Un alfabeto para leer el mundo

En una sección de bienvenidosalafiesta hay varias citas sobre la importancia de leer la Biblia y otras sobre cosas que aprendemos con la lectura de algunos de sus libros. Selecciono aquí dos.

Cuenta Claudio Magris que, a finales de los años veinte, una revista berlinesa le preguntó a Bertold Brecht qué libro le había producido una impresión más fuerte, y él respondió: «Se reirá usted: la Biblia». Y sigue Magris: «Brecht encontraba en la Biblia un alfabeto para leer el mundo; la grandeza de un texto que dice, brutalmente y sin dorar la píldora, la desnuda verdad sobre la vida y la muerte, el eros y la violencia, lo maravilloso y el sabor a ceniza, la altura a la que pueden llegar los hombres elevándose por encima de sí mismos hasta concebir un absoluto que los trasciende, los sostiene o los anula, y la infame bajeza en la que pueden caer los mismos hombres.
 
La Biblia es el gran código de la civilización — ha escrito Northrop Frye — no sólo por el repertorio de símbolos, figuras, imágenes e historias que ha ofrecido y sigue ofreciendo a lo largo de los siglos, sino porque cuenta, metiéndola en la épica sensual de las vicisitudes concretas de unos hombres y de un pueblo, los motivos fundamentales de la vida, individual y colectiva: nacer, desear, errar, fundar, destruir y perder patrias, amar y odiar al hermano, vivir intensa y sensualmente la existencia, su gloria y su vanidad, elevarse a la intuición y a la revelación de lo que trasciende el tiempo, la vida, las cosas creadas y la propia mente que trata de imaginar a ese Dios que es justicia y amor pero en cuyas manos, dicen las Escrituras, es también terrible caer, precisamente porque es inconcebible, totalmente otro con respecto al hombre».

José Jiménez Lozano lo explica de otro modo apoyándose a su vez en otro importante autor: «Gilbert Murray ha escrito en alguna parte que la lectura de los evangelios, ya sea en griego o en nuestra lengua, o la lectura de Homero, en el original o traducido, deja en nuestras mentes algo estéticamente valioso; es decir, una especie de cuadro del mundo homérico, o del Reino de Dios, aunque no podamos citar ningún pasaje. Por esto mismo la necedad que afirma que lo que importa es que los niños lean cualquier cosa, y que el caso es que lean, adquiere unos tintes verdaderamente siniestros, porque esas banales lecturas constituirán también la textura de la banalidad de la vida futura de esos pequeños lectores o escuchadores. La verdad es que, si uno no se acerca a algo serio y hermoso muy pronto, enseguida será muy tarde para ello, y la mayor parte de las veces ya imposible. Todo rodará por la banalidad, y será espléndida la cosecha de hombres redondos, vacíos y felices».