Las lecturas y el modo de ver la vida

Hablando de William Morris decía Chesterton que debíamos estarle agradecidos por su empeño en embellecer la vida cotidiana y en reconocer la categoría de todos los oficios. Al mismo tiempo señalaba que su punto débil fue que buscó reformar una vida moderna que odiaba en vez de amarla. No tuvo el valor supremo de hacer frente a la fealdad de las cosas sin darse cuenta de que si la Bella se hubiera comportado así frente a la Bestia, el cuento habría tenido un final bien distinto.

En cambio, Charles Dickens, que también sentía un profundo rechazo por muchos aspectos de lo que veía en su entorno, logró que cambiasen muchas cosas en su sociedad gracias a su visión alegre y estimulante de la vida. «Quien está persuadido de que la vida es excelente es el que más la modifica», decía Chesterton de Dickens. Y en ese talante podemos ver también una causa de la capacidad que tenía Dickens de conectar de lleno con las emociones de la gente.

La observación anterior tiene su explicación, parcial al menos, en las lecturas infantiles y juveniles de Dickens: se puede decir que lo cuenta él mismo en el capítulo cuatro de David Copperfield. En La eficacia del optimismo cito el comentario que hace Martha Nussbaum de ese texto para señalar la importancia de «la lectura de novelas en y para la vida, y cómo conforma la vida de la fantasía, y cómo sin duda la fantasía da forma, para bien o para mal, a las relaciones del lector con el mundo».

Y una pregunta que podemos hacernos a continuación es: las ficciones que leen y ven los niños y niñas ahora, ¿qué forma darán a sus relaciones con el mundo?