‘Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental’, de Eric Auerbach

Luis Daniel González
Jan 18 · 4 min read

Cuando, hace años, leí Mímesis, tomé muchas notas pues es un libro extraordinario. Hilo ahora algunas en las que Auerbach compara las formas propias de representar lo real del estilo clásico u homérico y del estilo bíblico.

De Homero dice que «no conoce ningún segundo plano. Lo que él nos relata es siempre presente, y llena por completo la escena y la conciencia». En su obra no hay ningún procedimiento subjetivo-perspectivista «creador de primeros y segundos planos», como sí lo hay, por el contrario, en las narraciones bíblicas. Sus personajes pueden tener dudas entre dos acciones posibles y su vida psíquica se nos muestra sólo en la sucesión y cambio de las pasiones.

En cambio, en el mundo bíblico los personajes tienen más profundidad en el tiempo, en el destino y en la conciencia; y sus sentimientos tienen más capas y son más intrincados. «La intención de los relatos bíblicos no es el encanto sensorial y si, a pesar de ello, producen vigorosos efectos plásticos, es porque los sucesos éticos, religiosos, íntimos, que les interesan se concretan en materializaciones sensibles de la vida».

«Ambos estilos nos ofrecen en su oposición tipos básicos: por un lado, descripción perfiladora, iluminación uniforme, ligazón sin lagunas, parlamento desembarazado, primeros planos, univocidad, limitación en cuanto al desarrollo histórico y a lo humanamente problemático; por el otro lado, realce de unas partes y oscurecimiento de otras, falta de conexión, efecto sugestivo de lo tácito, trasfondo, pluralidad de sentidos y necesidad de interpretación, pretensión de universalidad histórica, desarrollo de la representación del devenir histórico y ahondamiento de lo problemático».

En otro párrafo posterior, Auerbach vuelve a sintetizar las diferencias entre esos dos estilos contradictorios, el homérico y el bíblico, expresando las mismas ideas de otra forma y añadiendo algunas más: por un lado, figuras totalmente plasmadas y definidas en tiempo y lugar, ideas y sentimientos puestos de manifiesto, peripecias reposadamente descritas y pobres en tensión; por el otro, figuras trabajadas sólo en aspectos de importancia para la finalidad de la narración, únicamente se acentúan los puntos culminantes de la acción, el tiempo y el lugar son inciertos, sentimientos e ideas están sugeridos por medias palabras y por el silencio, la totalidad está dirigida hacia un fin con tensión ininterrumpida y, por lo mismo, permanece misteriosa.

Hay que tener en cuenta que «en la antigüedad el estilo elevado y sublime se llamaba sermo gravis o sublimis; el bajo, sermo remissus o humilis, y ambos debían permanecer estrictamente separados». Pero la narración de que el Rey de Reyes hubiera sido escarnecido, escupido, azotado y clavado en la cruz como un criminal vulgar «aniquiló por completo, al penetrar a fondo en la conciencia de los hombres, la estética de la separación de estilos, y produjo un nuevo estilo elevado, que no desdeña en absoluto lo cotidiano y que acepta el realismo de bulto e incluso lo feo, lo indigno y lo corporalmente inferior; o, si se prefiere la expresión al revés, surgió un nuevo sermo humilis, un estilo bajo, como los de la comedia y la sátira, pero que ahora se extendía mucho más allá de su primitivo campo de acción, a lo más hondo y alto, a lo sublime y eterno».

Como consecuencia, en el mundo cristiano se fundieron ambos estilos, el sublime y el humilde, «ya desde un principio, particularmente en la encarnación y la pasión de Cristo, en las cuales tanto la sublimitas como la humilitas cobran inaudita realidad y se funden por completo». La crítica estética que los paganos ilustrados de los primeros siglos hacían a las narraciones evangélicas procedía del asombro que les causaba la pretensión de que un estilo tan bárbaro pudiera contener la verdad. Esa crítica tuvo dos efectos. Uno, que hubo padres de la Iglesia que buscaron mejorar su estilo; acaso fue san Agustín, dice Auerbach, «el primero en cobrar conciencia de la antítesis estilística de ambos mundos». Otro, que a ellos mismos les abrió los ojos a la peculiar grandeza de la Escritura, que crea «un género radicalmente nuevo de sublimidad, que no excluye lo cotidiano y bajo, sino que lo incorpora, de suerte que tanto en su estilo como en su contenido se realiza una fusión directa de lo más bajo y de lo más alto».

Más adelante dirá el autor alemán que todos heredaremos una determinada concepción de la mezcla estilística resultante: la de que «no existen temas altos ni bajos, la Creación es una obra de arte realizada sin partidismos, y el artista realista debe imitar los procedimientos de la Creación. Cada objeto contiene, a los ojos de Dios, en su peculiaridad, lo mismo seriedad que comicidad, dignidad que bajeza, y si está reproducido con justeza y rigor, el nivel del estilo congruente gozará de la misma justeza y rigor; no hay necesidad de teorías generales de los niveles en los cuales deben ser dispuestos los objetos según su dignidad, ni análisis de ningún género por parte del autor que, después de la descripción, comentaría el tema con el propósito de una mejor comprensión y ordenación: todo esto debe desprenderse de la representación misma del asunto».

Erich Auerbach. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (Mimesis: Dargestelle Wirklichkeit in der Abendländischen Literatur, 1942). México: Fondo de Cultura Económica, 1996, 6ª reimpr.; 533 pp.; col. Lengua y estudios literarios; trad. de de I. Villanueva y E. Ímaz; ISBN: 968–16–0282-X.

    Luis Daniel González

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    Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.