‘Retorno a Brideshead’ y la trilogía ‘Espada de honor’, de Evelyn Waugh

Hace un tiempo me propuse leer con calma la trilogía Espada de honor, de Evelyn Waugh, para entender el juicio de Cyril Connolly de que, para él, sin duda era la mejor obra que había salido de la segunda Guerra Mundial, y también, para empezar a remediar mi conocimiento tan deficiente de Waugh. Pensé que, dados los rasgos de la historia — muchos personajes; referencias o alusiones a sucesos reales de la guerra; guiños a novelas anteriores de Waugh, a Retorno a Brideshead en especial; uso abundante de siglas en los diálogos; construcción literaria cuidadosa con abundantes paralelismos e ironías situacionales — , sería mejor leer los tres libros seguidos y con calma. Así que, aprovechando varios viajes largos en tren, leí las tres, por orden y con pocas interrupciones: fue una gran experiencia comprobar la categoría de unos libros tan bien escritos, tan inteligentemente construidos, y tan bien comentados por el editor.

Pero, antes, releí Retorno a Brideshead. Esta novela comienza durante la segunda Guerra Mundial cuando el capitán Charles Ryder vuelve a la vacía mansión de los Marchmain y recuerda sus relaciones con ellos — desde su amistad con Sebastian en Oxford hasta el trato con su madre y hermanos, en especial con Julia — , con un tono característico de añoranza que va dejando paso a una comprensión más profunda de las cosas. En esta nota solo diré, siguiendo al autor de la edición crítica de Espada de honor, cómo Waugh cambió la economía verbal característica de sus anteriores novelas para usar en esta una voz narrativa en primera persona que «domina toda la acción» y aporta «un singular tono de confidencia». Esto dio paso «a una exuberancia de palabras, metáforas y descripciones, dotadas de un especial poder evocador. La nostalgia por un pasado perdido, por una juventud disfrutada en la arcadia oxoniense, impregna el tono de la obra». Por ejemplo, cuando el protagonista ve que ha de dejar atrás la amistad que había entablado con Sebastian, el narrador habla de que «una puerta se había cerrado, la pequeña puerta en la pared que busqué y encontré en Oxford. Si la abría ahora, ya no descubriría ningún jardín encantado».

Un rasgo de la novela que no recordaba y que aprecié en esta lectura, es la categoría que alcanzan en ella los personajes secundarios: podrían calificarse de dickensianos pero Evelyn Waugh, a diferencia de Dickens, no se recrea en ellos y les da únicamente las dimensiones que necesita para construir su trama. Uno, no el más importante pero sí un tipo de personaje muy reconocible dentro de nuestras sociedades, es Rex Mottram, el hombre de negocios y político que se casa con Julia Marchmain. Para bautizarse, antes de casarse recibe instrucción católica del padre Mowbray que, un día, les dice a los Marchmain:

«Lo malo de la educación moderna es que nunca se sabe hasta qué punto la gente es ignorante. Con personas de más de cincuenta años se puede adivinar con bastante exactitud qué se les ha enseñado y qué no. Pero estos jóvenes tienen una fachada muy inteligente, muy informada, y luego, de repente, se quiebra la costra y se perciben profundidades de confusión que uno ni siquiera sospecharía existieran».

En ese momento, la pequeña de la familia, la que había provocado con sus bromas que la ignorancia de Mottram quedara de manifiesto, lo califica de «tonto divertido», y la madre de «niño idiota». Años más tarde, Julia le recuerda del siguiente modo:

«No era en absoluto un ser humano completo sino un trocito de ser humano, que se había desarrollado de una manera extraña, poco natural; como dentro de una botella, como un órgano mantenido vivo en un laboratorio. Yo creía que era algo así como un salvaje bueno, pero me equivoqué; era algo absolutamente moderno y al día, que sólo esta época espantosa podría producir. Un trocito muy pequeño de hombre que juega a ser un hombre entero».

En Espada de honor, (que había sido precedida por una novela en la que se prefiguraban sus personajes y motivos titulada Izad más banderas, que comenté brevemente aquí), Waugh vuelve a utilizar, pero incluso perfecciona, un protagonista como el de Retorno a Brideshead: un militar desencantado, un hombre que sufre un proceso de desilusión y maduración interior. Las tres obras que la componen —Hombres en armas, Oficiales y caballeros, y Rendición incondicional — tienen una estructura parecida: el héroe se pasa cada una de las novelas en distintos destinos cuartelarios o burocráticos en Inglaterra, como sin hacer nada, y, al final, participa en una acción militar en el extranjero que no termina bien.

Hombres en armas comienza en 1939. El protagonista es Guy Crouchback, que tiene 35 años y desciende de una familia católica de larga tradición. Es el único hijo varón vivo de su padre, Gervase. Su mujer, Virginia, le abandonó hace unos años. Se alista en los Alabarderos (un cuerpo que no existió en la realidad). Allí conoce a varios personajes que también irán reapareciendo en novelas posteriores. Al final hay una expedición a Dakar, en la que Guy desempeña un buen papel pero, debido a una imprudencia de su jefe, al final es él quien debe abandonar el cuerpo.

Oficiales y caballeros empieza cuando Crouchback se alista en la Hookforce, un cuerpo de comandos de reciente creación. Hace amistad con Jumbo, un antiguo alabardero y gran conocedor de los entresijos de la vida militar. Entran en acción en Egipto y, después de intervenir en unos combates trágicos y confusos en Creta, logra escapar en bote. Mientras tanto, su exmujer, Virginia, está en grandes apuros después de su último divorcio.

Rendición incondicional comienza a finales de 1941. Después de pasar por distintas oficinas militares, Guy termina en Yugoslavia cuando esta cae en manos de Tito quien, dando la espalda a los ingleses, se alía con los rusos. Un epílogo, ya en 1951, da cuenta de la vida posterior de Crouchback.

El magnífico estudio crítico que acompaña a estas novelas permite al lector comprender cuánto talento literario y cuánto trabajo hay detrás de los excelentes diálogos, las descripciones medidas y el desarrollo argumental inteligente que caracterizan las novelas de Waugh, un maestro de la sátira que no daba puntada sin hilo — así, la frase de Hombres en armas que dice «la orden era siempre permanecer alerta para recibir órdenes» no retrata sólo el ambiente caótico de un cuartel en época de guerra sino la inquietud infructuosa y la espera de no se sabe qué tan habituales en la vida cotidiana de hoy.

Cada libro contiene secundarios diferentes; en cada uno se da una traición presenciada por el protagonista, que va ganando solidez humana según transcurre la historia; y cada novela tiene un tono propio: Hombres en armas tiene aires algo distanciados e incluso cómicos («el ejército no estaba turbado entonces, como estaría más tarde, por los psiquiatras»); en Oficiales y caballeros las cosas se ponen serias cuando las desgracias, las muertes y el deshonor, son reales y cercanas; Rendición incondicional acentúa, por un lado, la desesperanza en cuanto a los resultados de la guerra pero, por otro, se abre camino con fuerza la esperanza personal.

En conjunto suponen una subversión del género: Waugh no escribe sus novelas para ensalzar el coraje militar o las virtudes patrióticas tal como muchos las entienden…, sino que va mucho más allá y habla del sentido del honor y de la caballerosidad de formas inesperadas.

En relación al sentido del honor, uno de los momentos clave de Oficiales y caballeros es la conversación que tienen Guy y su compañero Ivor, un aristócrata, en un momento crítico de una operación militar que no está saliendo nada bien. Ivor dice:

«— Estaba pensando en el honor. Es algo que cambia ¿no? Quiero decir, hace ciento cincuenta años habríamos tenido que batirnos si nos hubieran retado. Hoy nos reiríamos. Tuvo que haber un tiempo hace unos cien años en el que resultara un asunto espinoso.

—Sí. Los teólogos morales nunca fueron capaces de frenar los duelos. Tuvo que venir la democracia para conseguirlo.

—Y en la próxima guerra, cuando seamos completamente democráticos, supongo que será bastante honorable que los oficiales abandonen a sus hombres. Se dispondrá en las Reales Ordenanzas como un deber, para mantener un cuadro de mando que adiestre a nuevos hombres que reemplacen a los prisioneros.

—Quizá a los soldados no les gustará mucho ser adiestrados por desertores.

—¿No crees que, en un ejército verdaderamente moderno, se les respetaría más por ser espabilados? Supongo que nuestro problema reside en que nos encontramos en el periodo espinoso… como un hombre retado en duelo hace cien años.

[…] Ivor se puso en pie diciendo:

—En fin, el sendero del honor aguarda sobre la colina — y se alejó».

En relación a la caballerosidad hay una escena central, en Rendición incondicional, de la que omito cosas, que presenta una charla entre Guy y una amiga que va a verle para intentar convencerlo de que no haga lo que tiene pensado hacer, entre otras cosas, adoptar como suyo un niño de su exmujer Virginia:

« — Pobre idiota — dijo Kerstie, con furia y compasión y algo cercano al amor en su voz — […] ¿Es que no puedes entender que los hombres ya no son caballeros y no creo que lo fueran nunca? […] Venga ya, Guy. Tienes cuarenta años. ¿No ves lo ridículo que pareces haciendo de caballero andante?

—¿Qué tipo de vida crees que tendría su hijo, si naciera sin ser deseado en 1944?

—No es asunto tuyo.

—Se convirtió en asunto mío cuando me salió al paso.

—Querido Guy, el mundo está lleno de niños no deseados. La mitad de la población europea está sin hogar, entre refugiados y prisioneros. ¿Qué significa un niño de más o de menos entre toda esta miseria?

—No puedo hacer nada por todos esos otros. Este es el único caso en que puedo ayudar. Y solo puedo yo, la verdad. Soy el último recurso de Virginia. De modo que no podía hacer otra cosa, ¿no lo ves?

—Pues claro que no lo veo. […] Estás loco.

Y Kerstie se marchó más enfadada de lo que había llegado. No valía de nada intentar explicarlo, pensó Guy. ¿No había dicho alguien que “todas las discrepancias son discrepancias teológicas”? Volvió de nuevo a la carta de su padre: Los juicios cuantitativos no valen aquí. Si se ha logrado salvar una sola alma, eso compensa del todo cualquier pérdida de “imagen”».