Lecturas y felicidad

Sé bien que algunas novelas del pasado parecen complicadas para un lector joven. Y no tanto por su lenguaje o su antigüedad, que no son un obstáculo difícil, sino porque no forman parte de su mundo de intereses y conversaciones ordinarias. Es difícil que alguien joven sienta curiosidad por esos libros si no los tiene al alcance de su mano, ni oye hablar sobre ellos con entusiasmo en su entorno familiar, o escolar, o de amigos.

Sin embargo, a partir de mi experiencia (y me consta que de muchos otros) tengo claro que, quien no las lee antes de los quince años (por decir mi edad), se pierde algo importante, irrecuperable ya. Pues si uno las lee transcurrido el tiempo su impacto no es igual y, desde luego, ya no existe la satisfacción que da la relectura de un libro que leíste de niño, completamente fascinado por el tirón de la historia.

De ahí el título Formas de la felicidad que puse a un libro sobre varias obras decimonónicas. Decía Borges que, desde la niñez, Stevenson había sido para él una de las formas de la felicidad y lo mismo podríamos decir muchos no sólo a propósito de Stevenson sino de Andersen, Scott, Carroll, MacDonald, Alcott y los demás autores y obras que comento allí.

Añado, en una nota al pie, que Borges usó esa expresión más veces. Hablando de que Montaigne, en uno de sus ensayos sobre la lectura, empleaba una frase memorable, «no hago nada sin alegría», decía: «Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad». Y más adelante continuaba: «Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído».

Pero a quienes les corresponde facilitar el camino a los chicos y chicas hacia esos libros es a los educadores. Y dice Astrid Lindgren en sus memorias que han de hacerlo «ahora mismo, cuando vuestro hijo tiene seis, u ocho, o diez, o doce años. Luego sería demasiado tarde. Demasiado tarde para Blancanieves y para el Doctor Dolittle, demasiado tarde para unas aventuras de Tom Sawyer y un Robinson Crusoe; demasiado tarde para tanta ilusión y tantas emociones. Sencillamente, demasiado tarde para encontrar el camino de la más extraordinaria de todas las aventuras».