Twain en 1896, año en el que también vio la luz el extraordinario libro ilustrado Juana de Arco de Louis Maurice Boutet de Monvel.

La novela de Twain es una obra distinta de las demás del autor norteamericano: en la portada no la firmó con su nombre para evitar a sus lectores habituales cualquier impresión de que tenían delante un libro cómico. Además, aunque sus conocimientos de la historia europea en general, y de la historia de la iglesia católica en particular, eran muy incompletos y en otros lugares le hicieron caer en burdas simplificaciones, en este caso logró una obra documentada y repleta de admiración hacia el personaje: llegó a declarar que «estoy plenamente convencido de que Juana de Arco, el último de mis libros, es el que he logrado plenamente».

El narrador de la novela es el escudero de Juana, Louis de Conte. Al final resume así su historia: «Desde una aldea remota y perdida llegó una ignorante campesina y se puso al frente de aquella guerra canallesca, con aquel incendio que todo lo consumía y asolaba el país desde hacía varias generaciones. Y tuvo lugar, entonces, la más breve y desconcertante de las campañas conocidas por la historia. Se terminó en siete semanas, quedando desmontada una guerra que ya contaba con noventa y un años de experiencia. […] Aquella guerra fue como un ogro carnívoro, devorador de hombres, cuyas garras chorreaban sangre durante años y años. Con su débil mano femenina, una niña de 17 años abatió al ogro y lo dejó tendido sobre los Campos de Patay».

El álbum de Boutet de Monvel que cité arriba es un relato cortito, contado con sobriedad y un cierto tono hagiográfico, que se ajusta a los datos históricos conocidos, desde las apariciones que tuvo, hasta el juicio al que fue sometida y la condena final a morir en la hoguera. Su valor está en su condición de gran libro ilustrado que, por la calidad de sus imágenes y por su extraordinaria concepción, ha quedado como una referencia histórica: fue un libro excepcional para su época, influyó mucho en autores posteriores y en la evolución histórica de los álbumes ilustrados, y hoy se puede leer y contemplar con gusto pues no ha perdido ni actualidad ni frescura.

En cuanto a las películas, la que, por su realización cinematográfica y por su fidelidad a los hechos históricos, más merece la pena ser vista es Proceso de Juana de Arco, filmada en 1962 por Robert Bresson, aunque tampoco haya que olvidarse de La Pasión de Juana de Arco, una película muda de Carl Theodor Dreyer en 1928.

La película de Dreyer, a quien no le interesa tanto la veracidad histórica como el drama — el sufrimiento de Juana, la inquina maliciosa de sus jueces — , presenta el proceso a través de muchos poderosos primeros planos consecutivos, y con frecuencia enfrentados, de la heroína y de sus jueces, y tiene interés por la fuerza que desprenden las imágenes y por la realización del director danés, tan centrada en la expresividad de los rostros y en poner así en pie las emociones del espectador. Sobre ella dijo Bresson que «tiene méritos inmensos, sobre todo si se piensa en la época en que fue rodada. Es una película que todavía emociona a un gran sector de público. Es muy notable por el hecho de que llega al público incluso con elementos que no son siempre cinematográficos. El conjunto, aunque me parezca bastante teatral (decorados, gestos, muecas), ejerce todavía una atracción incontestable que me siento incapaz de explicar».

Pero los propósitos y el estilo de Bresson son distintos. Un estudioso de Dreyer explica que «la diferencia fundamental entre La Pasión y el Proceso estriba en que Bresson muestra a sus jueces como una totalidad compacta, mientras que Dreyer descompone ese conjunto en mil expresiones diferentes. Dreyer acentúa el antagonismo entre la rea y sus jueces. Bresson, respetuoso con la liturgia procesal, trata de igualarlos dramáticamente. La heroína del francés padece a la manera de una santa limpiamente evocada por una mente católica; la del danés, como una criatura arrojada al abismo del dolor».

La película de Bresson se basa en un intensísimo y medido guión construido a partir de las actas del proceso en el que se la sentenció, que habían sido descubiertas y editadas en 1841 por el historiador y arqueólogo Jules Quicherat. El director francés no cambió nada pero sí resumió el texto, para evitar repeticiones, y modernizó un poco las expresiones. Explicaba en una entrevista: «Suprimí los arcaísmos, no todos, conservé algunos para no empobrecer la característica tan particular de las réplicas de Juana. No expliqué nada. Dediqué mucho tiempo al trabajo preparatorio de concepción. Lo hice poco a poco, por miedo a traicionar algo. Me aparté, como de costumbre, de toda psicología teatral o novelesca (la imagen ya se encarga de ello), (…) una psicología que habría falseado el tono y sobrecargado la película. (…) Evité el estilo histórico, que no es creíble. Una película no es una obra de teatro. Necesita ser creíble. En resumen, lo hice de modo que Juana resultara tan posible y tan verosímil — o imposible e inverosímil — como lo era entonces».

Con extraordinaria sobriedad en vestuarios y decorados, la acción se desarrolla en muy pocos escenarios: la Torre, la celda de Juana, la antecámara de la Sala de Ceremonia, la Sala de Ceremonia, el cementerio de Saint-Ouen, y la final en la Plaza del Mercado. El drama va creciendo en intensidad a través de una sucesión de planos y contraplanos, con diálogos rápidos entre Juana y sus acusadores, en especial el presidente del tribunal, Pierre Cauchon. En ellos sorprenden las respuestas certeras y escuetas de Juana — con una rapidez y contundencia que a veces resulta desbordante — , con las que logra eludir las expresiones que podían condenarla: el interés de sus jueces era que reconociese que las voces que la aconsejaban provenían del demonio y que confesara que actuaba con independencia de la Iglesia. Así, el Obispo pregunta «¿Creéis estar en gracia de Dios?» y Juana replica «¡Si no la tengo, que Dios me la dé, y si la tengo, que Dios me la conserve!».

Explicaba Bresson: deseaba «servirme de la monotonía como si fuera un fondo uniforme sobre el que se dibujarían claramente los matices. Temía más la lentitud, la gravedad del proceso. También ataco la película y la continúo con un ritmo muy rápido. Se puede escribir una película con corcheas y dobles corcheas, porque es música. El cinematógrafo — las películas — no está para copiar la vida, sino para arrastrarnos en un ritmo cuyo autor ha de ser siempre el compositor. No conviene buscar la verdad en los hechos, en los seres y en las cosas (el realismo no existe, al menos tal y como se concibe), sino más bien en la emoción que éstos provocan. Es la verdad de la emoción la que nos indica el camino y nos guía».

En una larga conversación de Bresson con el filósofo Jean Guitton, le decía Bresson:

«Voy a decirle lo que más me llamó la atención cuando releí, con miras a la película, las actas del proceso de condena de Juana de Arco.

Su juventud, su magnífica insolencia ante los príncipes de la Iglesia y los sabios dispuestos a enviarla a la hoguera (“¡Siguiente pregunta!”; “Esto no concierne a vuestro proceso”; etc.). A lo largo de aquellos interminables interrogatorios, de los cuales ella salía menos agotada que sus inquisidores, me la imagino lanzando sus réplicas obstinadas desde ese nivel superior que representaban en sus lienzos algunos pintores del siglo XV: el nivel de los asuntos espirituales con respecto al nivel inferior de las realidades materiales. Juana dista de sospechar la irritación que provoca en sus jueces. Pero poco importa: la suerte está echada.

Su falta de prudencia y esta réplica: “Tuve la voluntad de creerlo”, me parece más desconcertante que todas las réplicas famosas, pues es la más imprudente, aquella que corre el peligro de ser incomprendida tanto por los jueces más o menos de buena fe como por una posteridad fácilmente detractora.

Su pureza, ese estado de limpieza, de asepsia que se reclamaba tanto a sí misma como a los capitanes y soldados a sus órdenes, ese estado más allá del cual ella sabía que nada grande, nada glorioso podía darse.

Su fracaso (captura, hoguera), aquella ley general del gana el que pierde. Para ganar hay que perder. Peor aún: ¿murió con la duda que intentaron insuflarle el obispo y sus asesores sobre su vocación, sobre su misión, un crimen incluso más atroz que el de quemarla?

La analogía de su pasión con la pasión de Cristo.

Me impresionaron muchas otras cosas, como puede imaginar, entre las cuales tengo que mencionar la elegancia de la lengua que ella emplea. Sin coger una pluma, al responder a sus jueces, Juana creó una obra literaria. Escribió un libro, una pura obra maestra de la literatura. Aquel libro es un retrato, el único retrato que nos queda de ella».

En otro lugar, después de confesar que ve a Juana de Arco «con ojos de creyente», que cree «en ese mundo misterioso al que abre la puerta y la cierra tras ella», Bresson dice: «Aprecio mucho (especialmente viniendo de ella) el título que Régine Pernoud dio a mi película después de haberla visto: “Juana por ella misma”».

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Libros citados:

Régine Pernoud. Petite vie de Jeanne d’Arc (1990). Paris: Desclée de Brouwer, 1990; 143 pp.; ISBN: 978–2–220–05879–5.

Mark Twain. Juana de Arco (Personal Recollections of Joan of Arc, 1896). Madrid: Palabra, 1995, 2ª ed., 4ª impr.; 432 pp.; col. Arcaduz; trad. de Rafael Gómez López-Egea; ISBN: 84–8239–824–5.

Louis Maurice Boutet de Monvel. Juana de Arco (Jeanne d´Arc, 1896). Barcelona: Thule, 2015; 52 pp.; col. Trampantojo; trad. de BernatCastany Prado; prólogo de Luis Daniel González; ISBN: 978–84–15357–70–4.

Otros libros de los que hay citas son:

RéginePernoud. Cristina de Pizán (Christine de Pisan, 1995). Palma de Mallorca: José J. de Olañeta, 2000; 183 pp.; trad. de María Tabuyo y Agustín López; ISBN: 84–7651–857–9.

Manuel Vidal Estévez. Carl Theodor Dreyer. Madrid: Cátedra, 1997; 359 pp.; col. Signo e Imagen / Cineastas; ISBN: 84–376–1542–9.

Bresson por Bresson: entrevistas, 1943–1983 (Bresson par Bresson, entretiens 1943–1983, 2013). Reunidas por MylèneBresson. Barcelona: Intermedio Libros, 2015; 395 pp.; presentación de Santos Zunzunegui; trad. de Vanesa García Cazorla y León García Jordán; ISBN 13: 978–84–608–3012–2.

Películas citadas:

Robert Bresson. Proceso de Juana de Arco (Procès de Jeanne d’Arc, 1962). El guión se publicó en Barcelona: Aymá, 1964; 149 pp.; col. Voz Imagen; trad. de Joan Oliver; datos y comentarios recopilados por Román Gubern (entrevistas a Bresson, comentarios de distintos críticos de cine sobre esta y sus otras películas).

Carl Th. Dreyer. La Pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928).

A ellas se puede añadir que, ya en 1900, Georges Méliès había filmado Jeanne d’Arc, una película pionera de quince minutos. Menos interés tienen las de Victor Fleming, en 1948, Jean Delannoy, en 1953, y Otro Preminger, en 1957.

    Luis Daniel González

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    Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.