‘La desaparición de la niñez’, de Neil Postman

Libro de hace tiempo que vale la pena conocer pues creo que nos hace comprender mejor el mundo en el que vivimos.

Su primera parte, la mejor y más duradera, es una historia a grandes rasgos de la niñez como institución. Las consideraciones de la segunda parte sobre la desaparición de la niñez en los Estados Unidos, siendo válidas en muchas cosas, se han visto desbordadas por los avances tecnológicos de las últimas décadas. El autor habla de que los griegos, «aunque no inventaron la niñez, anduvieron lo bastante cerca para que dos milenios después, cuando se inventó, pudiéramos reconocer sus raíces». Luego explica que los romanos tuvieron una conciencia de la niñez superior a la de los griegos pues establecieron la relación entre niñez y pudor: «la niñez no puede existir sin una idea bastante desarrollada del pudor». Después se detiene en la Edad Media, cuando no había escuela, imprenta, ni pudor, ni normas de cortesía, ni secretos: el niño tenía acceso a todas las formas de comportamientos comunes a su cultura como, dice, algunas pinturas de Brueghel ponen de manifiesto. Un siguiente paso vino dado por la invención de la imprenta, que creó una nueva definición de la adultez basada en la competencia para la lectura: «La imprenta capta, domestica y transforma el tiempo y, en el proceso, modifica la conciencia que la humanidad tiene de sí misma». Se comprueba entonces que, «donde la capacidad de leer y escribir tenía un valor alto y persistente, había escuelas, y donde había escuelas, el concepto de niñez se desarrolló rápidamente. Por eso la niñez surgió antes y con un perfil más definido en las Islas Británicas» pues, «en un periodo relativamente corto, los ingleses transformaron su sociedad en una isla de escuelas», y ya en 1660 había una escuela cada 4.400 habitantes. El auge de la niñez como institución, que creció gracias también a la influencia de algunos pensadores como Locke y Rousseau, llegó a su punto álgido en las primeras décadas del siglo XX y Postman cifra su decadencia, en Estados Unidos, a partir de 1950, cuando la televisión se puede considerar que es ya universal.

La segunda parte del libro de Postman, centrada por completo en la sociedad norteamericana, tiene los acentos pesimistas habituales de otros libros del autor y es lúcida en muchas de sus observaciones. En su opinión, bien explicada, el fin de la niñez como institución empieza cuando se van concretando todas las ideas implícitas en el descubrimiento del telégrafo. «La niñez se basaba en los principios de la información administrada y el aprendizaje consecutivo. El telégrafo inició el proceso de arrebatar al hogar y a la escuela el control de la información. Modificó el tipo de información a la que accedían los niños, su calidad y su cantidad, sus secuencias y las circunstancias en que era experimentada». Luego, «paralelamente al desarrollo de la comunicación eléctrica, se desplegó […] la revolución gráfica: el surgimiento de un mundo simbólico de imágenes, caricaturas, carteles y anuncios. Sumadas, las revoluciones electrónica y gráfica representaron un ataque no coordinado pero poderoso al lenguaje y a la alfabetización». Esto llegó a su cumbre, sigue Postman, con la universalización de la televisión: con ella se «borra de tres maneras la divisoria entre niñez y adultez, las tres relacionadas con su accesibilidad indiferenciada: en primer lugar, porque no exige instrucción para comprender su forma; en segundo lugar, porque no plantea demandas complejas a la mente ni al comportamiento; y, en tercer lugar, porque no divide a su público». Se puede decir que «la televisión recrea las condiciones de comunicación que existían en los siglos XIV y XV». Así que, según Postman, el niño tal como lo entendieron muchos en el pasado es una especie en vías de extinción. Entre otras manifestaciones, afirma, esto se nota cuando vemos la fusión cada vez mayor entre las perspectivas infantiles y las adultas, o cuando comprobamos que lo que entretiene al niño también divierte al adulto. Postman no ve con agrado ni optimismo esta evolución (y eso que no llegó a ver los cambios de las últimas décadas), y piensa que este ocaso de la niñez supone la decadencia definitiva de la cultura norteamericana. También termina indicando, con poca fuerza pero con claridad, que las esperanzas sólo residen allí donde las familias cumplen bien su misión educativa.

A estas últimas ideas volvió un famoso libro, que publicó dos años después Alasdair MacIntyre y que se tituló Tras la virtud, en uno de sus párrafos más conocidos y citados:

«Siempre es peligroso hacer paralelismos históricos entre un período y otro; entre los más engañosos de tales paralelismos están los que se han hecho entre nuestra propia época en Europa y Norteamérica y el Imperio romano en decadencia hacia la Edad Oscura. No obstante, hay ciertos paralelos. Se dio un giro crucial en la antigüedad cuando hombres y mujeres de buena voluntad abandonaron la tarea de defender el imperium y dejaron de identificar la continuidad de la comunidad civil y moral con el mantenimiento de ese imperium. En su lugar se pusieron a buscar, a menudo sin darse cuenta completamente de lo que estaban haciendo, la construcción de nuevas formas de comunidad dentro de las cuales pudiera continuar la vida moral de tal modo que moralidad y civilidad sobrevivieran a las épocas de barbarie y oscuridad que se avecinaban. Si mi visión del estado actual de la moral es correcta, debemos concluir también que hemos alcanzado ese punto crítico. Lo que importa ahora es la construcción de formas locales de comunidad, dentro de las cuales la civilidad la vida moral y la vida intelectual puedan sostenerse a través de las nuevas edades oscuras que caen ya sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las edades oscuras pasadas, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello constituye parte de nuestra difícil situación. No estamos esperando a Godot sino a otro, sin duda muy diferente, San Benito».


Neil Postman. La desaparición de la niñez (The Disappearance of Childhood, 1982). Barcelona: Círculo de Lectores, 1988; 206 pp.; trad. de Margarita Cavándoli; ISBN: 84–226–2695–0.

Alasdair MacIntyre. Tras la virtud (After virtue, 1984). Barcelona: Crítica, 2004, 2.ª impr.; 352 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Amelia Valcárcel; ISBN: 84–8432–170–3.

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Luis Daniel González

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.