‘La bendición de la Navidad’, de Joseph Ratzinger

En el pasado he puesto aquí varias notas relativas a la Navidad. Últimamente, Dos cuentos judíos y Papá Noel. En años anteriores, Aforismos navideños, El único modo de hablar de la Navidad, ‘El espíritu de la Navidad’, de G. K. Chesterton, y Enseñanzas de los belenes.

A ellas añado ahora esta con explicaciones sobre los orígenes y significados de la Navidad y sobre costumbres asociadas con ella: las que se dan en La bendición de la Navidad, un libro en el que se unen dos publicaciones antiguas de Joseph RatzingerLicht, das uns leuchtet (1978) y Lob der Weihnacht (1982, en común con Heinrich Schlier) — pero cuya edición, tal como está, es de 2005, cuando ya era Benedicto XVI.

En él se contienen siete textos que fueron sermones, artículos para periódicos o alocuciones en radio escritos o pronunciados cuando era arzobispo de Munich. Antes de hablar un poco del rico contenido de cada uno merece un aplauso la calidad de la edición, que presenta 22 ilustraciones bien elegidas de mosaicos, frescos o tablas famosas, y de cuadros de pintores como Melozzo da Forli, Rogier van der Weyden, Caravaggio, Leonardo da Vinci, Martin Schongauer, Stephan Lochner, Cimabue, Giotto, Bernardino di Betto Pinturicchio, Hans Burgkmaier el viejo, Matthias Grünewald, Vittore Carpaccio, Jacob Jordaens, Rafael. Al terminar el libro hay un Apéndice con Notas y una Relación de fuentes.

En «Al comienzo del Adviento. Una conversación de Adviento con enfermos», además de hablar del Adviento como un tiempo de esperanza y de una alegría que ningún sufrimiento puede erradicar , el entonces obispo de Munich comenta costumbres que «hunden sus raíces en palabras de la Sagrada Escritura» como estas del salmo 96, “Que dancen de gozo los árboles del bosque, delante del Señor que hace su entrada” y afirma que «los adornados árboles del tiempo de Navidad no son más que el intento de hacer que esa frase se convierta en una verdad visible». Luego se refiere a que «la repostería de Navidad» evoca «la magnífica frase del Antiguo Testamento que dice: “Aquel día, los montes destilarán dulzura y las colinas manarán leche y miel”. (…) Si Dios viene en la Navidad, reparte, por decirlo así, la miel (…) y la miel, la repostería de miel, es un signo de esa paz, de la concordia y la alegría», y también por esto la Navidad se convirtió en la fiesta de los regalos.

«La genealogía de Jesús», la que figura en el Evangelio de san Mateo, es una reflexión a propósito de que aparecen en ella cuatro «mujeres (…) que eran consideradas como una mancha en la historia de Israel; cuatro mujeres que, por lo tanto, solían pasarse tácitamente por alto». Y, más allá de que así se manifieste que los últimos serán los primeros y cómo Dios invierte los criterios humanos pues escoge lo débil, «en una observación más atenta se puede constatar (…) que estas cuatro mujeres desplazan en esa genealogía la historia de los hombres, (…) que deja así de ser una genealogía de acciones supuestamente masculinas para convertirse en una genealogía de la fe y de la gracia: en la fe de esas mujeres se basa lo más propio de esta historia, la continuación de la promesa». Además, así «se hace visible la relación interior que se da con la quinta mujer, hacia la cual todo se orienta: María. Aquí, en este punto último y decisivo, se visualiza plenamente la relativización, la irrelevancia última de toda la historia de los varones».

En «El árbol de la vida» Joseph Ratzinger cuenta, primero, la historia del árbol de Navidad probablemente más antiguo del mundo: el que figura como «imagen del altar mayor de la iglesia del Christkindl (del Niño Jesús), situada en las afueras de la ciudad de Steyr, en el norte de Austria», una historia que se remonta hasta el año 1694. Luego comenta su «interpretación de una de nuestras hermosas costumbres navideñas», que considera «un acceso al centro mismo del misterio de la Navidad»: la del árbol de Navidad, un árbol que se levanta como el árbol de la vida del paraíso, que también es como el árbol de la cruz, razón por la que «pudo convertirse en altar».

En «El buey y el asno en el pesebre» se recuerda que «la fiesta primordial de la cristiandad no es la Navidad sino la Pascua» y que la primera constancia escrita de la fecha del 25 de diciembre es del año 204 d.C. Se cuenta que fue san Francisco de Asís, durante la Navidad del año 1223, en Greccio, quien «regaló a la cristiandad la fiesta de Navidad de una forma totalmente nueva». Fue él quien incluyó en la escena el buey y el asno, animales que no figuraban en el Nuevo Testamento. Pero, explica Ratzinger, «el buey y el asno no son un mero producto de la imaginación piadosa, sino que se han convertido en acompañantes del acontecimiento de la Navidad en virtud de la fe de la Iglesia en la unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En efecto, Isaías 1,3 dice: “Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo; Israel no conoce, mi pueblo no entiende”». Con ellos queda más claro aún que lo que no entendieron los eruditos, los conocedores de la Biblia, los especialistas en exégesis de la Escritura, sí lo reconocieron «”el buey y el asno”: los pastores, los magos, María y José».

En «La nueva estrella» se cuentan pormenores del fallecimiento de santa Isabel de Hungría en 1231. A partir de que, en su lecho de muerte, pidió «a las personas que guardaran completo silencio ante el nacimiento del Niño», el autor señala que «el silencio es el ámbito del nacimiento de Dios. Sólo si nosotros mismos entramos en el ámbito del silencio llegamos al lugar donde acontece el nacimiento de Dios». En esa invitación «resuena (…) la frase del libro de la Sabiduría que dice: “Mientras plácido silencio lo envolvía todo, y la noche se encontraba a mitad de su carrera, tu omnipotente palabra desde los cielos, desde el trono real […] se lanzó en medio de la tierra” (Sab 18, 14s)». Y a partir de que sus últimas palabras fueron «entonces, él creó una estrella nueva que nunca antes había aparecido», Ratzinger comenta que «con la mirada puesta en esa estrella dio ella el paso al otro mundo. (…) Cristo es la estrella que ha nacido y que (…) convierte después a los mismos hombres en estrellas que indican el camino hacia él. Isabel se convirtió para nosotros en una estrella semejante».

En «La luz brilla en las tinieblas» se habla del primer cántico navideño, el cántico de los ángeles «gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres». Es un cántico que «presupone un primer elemento sin el cual no puede haber una paz duradera: la gloria de Dios. Ésta es la doctrina de Belén sobre la paz: la paz entre los hombres proviene de la gloria de Dios». Se indica también cómo «el 25 de diciembre era y sigue siendo en el calendario judío la fiesta de la hanukkah, la fiesta de las luces», en la que se recuerda un día del año 165 a. C. en el que «Judas Macabeo quitó del templo de Jerusalén el altar dedicado a Zeus» y así purificó el templo y reparó el honor pisoteado de Dios. «Ya en tiempos de Jesús se celebraba esa fiesta como la fiesta de las luces, según la frase del profeta: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9,1)», y Lucas viene a decir en su relato que «lo que Judas Macabeo sólo podía realizar de forma insuficiente fue llevado a cabo realmente por Cristo en su nacimiento. Él quitó del mundo las imágenes de los ídolos. Él construyó el templo de su cuerpo. Él restauró la gloria de Dios».

En «Y la Palabra se hizo carne» se subraya que «en Navidad no celebramos el día del nacimiento de un gran hombre cualquiera como hay tantos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia». No, aquí «ha sucedido algo más: la Palabra se hizo carne. (…) Aquí ha sucedido lo tremendo, lo inimaginable y, sin embargo, al mismo tiempo lo siempre esperado, y hasta lo necesario: Dios ha venido a nosotros. (…) El eterno Sentido del mundo ha llegado a nosotros de forma tan real y verdadera que se lo puede tocar y mirar (véase 1 Jn 1,1). Pues lo que Juan llama “la Palabra” significa en griego al mismo tiempo tanto como “el sentido”. Por eso podríamos traducir, con toda justeza: “el Sentido se hizo carne”».

Joseph Ratzinger. La bendición de la Navidad. Meditaciones (Der Segen der Weijnacht, 2005). Barcelona: Herder, 2007, 2ª ed., 2ª impr.; trad. de Roberto H. Benet; ISBN: 978–84–254–2602–5.

    Luis Daniel González

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    Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.