‘El diario de la felicidad’, de Nicolae Steindhart

Uno de esos libros muy especiales que merece ser mucho más conocido: ‘El diario de la felicidad’, de Nicolae Steinhardt

El autor (1912–1989), nacido en una familia judía en Bucarest, fue abogado y escritor. Encarcelado en 1960, se convirtió al cristianismo ortodoxo durante su estancia en la cárcel. Liberado en 1964, desempeñó diversos trabajos durante años. Profesó como monje ortodoxo en 1980. En vida publicó varios libros y, después de su fallecimiento, anterior a la caída del régimen comunista, se publicaron sus libros teológicos. También póstumamente apareció El diario de la felicidad, que había terminado en 1972, y que es una miscelánea de textos autobiográficos y reflexivos, cada uno encabezado por una fecha y un lugar.

En ellos se cuentan momentos de su estancia en la cárcel, así como de su vida posterior y anterior a los años que estuvo allí; y se formulan toda clase de comentarios sociales y literarios, así como de muchos textos bíblicos. En conjunto, es un libro de memorias que tiene mucho de testimonio de una época: para Steinhardt está clarísimo que el comunismo es siempre igual: «vengativo. Mezquino. Apestoso. Barriobajero. Rencoroso. Devoto de la trinidad: odio, sospecha, envidia».

Lo cierto es que, aunque uno pueda no compartir todas las consideraciones del autor, resulta impresionante su capacidad argumentativa, su convicción y su alegría, como se aprecia en una de sus anotaciones claves, del 2 de agosto de 1964 a la espera de abandonar la cárcel: «En la pequeña celda de Zarca, solo, me arrodillo y hago balance. Entré en la cárcel ciego (con vagos atisbos de luz, pero no sobre la realidad sino interiores; iluminaciones que nacen de la propia tiniebla y deshacen la oscuridad sin disiparla) y salgo con los ojos abiertos; entré mimado y caprichoso y salgo curado de ínfulas, aires de grandeza y caprichos; entré insatisfecho y salgo conociendo la felicidad; entré nervioso, irascible, sensible a las minucias y salgo indiferente; el sol y la vida me decían poco, ahora sé saborear un trozo de pan, por pequeño que sea; salgo admirando por encima de todo el valor, la dignidad, el honor, el heroísmo; salgo reconciliado: con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso conmigo mismo».

En un texto fechado en 1971 dice: «No lo sabíala respuesta de aquellos a los que se les habla de tortura, de los campos de concentración, de las cárceles, de las confesiones forzadas de los acusados, de los internamientos de políticos en manicomios — , no es una disculpa válida. Nadie está obligado a inventar la pólvora o a descubrir la teoría cuántica. Pero, por otra parte, una inteligencia elemental es un deber. Sobre todo para un cristiano, que tiene que estar siempre alerta ante las tentaciones. Y la estupidez es una tentación. Y no sólo para un cristiano. Y esto a causa de una constatación experimental objetiva: nadie sabe nada, pero todo el mundo lo sabe todo. La ignorancia, la estupidez, el paso a ciegas por la vida y por las cosas, o el paso indiferente son cosa del diablo. El samaritano no ha sido solo bueno; también ha estado atento: ha sabido ver».

Y, en otro momento: «El siglo XX ha visto, además de calamidades, todos los humos del infierno y de la demencia, ha visto que el infierno puede existir, que puede pasar en cualquier momento de lo virtual a lo real. El abismo, las situaciones límites, la angustia salida a la calle y apostada en todas las esquinas le han enseñado al hombre común del siglo XX que el diablo existe y que está cerca de él. Por lo tanto, el siglo XX es el mejor preparado para llegar a ser cristiano. El cristianismo no es una estupidez melosa. Hay algo que el príncipe Mischkin — el idiota de Dostoievski — no es: no es tonto. Lo sabe todo, entiende a todos, conoce el mal como pocos. Pero de ello no saca la conclusión del cinismo, la irresponsabilidad y la desesperanza, sino que deduce la solución de la bondad, de la defensa del derecho de los otros y de la humildad del yo: la triple solución cristiana. La única posible si tenemos dos dedos de frente y si miramos a la realidad de cara».

Luis Daniel González

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.