Primeras novelas de aventuras y acción

Tercera de las anunciadas selecciones de libros según el género (algo más completa que otra semejante publicada en octubre de 2015).

Sé bien que muchas novelas de aventuras del pasado parecen difíciles para un lector joven. Y no tanto por su lenguaje o su antigüedad, que no son un verdadero obstáculo, sino porque no forman parte de su mundo de intereses y conversaciones ordinarias. Es difícil que alguien joven, si no las ve en las estanterías de su casa ni oye hablar de ellas con entusiasmo en su entorno familiar o escolar o de amigos, sienta curiosidad por ellas.
 
Sin embargo, a partir de mi experiencia pienso que, quien no las lee entre los doce y los dieciséis años (por decir la mía), se pierde algo importante, irrecuperable ya, pues si uno las lee pasado el tiempo su impacto emocional no es el mismo; aparte, por supuesto, de la satisfacción que proporciona la relectura de un libro que leíste de niño, fascinado por el tirón de la historia y, por supuesto, sin pensar para nada en calidades literarias y cosas así. Así que selecciono, por orden cronológico, las que considero mejores y que dan inicio a los subgéneros de aventuras marineras, novelas históricas, novelas del Oeste, y novelas de capa y espada. 
 
1720. Robinson Crusoe, Daniel Defoe. Novela que se convirtió pronto en lectura juvenil debido a su contenido, a su lenguaje periodístico, a sus numerosas versiones adaptadas; y más tarde lo fue debido a la propaganda que, por motivos educativos, le hizo Jean Jacques Rousseau en el Emilio (1762).
 
1818. Rob Roy, Walter Scott. Rob Roy, una especie de Robin Hood escocés interviene para favorecer al joven Frank Osbaldistone en los enfrentamientos que tiene con su malvado primo Rasleigh, que le disputa los negocios de su padre y el amor de Diana Vernon. Novela con cuatro fuertes apoyos: un rudo justiciero, un joven pretendiente, una chica encantadora, un oponente malvado. 
 
1823. Quintin Durward. Walter Scott. Una de las novelas del autor con un héroe más conseguido y con un hilo narrativo más directo. Tiene un claro marco histórico pero ni las fechas de los hechos ni la edad de los personajes reales coinciden con lo sucedido el año 1468, que es cuando empieza la historia. Su protagonista es Quintin Durward, un joven arquero escocés que se alista en el ejército del rey de Francia Luis XI y acaba enamorándose de una joven condesa. Al héroe se lo describe bien: buena presencia, gran combatiente, modo de comportarse prudente. La novela tiene ritmo y en ella casi no hay derivaciones. Se suceden a buen paso las escenas de rivalidades, de combates dialécticos, y de peleas individuales y colectivas.
 
1825. El talismán, Walter Scott. El interés que se dio en el siglo XIX por la recuperación romántica de la Edad Media estuvo en el origen de, y también fue debido a, novelas como esta. En el siglo XII, en Palestina, un cruzado escocés a las órdenes de Ricardo Corazón de León se hace amigo del mismo Saladino y consigue que su médico sea quien trate al rey Ricardo. Aunque las cruzadas no fueron como las dibujó Scott, sus héroes y heroínas tienen fuerza y sus elogios del honor y de la fidelidad, y su propuesta de respeto entre personas, razas y religiones, siguen siendo actuales. 
 
1826. El último mohicano. Fenimore Cooper. Novela de la serie Calzas de Cuero, un protagonista que tendrá muchos nombres a lo largo de cinco novelas. En ella se cuenta cómo un experto trampero y sus amigos indios, el joven Uncas y su padre, protegen a dos chicas jóvenes que van escoltadas por un oficial inglés. Las obras de Cooper están en el origen de los temas y los personajes prototípicos que luego reaparecerán en innumerables ficciones: indios sabios y estoicos, tramperos que aman la libertad de las praderas y los bosques y que dicen alejarse de «la civilización» pero son en realidad sus heraldos.
 
1835. Tarás Bulba, Nikolai Gógol. Deudor de Scott, Gógol escribió este relato concediendo el protagonismo al pueblo cosaco, en Ucrania, durante un levantamiento que sucedió en el siglo XVII. El viejo Tarás, que conduce a sus jóvenes hijos, Ostap y Andrés, a la lucha contra los polacos, se verá traicionado por Andrés, debido a su amor de una mujer, y confortado por Ostap, que se convertirá en un tipo tenaz como el acero. Gógol realiza soberbias descripciones, utiliza metáforas vivísimas, y pone unos parlamentos incendiarios en boca de unos héroes poco comunes. 
 
1836. La hija del capitán, Alexander Pushkin. Rusia, siglo XVIII. Cuando reina Catalina II, estalla una rebelión de cosacos. María Ivanovna es la hija del capitán de un fuerte desasistido; Piotr Andréyevich, oficial en ese fuerte, deberá enfrentarse a numerosos peligros para salvarla. Novela histórica romántica exaltando la fidelidad y la valentía pero, contrariamente a su modelo Walter Scott, Pushkin lo hace con un estilo sobrio y directo, y dando prioridad al desarrollo rápido de la trama sobre la pintura de los personajes, a los que, sin embargo, dota de vigor con pocos trazos. 
 
1844. El conde de Montecristo, Alexandre Dumas. Relato con una enorme intensidad que demuestra el talento de Dumas encajar cada elemento y cada diálogo, para enganchar al lector e inducirlo a leer de prisa. Es un fresco de la Francia de principios del XIX y una historia de venganza sobre la que puede ser recordado el juicio de Stevenson: «no creo que en ningún otro volumen se respire esa atmósfera inconfundible de leyenda». 
 
1844. Los tres mosqueteros, Alexandre Dumas. Tal vez la obra más popular del autor y sus ayudantes. Los cuatro mosqueteros, y no tres, deben arreglar un lío en el que se ha metido la reina. Merece la pena también la continuación Veinte años después, aunque los cuarentones mosqueteros empiezan a estar un poco desfondados, y su oponente ya no es el maquiavélico francés Richelieu sino el advenedizo italiano Mazarino: al primero el autor lo admira y al segundo lo desprecia. 
 
1857. El Jorobado, Paul Féval. El joven pero ya legendario espadachín Lagardère se ve obligado a cuidar de la niña recién nacida de un compañero de peleas. Al cabo de los años vuelve para poner las cosas en su sitio, usando el recurso de disfrazarse continuamente y combatiendo como nadie cuando es necesario. El estilo de Féval es ágil aunque no se priva de lanzar preguntas retóricas y reflexiones filosóficas, ni de ironizar sobre la codicia y la maldad de los poderosos, ni de hacer minuciosas descripciones. 
 
1873–1875. Episodios Nacionales (primera serie), Benito Pérez Galdós. Diez novelas: Trafalgar, La corte de Carlos IV, El 19 de marzo y el 2 de mayo, Bailén, Napoleón en Chamartín, Zaragoza, Gerona, Cádiz, Juan Martín el Empecinado, La batalla de los Arapiles. Extraordinaria crónica de los comienzos del siglo XIX español — una gran saga que podríamos llamar histórica, costumbrista, de aventuras, de aprendizaje, de amor juvenil… — , en la que, sobre una trabajada reconstrucción de los años que duró la invasión napoleónica de España, se abre paso el amor juvenil del protagonista, Gabriel Araceli.
 
1886–1893. Secuestrado y Catriona, Robert Louis Stevenson. Novelas históricas al modo de Walter Scott. La primera, considerada por muchos la mejor novela de aventuras, cuenta el secuestro del joven David Balfour y su huida, junto con su amigo Alan Breck, para volver a su casa y reclamar sus derechos. En la segunda, David intenta dejar clara su inocencia y la de otra persona en un asesinato y, al mismo tiempo, se enamora se enamora de Catriona Drummond, nieta nada menos que de Rob Roy, y ambos tienen que huir un tiempo.
 
1869–1875. Veinte mil leguas de viaje submarino y La isla misteriosa, Jules Verne. Novelas que, aunque también van en una selección de novelas pioneras de la ciencia-ficción, pues son relatos de anticipación que respiran una visión optimista de la ciencia, también pueden figurar en esta lista de novelas de aventuras. En ellas se presenta el que será un personaje-tipo: el Capitán Nemo, cuya historia se cuenta en ambas novelas. Si hay relatos que narran un aprendizaje otros, como los de Verne, incitan al aprendizaje: sus héroes, como el ingeniero Ciro Smith, son sabios y nos admiran a todos con sus disertaciones científicas y con sus conductas rectas e intachables. 
 
1875. Miguel Strogoff, Jules Verne. Un heroico correo atraviesa Rusia y Siberia para, después de grandes penalidades, entregar un decisivo mensaje del zar y burlar al traidor Iván Ogareff. Novela que introduce una competición entre dos periodistas, el inglés Enrique Blount y el francés Alcides Jolivet, cuya descripción se resume en que si «el francés era todo ojos, el inglés era todo oídos».
 
1882. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson. No es la primera historia de aventureros en una isla pero sí la que fija los estereotipos para tantas historias posteriores de piratas; entre otros, la figura de un malvado inolvidable. El joven Jim Hawkins encuentra el mapa de un tesoro y los hombres importantes de su localidad organizan un viaje para ir a por él. En esta novela, como en otras de Stevenson, héroes y malvados están pintados de modo que nos resultan cercanos, y esto, unido a un estilo terso, transmite una gran sensación de verosimilitud.
 
1885. Las minas del Rey Salomón, Rider Haggard. Un noble inglés contrata los servicios de un experto cazador para que le lleve a donde parece haber desaparecido un hermano suyo. Gran aventura, con largas descripciones, combates crueles, y la tensión que causa saber que unas enormes riquezas están esperando. El tono imperialista está matizado por observaciones que recuerdan a los lectores, por ejemplo, que la crueldad de las tribus africanas no es mayor que la de la economía política. 
 
1894. El prisionero de Zenda, Anthony Hope. Relato que, a diferencia de otros como los de Scott, Dumas o Féval, no tiene la intención de ajustarse a los ambientes de la época en la que se desarrolla. No es el caso de otros, de buen pero segundo nivel, con héroes de dos caras o que viven en la piel de otros, como donde un fatuo pero simpático y valiente aventurero inglés es coronado rey de un país centroeuropeo. 
 
1902. The Virginian: A Horseman of the Plains, Owen Wister. Única novela, de las que cito aquí, que leí por primera vez siendo adulto y de la que no conozco edición en castellano. En ella el autor ijó muchos estándares del género. Su relato se sitúa en Wyoming, en 1892, y se centra en el Virginiano, un respetado vaquero, capataz de un gran rancho, que se enamora de una joven maestra que ha llegado del Este, y que ha de hacer frente a ladrones de ganado y al comportamiento desleal de un vaquero de su mismo rancho llamado Trampas. Un episodio central, en el que la novela sube de nivel, es su participación en el linchamiento de un ladrón de ganado que había sido su amigo. 
 
1902. Las cuatro plumas, A. E. W. Mason. Un oficial inglés intenta lavar una cobardía que cometió en el pasado, y termina realizando increíbles gestos de valor que le devuelven, junto con el respeto por sí mismo, el amor de la mujer a la que había perdido. Caballerosidad y honor por encima de todo, agudeza psicológica en el retrato de los personajes, y el recuerdo, como todas las grandes aventuras, de que la vida de los hombres está marcada por propósitos decisivos que cambian el curso de los acontecimientos. 
 
1902. El capitán de los caballos grises, Hamlin Garland. Primera novela del Oeste que hizo sentir a los lectores la emoción de ver cómo la caballería llega justo a tiempo. Es una larga narración con héroe íntegro y heroína inteligente y enamorada, que no es la maestra tradicional sino una pintora vanguardista. Su tono paternalista con los indios no debe ser un obstáculo para leerla: no sólo porque no fue lo peor de lo que ocurrió, sino también porque algunos ardientes defensores de lo políticamente correcto están empeñados en oscurecer y hasta borrar la realidad de su propia historia. 
 
1905. Pimpinela Escarlata, baronesa Orczy. El héroe es un misterioso salvador de aristócratas cuyas vidas peligran durante la Revolución francesa. Es una novela que hace pasar un buen rato, aunque respira un clasismo inconsciente, y que hace pensar en qué presupuestos subyacentes en las novelas de hoy serán vistos en el futuro como reveladores de mentalidades tan o más despreciables que la de tantos aristócratas antiguos. 
 
1912. Tarzán, Edgar Rice Burroughs. Novela con la que, después de tantos héroes folletinescos, la literatura de «fantasmadas» dio un importante paso adelante que pronto potenciaron muchísimo las nacientes industrias del cómic y del cine, los medios donde los superhéroes estarán más a sus anchas. Si la calidad literaria no es muy buena, el tirón narrativo de la historia, y su conexión con tantos deseos juveniles fantasiosos, sí es extraordinario.
 
1912. El mundo perdido, Conan Doyle. Nueva novela de descubrimiento de lugares ignorados: unos exploradores van a lugares desconocidos del Amazonas donde sospechaban que aún vivían animales prehistóricos. Uno de los expedicionarios era periodista, un elemento argumental que había utilizado ya Verne con alguna frecuencia y que será tan habitual en las novelas aventureras. Como es sabido, el tema y el título de la novela fueron literalmente copiados por Michael Crichton para una novela escrita en 1995. 
 
1921. Scaramouche, Rafael Sabatini. La mejor de las novelas del escritor italiano-inglés, un melodrama de acción durante la Revolución francesa, tiene un protagonista heredero de Lagardère, en sus habilidades como esgrimista y en la de saber cambiar de identidad. El autor alterna con agilidad distintos escenarios, caracteriza bien al oponente de su héroe, construye ágiles enfrentamientos dialécticos, cuida la presentación de las mentalidades que alimentan el conflicto social. Y, naturalmente, nos deleitará con duelos en los que los espadachines lucen su destreza. 
 
1922. El capitán Blood, Rafael Sabatini. En el siglo XVIII, Blood es arrastrado a la venganza contra su voluntad, y acaba poniendo sus dotes para la lucha y el mando al frente de unos caballerosos piratas ingleses que combaten en el Caribe contra unos marinos españoles incompetentes; a la vez el argumento teje y desteje una historia de amor que hace dudar de la perspicacia del invencible Blood. El autor comunica un ritmo imparable a sus tramas y crea unos personajes cuyas réplicas merecen ser esculpidas en piedra. 
 
1924. Beau Geste, P. C. Wren. Unos jóvenes ingleses que se alistan en la legión extranjera por motivos de honor acaban siendo conducidos a un cuartel infernal. Un arranque formidable introduce de lleno en un relato de generosidad y valentía que culmina en un enfrentamiento feroz con un malvado tan cruel como memorable.

Termino aquí esta selección. Igual que al principio decía que sé bien que, a veces, a este tipo de novelas les cuesta llegar a muchos lectores jóvenes de hoy, también sé que hay quienes piensan que muchos de los sentimientos que pintan e inspiran estos relatos se han quedado anticuados. Para ellos sirven unos comentarios que hizo Natalia Ginzburg en uno de sus ensayos, en los que dice que sí, es cierto que libros como los anteriores pertenecen a «épocas en las que se escribían cosas falsas sobre la honestidad, el sacrificio, el honor y el coraje. Pero eso quería decir también que esos sentimientos habían existido o existían a un paso de distancia. Quería decir que las palabras para expresarlos, verdaderas y falsas, existían. Lo falso no es más que una imitación, falsa y muerta, de lo vivo y de la verdad». En cambio, seguía la escritora italiana, «hoy en día la honestidad, el honor, el sacrificio, nos parecen muy lejanos de nosotros, tan extraños a nuestro mundo que no conseguimos convertirlos en palabras, y estamos completamente mudos, porque, en los tiempos que corren, nos horroriza la mentira. Por eso esperamos, en absoluto silencio, encontrar palabras nuevas y verdaderas para las cosas que amamos».