Actividades para aliviar el estrés

Soy de los que se estresa rápido y por cualquier pendejada. He sido así desde que tengo uso de razón. Aquello es una cosa muy loca, pero no es exclusivo de mi persona debo acotar. La cosa viene de familia, de la paterna para ser más específico.

Las manifestaciones de aquel estrés son las siguientes: jaquecas malvadas como si hubiese bebido un botellón de Castel Gandolfo, unos dolores de espalda que me imagino, son como si me montaron dicho botellón encima, una crisis de asma al mejor estilo Darth Vader, seguido de una úlcera gastro-duodenal lo más parecido a un alien, hipertensión arterial, unos vaporones andropausicos, un escozor desgraciado que hace desollarme hasta dejarme en carne viva, y no conforme, me brotan espinillas en toda la cara.

Habiendo entendido que no puedo seguir en este plan, decidí acudir a un experto en la materia. Me recomendaron que me lanzara ipso facto al consultorio del Dr. Cucho Paniagua el cual hizo que mi amigo Marbello Maldeparamo volviera a la tranquilidad mental aunque sea por poco tiempo, pues este en su escalada en el mundo de las drogas duras, terminó en una cárcel china pagando cadena perpetua.

Pero volviendo al tema, el Dr. Paniagua habiendo escuchado mi historia, me pidió encarecidamente que reeducara mi cerebro, que aplicara técnicas cognitivas, de relajación de la actividad fisiológica y conductuales. Después de múltiples sesiones de terapia, algunas estrategias aplicadas fueron las siguientes:

· Unir los huequitos de las fresas con un bolígrafo

· Depilar grillos

· Atender partos de lobas

· Desinflar peces globo

· Hacerles injerto de plumas a águilas calvas

· Desgranar mazorcas de maíz con una pinza de sacar cejas

· Ver a un suizo hacerle los orificios a las rebanadas de queso emmental[1]

· Desenredar las trenzas de pelo a un rastafari

· Calibrar con un Vernier, los orificios del queso emmental que hizo el suizo arriba mencionado.

Esta rutina le ha venido aplicando de forma alternada durante los últimos 3 meses, y debo reconocer que mi vida ha dado un vuelco positivo.

Como no conocía a ningún suizo, tuve que tomar la decisión de irme a Suiza y establecerme en una zona cercana a las empresas productoras de quesos de Berna, la capital de esta neutral nación.

Allá me hice amigo de Ferdinand Theodor Sutter, maestro quesero de la empresa “Die Mittelkäserei[2]”, en donde fui contratado como pasante utility. Como el sujeto no hablaba ni papa de español y mi alemán es por demás mediocre, me limité a responder Ja y Nein de forma alternada a todo lo que me preguntasen. Con este poco ortodoxo y aparentemente eficaz método de comunicación, sobreviví 3 meses.

Los huecos del queso emmental son hechos siguiendo las normas ISO 128 y elaborados con las brocas de tungsteno de mayor precisión jamás construidas. Los pedacitos de queso que iban cayendo durante la jornada, los guardaba en el bolsillo para luego meterlos en un pan canilla bien sabrosa que se vendía en una panadería cercana a la fábrica. Aquella experiencia me enseñó el arte de la paciencia y a disfrutar el placer de las cosas simples.

A mi regreso, retomé el resto de las actividades indicadas por el Dr. Paniagua para cerrar el angustioso ciclo y tener una vida más serena.

Con el tiempo, aprendí a controlar el estrés. Lo único que lamento dela terapia es la repulsión por el queso emmental y sobre todo el saborcito acre del jugo de fresa, pero eso es comprensible por la tinta dejada por el bolígrafo. De igual manera, la placenta de loba es una cosa por demás horrible y ni hablar de sus aullidos quejumbrosos de la parturienta. Su olor no se compara con el penetrante hedor del cabello de un rastafari que no ha tocado agua y champú en más de 2 años.

Puedo decir ahora con propiedad que lo anteriormente mencionado, no me causa estrés, ahora solo me causa repugnancia.

[1] Si el ciudadano suizo le abre más orificios de lo debido, el queso no sabrá igual. Usted estará probando puro hueco. Sin embargo, no es para preocuparse. Búsquese a un francés que se dedique al “afinado de quesos” y véalo en acción, aquello es algo único. Por lo general, lo que hace es pedirle al suizo los pedazos de queso que le quitó para hacer los orificios y empezará a buscar cual pedazo corresponde con cual orificio. Lo más probable es que necesite un vernier para efectuar el trabajo con la mayor precisión posible. En ese momento, usted como paciente y receptor de la terapia anti estrés tendrá 2 opciones: prestar el vernier o participar activamente como asistente del maîtres affineurs o maestro afinador tomando medidas de los pedacitos de queso. Puede darse el caso de que no encuentre los pedacitos de queso emmental y tenga que llenarlo con otro tipo de queso, como el blanco, el paisa, el churuguara o el telita. De ser así, habrá comprometido la integridad estructural del queso, pero eso es otro tema. Verá como el francés gritará “¡Sacre Bleu!” o en el peor de los casos “¡Oh Merde!” seguido de una mirada fulminante hacia su persona.

[2] Las Queseras del Medio

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