Tomás Becket

Uno de los grandes héroes de conciencia de la historia fue Tomás Becket. Dos conocidas obras de teatro, Asesinato en la catedral, de T. S. Eliot, y Becket: el honor de Dios, de Jean Anouilh, convertida en una famosa película después, popularizaron su figura, como ejemplo de resistencia frente a los abusos del poder, en las décadas centrales del siglo XX. Pero, antes de hablar de ellas, es necesario comenzar por los hechos históricos en los que se basan pues, de otro modo, aquellas obras se comprenden poco.

Dos buenas biografías que ordenan los muchos documentos disponibles y otros estudios históricos anteriores son, de acuerdo con sus títulos en las ediciones españolas que conozco, Thomas Becket, de David Knowles, y Tomás Becket, de Pierre Aubé (es gracioso que una edición no castellaniza el título pero sí muchos nombres, mientras que la otra lo hace al revés). La primera, más antigua, es más breve y la segunda tiene más pormenores. Ambas se ciñen a los datos y documentos conocidos y no hacen ejercicios imaginativos, con una excepción: la segunda tiene un prólogo en el que se describe un día de julio de 1174, cuando el rey Enrique atraviesa el canal de la Mancha y hace balance de lo sucedido los años anteriores.

Tomás Becket nació en 1118 en una familia de comerciantes de Londres. Tenía grandes cualidades humanas y estudió en París y Bolonia. Muy joven todavía fue nombrado archidiácono en la corte episcopal del arzobispo Thibaud, o Teobaldo, de quien llegó a ser una persona de confianza. Conoció al joven rey Enrique, doce años menor que él, en 1154. Se hicieron amigos enseguida porque sus caracteres congeniaron y porque compartían el interés por los libros, la pasión por la caza y el gusto por la suntuosidad. El rey le nombró Canciller de Inglaterra en 1155, puesto en el que demostró un notable talento para la administración y la diplomacia, y más adelante le confió la educación de su hijo Enrique. Cuando murió Thibaud,y contra los deseos de Becket, en 1162 el rey le promovió al arzobispado de Canterbury pues pensaba que así tendría todo el país en su mano.

El primer conflicto entre los dos ocurrió cuando Tomás le devolvió al rey, el mismo año 1162, el Gran Sello de Inglaterra, pues pensó que debía renunciar a ser Canciller: esto derrumbaba los planes políticos de Enrique. A partir de ahí ocurrieron muchos enfrentamientos entre los dos por distintos motivos, económicos y jurídicos, que tuvieron su punto álgido cuando el rey quiso que los Obispos firmasen las Constituciones de Clarendon, en 1164, que sometían por completo a la Iglesia. Becket se negó a firmar algunos de los artículos y huyó a Francia ese mismo año. Cuando volvió, en 1170, fue asesinado por cuatro caballeros, no se sabe bien si por orden del rey o si, movidos por algo que había dicho el rey en un ataque de cólera, lo hicieron por su cuenta suponiendo que, tal como sucedió, no habría represalias contra ellos.

Ambas biografías explican el modo de ser de los dos principales contendientes. El rey, que se había casado con Leonor de Aquitania, era una persona culta, muy activa, dominante y colérica. Becket era, en los comienzos de su trato, más templado y amable, pues estaba obligado a obedecer al rey como Canciller que era, pero era también un hombre apasionado e impaciente: algunas de sus decisiones y actuaciones, para las que no pidió consejo y que tomó al calor de la confrontación con el rey, parecen haber sido poco prudentes.Según se fueron enconando las posiciones ninguno de los dos protagonistas fue capaz de ceder, ni siquiera en aquello en lo que podrían haberlo hecho sin comprometer sus posturas.

Pero el conflicto no se comprende sólo por los modos de ser de Enrique II y Tomás Becket, sino también por la peculiar situación de un momento histórico en el que estaban replanteándose las relaciones entre la jerarquía de la Iglesia y el poder real. Había un enfrentamiento entre la nueva disciplina de la Iglesia — que había impuesto tiempo atrás Gregorio Magno y había sido un nuevo punto de partida para las relaciones entre los gobernantes y la Iglesia — y los usos y costumbres antiguos — pues en la Europa germana y escandinava una ley que no fuera la costumbre era casi inconcebible — . Enrique II deseaba «gobernar los asuntos de la Iglesia (dejando aparte cuestiones doctrinales y sacramentales) como si estuvieran bajo su exclusiva jurisdicción». Esto no era tanto, sigue Knowles, «como lo que pretendería más adelante Enrique VIII» y «era menos que lo había hecho Carlomagno, sin encontrarse con protestas ni oposición». Pero sin duda era más de lo que Becket entonces, en nombre de la autoridad espiritual que tenía, podía permitir.

Leída hoy la historia, se ve bien por qué afirma Knowles que la vida de Tomás Becket causa «fascinación a causa de su tema bien definido: el de una amistad firme que se convierte en áspera enemistad y culmina en una muerte heroica. A un nivel más profundo, también ejerce gran atracción cuando se la toma como la resistencia por parte de un liderazgo espiritual frente a excesos del poder temporal, o, alternativamente, como el esfuerzo de un monarca reformista por superar una oposición oscurantista y fanática. Mientras la primera versión fue fomentada por la penitencia pública del rey, por los milagros hechos en la tumba del mártir, y por la inmediata canonización de la víctima, con un día festivo dentro de la octava de Navidad, el otro punto de vista adquirió importancia» cuando Enrique VIII se propuso borrar a Becket de la historia.

Para eso, el 11 de junio de 1538 ordenó que Becket no fuese tratado en adelante como santo ni como mártir, que se borrase su nombre de todos los lugares y se hiciesen desaparecer sus imágenes, que se sacasen sus huesos del sepulcro y se quemasen públicamente… Prohibió que se le rezase, bajo pena de muerte y de confiscación de bienes, y estableció que, quien lo hiciese, sería tratado como conspirador o como cómplice de una conspiración. Eran otros tiempos y otros gobernantes: «Tanto Enrique II como Enrique VIII eran egoístas, obstinados e incrédulos en las relaciones humanas pero ambos usaron el lenguaje de la piedad. Sin embargo, mientras para Enrique VIII la ley y voluntad de Dios no se distinguían de las suyas propias, Enrique II, aunque fuera a regañadientes y con mala fe, reconocía que la ley de Dios y de la Iglesia existían independientemente de lo que él mismo pudiera desear, y que tenían autoridad».

No comprender esa diferencia de mentalidades, todo el trasfondo de sentimientos y pensamientos de los protagonistas de aquella historia, dice Knowles, puede dificultar, en nuestro tiempo, la comprensión de los hechos.

Otro aspecto que puede ser fácil de malinterpretar es el cambio de actitudes que se dio en Becket cuando fue nombrado arzobispo: si ya causó estupefacción en sus contemporáneos, más todavía puede provocarla hoy.

Dice Aubé que Becket, cuando era canciller, tenía una inmoderada afición por la caza y por las ropas suntuosas, algo que, afirma, estaba «dentro del orden de las cosas, sobre todo en un hombre de su tiempo y de su rango». Luego, siendo arzobispo, siguió cultivando el lujo porque le parecía propio de su condición pero, continúa Aubé, no hay constancia de que alguna vez, ni antes ni después, mostrase «un comportamiento disoluto, o contrario siquiera a las costumbres de su época. Sus enemigos, muy pronto numerosos, no hubieran tardado en poner en evidencia eventuales desviaciones de conducta». Más aún: todos los testimonios de los que disponemos ponen de manifiesto que Becket, incluso en medio de los ambientes principescos, siempre «había cultivado la sobriedad y atendía más de lo que estaba obligado a los deberes de caridad y penitencia habituales en los cristianos de entonces»; mucho más aún lo hizo siendo arzobispo: su casa siempre estuvo abierta a quienes no la tenían, sus actos de generosidad se multiplicaron, y su desprendimiento personal fue siempre intachable.

Así que la conversión que se produjo en su vida, explica Knowles, no tuvo que ver con cambios de conducta externa sino que se dio, primero, «cuando dejó su puesto en la ciudad de Londres para ir al servicio del arzobispo Teobaldo. Eso equivalía a elegir la carrera de un observante clérigo, con la perspectiva del sacerdocio, si no del episcopado, y bajo la dirección del austero y monástico Teobaldo». Esa conversión se dio de nuevo, más adelante, cuando consintió en ser arzobispo: entonces se sintió «por primera vez libre para seguir la llamada que había oído hacía tiempo» y que había desatendido por obedecer al rey. Por eso, concluye Knowles, «la vida de Tomás es, en verdad, un impresionante ejemplo de una persona que finalmente aceptó su vocación, después de haber estado demorando el dar todo al servicio de Cristo», actuando a partir de entonces con «la conciencia de su anterior y larga negativa siempre presente». A ese modo de responder a una llamada de Dios, con errores pero sin reservas, se refiere Chesterton cuando se refiere a Tomás Becket y Tomás Moro para señalar que hay un «elemento en la Iglesia, almacenado como dinamita entre sus primeros cimientos», que renueva una y otra vez el mundo.

Asesinato en la catedral fue una obra compuesta por T. S. Eliot cuando el nazismo estaba en ascenso. Por tanto, tenía una clara intención de hablar, como dice uno de los personajes, del «crítico instante que es siempre ahora, y aquí. Incluso ahora, en sórdidos pormenores». Al mismo tiempo, como indica el mismo Becket, lo hacía con una clara conciencia de que «la especie humana no soporta demasiada realidad».

Apoyando los hechos y los textos, parcialmente al menos, en testimonios de la época, Eliot presenta en su obra los últimos momentos de la vida de Tomás Becket, cuando está recién llegado a Inglaterra, después del exilio de siete años en Francia, y tanto él como la gente que le rodea — un coro de mujeres, algunos sacerdotes — son conscientes del peligro que corre. Todo sucede entre los días 2 y 29 de diciembre de 1170. Dado este planteamiento, para que los lectores-espectadores puedan comprender bien los diálogos y las explicaciones que se insinúan o dan, es necesario que conozcan mínimamente los hechos históricos en los que todo se basa.

La pieza está dividida en dos partes con un intermedio. En la primera, un coro de mujeres anuncia y lamenta la violencia que se aproxima pero también indica que «el destino espera en la mano de Dios, no en las manos de los hombres de Estado / que a veces hacen bien y a veces hacen mal, proyectando y conjeturando». Luego llegan los diálogos entre cuatro tentadores y Tomás Becket. Los tres primeros, al modo del diálogo entre Satanás y Jesucristo en el Evangelio, le proponen seguridad física, riqueza y fama, poder. El cuarto, sin embargo, que le tienta con la vanidad de ser mártir, tal como luego sucederá, resulta una sorpresa para el arzobispo: «Los otros me ofrecieron bienes reales, sin valor, / pero reales. Vos solamente ofrecéis / sueños que conducen a la condenación». Sería la traición más grande, dirá, la de hacer lo correcto por una razón equivocada.

El intermedio es la predicación del Arzobispo en la Catedral, la mañana de Navidad de 1170. La segunda parte presenta un primer intento de ataque por parte de los cuatro caballeros que irrumpen en la catedral, y, luego, un ataque ya definitivo en el que asesinan a Becket. Los caballeros que le asesinaron dirigen entonces al público para explicarles los motivos de su actuación y justificarse: les indican que saben bien que, como ingleses que son, aprecian el juego limpio y, por tanto, que comprenden que sus simpatías estén de parte del asesinado…, pero también añaden que, «si en este asunto hay algo de culpabilidad, por pequeña que fuera, debéis compartirla con nosotros».

Uno de los sacerdotes que acompañaban al arzobispo dirá que «dondequiera que vivió un santo, dondequiera que un mártir dio su sangre por la sangre de Cristo, / la tierra se hace sagrada y su santidad no desaparecerá, aunque los ejércitos la pisoteen, aunque lleguen viajeros a visitarla, con la guía en la mano».

Becket: el honor de Dios, de Jean Anouilh, fue una obra teatral en dos actos, en la que se basó una famosa película, dirigida por Peter Glenville y estrenada en 1964. Hay que decir que Anouilh construyó su obra tomando pie de una biografía que había leído, y solo más tarde supo que no era muy exacta, pero prefirió ya no modificar nada. Entre otras cosas, el comportamiento de Becket no fue tal como lo presenta, ni tanto antes de ser Arzobispo ni después: ni al principio era mujeriego, como se indica; ni como Arzobispo hizo alardes externos de pobreza del tipo que se indican. La personalidad frívola e histriónica del rey, tan eficaz para un personaje que ha de ser representado, tampoco encaja del todo con lo que sabemos de su inteligencia y de muchos aspectos de su buen gobierno, por más que fuera colérico y perdiese la sensatez al tener enfrente a quien no se doblegó a sus intereses.

El primer acto, que tiene dos cuadros o momentos, comienza cuando el rey Enrique está sometiéndose a una penitencia pública por la muerte de Becket (Beket, en la edición que yo he leído) y manteniendo una charla con él. En ella el rey le dice que le hubiera dado todo, excepto el honor del reino, y Becket le responde que también le hubiera dado todo excepto el honor de Dios. La acción vuelve luego al pasado para presentar la amistad entre el rey y Becket en una de sus correrías; el momento en el que el Rey lo nombra Canciller y el apoyo de Becket al rey en su enfrentamiento con la Iglesia, a la que le pide más dinero. El segundo cuadro tiene lugar cuando el reino está en guerra y se produce la decisión del rey de promover a Becket como Arzobispo de Canterbury, algo que a él le parece una locura pues, le dice al rey, «no podré servir a Dios y a vuestra Alteza».

El segundo acto, cuando Becket ya es arzobispo, presenta los enfrentamientos del Rey con Becket a través de personajes interpuestos, las ásperas conversaciones del Rey con la Reina y con su madre, los enfrentamientos de Becket con quienes intentan secundar al rey, la entrevista entre los dos antes de que Becket regrese del exilio, y, finalmente, su asesinato y la forma en la que el rey intenta presentar las cosas de modo que parezca que se ha producido sin su conocimiento y su consentimiento.

Lo mejor de la obra es la forma en que se presenta el núcleo del conflicto: el empeño de Becket en defender el honor de Dios, tal como está escrito en los documentos de la época. Ese núcleo también queda recogido, en un diálogo que podría figurar también en Antígona, en la respuesta que da Becket al obispo de Oxford cuando le hace notar que «el Rey es la fuerza y la ley», y él le replica que sí, «es la ley escrita, pero hay otra ley no escrita que acaba siempre por curvar, por hacer agachar la cabeza a los reyes».

David Knowles. Thomas Becket (1970). Madrid: Rialp, 1980; 265 pp.; trad. de Ana Artigas y Jorge Ipas; ISBN: 978–84–321–2028–6. En esta biografía hay una nota (en la página 210) en la que el autor indica que, después de una representación de Asesinato en la catedral, le preguntó a T. S. Eliot por qué había indicado que los caballeros cometieran su crimen estando borrachos, y él le aseguró que no había sido su intención dar esa impresión sino que fue decisión de los actores (o, supongo, del director). Sin embargo, en la edición de la obra teatral que yo he leído una acotación escénica dice que los caballeros que asesinan a Becket estaban bebidos.

Pierre Aubé. Tomás Becket (Thomas Becket, 1987). Madrid: Palabra, 1994; 378 pp.; trad. de Mercedes Villar Ponz; ISBN: 84–7118–990–9.

T. S. Eliot. Asesinato en la catedral (Murder in theCathedral, 1935). Madrid: Encuentro, 1997; 95 pp.; trad. de Fernando Gutiérrez y José María Valverde; ISBN: 84–7490–394–7.

Jean Anouilh. Becket: el honor de Dios (Becket oul’Honneur de Dieu, 1959). Madrid: Escelicer, 1972; 79 pp.; versión de José Luis Alonso.