‘Un pintor de Alejandría’, de José Jiménez Lozano

Ya que acaba de comenzar el mes de noviembre, mes de los difuntos, recupero un comentario a esta breve y jugosa novela.

Es un relato ambientado en el siglo XV, contado con acentos humorísticos y una prosa rica y clara que imita el lenguaje propio de aquella época. Su argumento es que don Absalón, cura de un pueblo de Castilla, pide a su amigo Juan de Salinas que viaje a Oriente con el fin de hacer venir al famoso pintor Teón de Alejandría para que pinte un cuadro acerca del Juicio Final y sus efectos colaterales. Entre medias hay otros personajes y otras historias no menos singulares: los cántaros de Aurelia Agripina, la consoladora de Medinaceli; o las discusiones sobre las dificultades de pintar la salida del Arca de Noé.

Aunque, como el mismo autor explicaba en una entrevista cuando salió el libro, su intención no era teológica sino componer un divertimento, de fondo está una consideración que, en Una estancia holandesa, explicaba del siguiente modo: «La idea de un Juicio Final de la humanidad es una idea genial por muchas razones, la primera de las cuales es que expresa la absoluta necesidad de que la injusticia y la maldad no puedan prevalecer, y que la desgracia y el pisoteamiento de tantos seres humanos deben ser compensados. Es una necesidad ética, sencillamente, que haya esa “segunda vuelta”, la definitiva, que ponga las cosas en su sitio. ¡Ah!, pero nos permite también saber los finales de la gran novela humana, y ahí está la otra genial idea, así mismo, de un Gran Libro Escrito, in quo totum continetur, es decir, con todas y cada una de las vidas de los hombres, del que hablaba el antiguo Oficio de Difuntos».

A esas razones — una necesidad ética, conocer el final de historias que a todos nos intrigan — en la entrevista citada el autor añadía la de que esa “segunda vuelta” es la del que ríe el último y «¿quién no querría poder comprobar con alegría que incluso lo más oscuro de la historia se ha reparado y se ha vuelto hermoso?». En la novela, cuando un personaje pregunta si «el Juicio Final no será también para consolar a los tristes y para divertirse todo el mundo», el narrador cuenta que los señores de la Junta del Juicio Universal, los que están estudiando cómo había de ser el cuadro que pintará Teón, «dando vueltas al asunto estuvieron de acuerdo en que, pensándolo bien, y habiendo tan pocas alegrías verdaderas en el mundo, si la pintura del Juicio conseguía otorgársela a quien la mirase, esto sería el mayor efecto colateral de aquél. Y el Juglar de Gormaz añadió que, por algo y no en vano, había escuchado él un evangelio en una misa que hablaba del Juicio Último como de una boda para la que se mandaban invitaciones».

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José Jiménez Lozano. Un pintor de Alejandría (2010). Madrid: Encuentro, 2010; 125 pp.; col. Literatura; ISBN: 978–84–9920–039–2.

José Jiménez Lozano. Una estancia holandesa: conversación — José Jiménez Lozano y Gurutze Galparsoro. Barcelona: Anthropos, 1998; 151 pp.; col. Fondo editorial del autor; ISBN: 84–7658–547–0.