La gratuidad de la Infancia perdida.

Este es un pedazo de historia que suelo contar a quienes están más cerca, cuando era pequeña acostumbraba hacer uso del campo en su máxima diversión, mediante el juego creativo de quien no tiene muchos juguetes costosos a su disposición, ni de quien se abstrae horas y horas frente a un televisor. Era el juego de alguien que disfrutaba rodar por las faldas de las montañas, de quien se untaba de barro hasta la coronilla para crear ollas y joyas, de quien experimentaba y aprendía mediante el ensayo-error cuando al querer saber cómo funcionaba un fogón de tusas de maíz, terminaba casi por incendiar un terreno, de quien disfrutaba ver como la corriente de un río se llevaba uno de sus calcetines al intentar cruzarlo y también de quien pasaba horas y horas trepada en árboles, especialmente en aquellos que tenían un preciado fruto, el durazno.

El durazno y yo nos relacionamos con una infancia intensa, dolorosa y sabrosa, aquella que me trajo los momentos más agradables, que forjó mi carácter emprendedor y creativo. Algunos verdes otros maduros siempre tan peludos y jugosos, eran codiciados hasta el último de cada árbol, cuando terminaba la cosecha, eran las moras, el lulo y el café que hasta pa´ vender alcanzaban, sólo el durazno no era digno de ser vendido, los demás podían desfilar por las básculas y plazas de mercado.

Sin ser cruel por las preferencias, sencillamente creo que mi fruta era exquisita y silvestre, disfrutaba de ella sin condiciones ni limitaciones, como quien ama en libertad total aun presintiendo lo que corría árbol arriba, eran tiempos de dicha, juego, embarradas, caídas y levantadas. Pero han sido las condiciones de una sociedad podrida y basada en una lógica de odio-venganza, que me han separado de aquellas creaciones y ha puesto otros horizontes a mi vista, no tan verdes, con unos contados árboles y no propiamente de duraznos, ciudades que a pesar de su fragilidad y vaciedad se convierten en espacios para la resiliencia, el encuentro con otros y la transformación de la vida misma, comprendida desde perspectivas humanizadas; no obstante sigo creyendo la imposibilidad de hallar en la ciudad tanta cercanía, libertad y gratuidad como con aquellos manjares de la infancia.