Una semana santa más

Ya que comienza una semana santa más recupero unos comentarios que, tiempo atrás, puse en mi página, y luego recogí en Gramática de la gratitud, sobre El Camino de la Cruz, un texto de Chesterton (contenido en Por qué soy católico), preparado a propósito de unas ilustraciones de William Frank Brangwyn para las estaciones del Via Crucis.

En sus primeras páginas habla de los rasgos técnicos y de las fuentes del pintor, señalando en particular su temor a pintar un Cristo como un Hércules flamenco, quizá recordando el reproche que William Blake hizo a Rubens: «Creí que Cristo era carpintero / y no carretero de cerveza…». En las últimas páginas desea responder a quienes ponen objeciones no al tratamiento sino al tema en sí mismo, a las «personas que afirmarían con sinceridad, si bien de forma superficial, que resulta un tanto morboso pararse detenidamente ante las estaciones del Via Crucis». A esas personas Chesterton les explica que «si nuestra teoría es verdadera, es decir, que [la pasión y muerte de Jesucristo] no fue un accidente sino la agonía divina que exigía la restauración del mundo, entonces no es en modo alguno ilógico que tal lamento (y tal júbilo) dure hasta el final de los tiempos».

Luego continuaba: «El escéptico, que es también el sentimental, se enreda en este juego de argumentaciones. Se limita a decir que si la Pasión fue lo que él cree que fue, estamos muy equivocados al tratarla como pensamos que fue. Ciertamente, si Cristo no poseyera la esencia de la omnipotencia, no tendría sentido señalar la paradoja de su impotencia. Pero no estamos dispuestos a admitir nuestro error, sencillamente porque nuestra versión de la historia es la única que tiene sentido. Es totalmente cierto que ha habido una insistencia verdaderamente terrible sobre ese punto, cosa que nos parece muy comprensible. Se ha puesto mucha energía en ello; en resaltar el tema de la corona de espinas y en el martilleo de los clavos. Pero no nos vamos a unir a la opinión de ese crítico que se queja por tales detalles sin molestarse en ir al fondo de la cuestión. (…)

[Más aún, seguía Chesterton, insistiré en que] la misma repetición y realidad del tema depende del dogma que algunos considerarían muy dudoso, o de los detalles que para algunos serían sumamente morbosos. (…) [Y recordaré que], tanto en el presente como en el futuro, La Pasión es [y será] lo que fue entonces, en el instante en que tuvo lugar; algo que asombró a la gente; algo que sigue constituyendo una tragedia para la gente; un crimen de la gente, y también un consuelo para la gente; pero nunca un simple suceso que tuvo lugar en un tiempo determinado y ya muy lejano. Y su vitalidad procede precisamente de aquello que sus enemigos consideraron un escándalo; de su dogmatismo y de su horror. [La Pasión] sigue viva porque encierra la historia asombrosa de quien sufre y se afana con su Creación (…) y porque las ráfagas huracanadas procedentes de aquellas negras nubes de muerte se han transformado en un viento de vida eterna que recorre el mundo; un viento que despierta y da vida a todas las cosas».