“No sabes nada, Luisa Snow”

Rompiendo paradigmas. 


Antes de entrevistarlo, necesitaba romper con mis propios prejuicios, pero yo no había querido confesármelo. Me excusé ante mí misma, diciéndome que lo cité porque así él me podría conocer antes de contarme sus vivencias y temores.

Pero no puedes esperar sinceridad si no la das. Por eso yo estaba allí, mirando por la ventanilla del auto, pero escrutando mi interior y enfrentándome a mi ignorancia y desconocimiento.

Todo empezó una mañana en la que llamé a una amiga para saber qué actividades tenían en la institución de salud en la que trabaja. Ese día no tenía muchas cosas qué hacer, así que buscaba algo que pudiera ser noticia.

Me dijo que justamente comenzaba la semana de la Prevención Escolar del VIH, así que me acerqué al hospital sin muchas expectativas, la verdad.

Sin embargo, el personal de salud me atendió con apertura y me informaron detalladamente las actividades y aspectos relacionados al contagio del VIH. Enseguida imaginé que podría hacer un reportaje con cifras (ilusa yo, en un país con las fuentes cerradas) acerca de la enfermedad inmunológica que tantos temores ha sembrado.

Prometí volver con la carta en la que solicitaría los datos estadísticos. Y cumplí. Pero ellos me desalentaron (obviamente) aunque de una forma muy amable y me sugirieron hacer un trabajo más relacionado al aspecto humano, los temores y la discriminación que enfrentan quienes son seropositivos.

Aunque estaba algo desanimada, reflexioné y me di cuenta que sería un trabajo que me daría la oportunidad de poder ayudar a otros. Aún no estaba muy convencida, por lo que le dije a los funcionarios que podría orientar mi investigación a ese aspecto del problema del VIH, pero que sus testimonios no serían suficientes, que tenía que entrevistar a alguien que estuviera bajo esa condición.

Creo que no se esperaban mi solicitud, a pesar de ello, accedieron no sin advertirme que sería algo complicado conseguir un paciente dispuesto a conversar conmigo. Les dije que esperaría lo que fuera necesario y prometí que iría todas las semanas a buscar noticias. Y cumplí. Y ellos también.

Un lunes como cualquier otro, la doctora me dijo que tenía un nombre y un número de teléfono para mí. Así fue como conocí, por lo menos de referencia, a Enrique*. Su nombre me produjo buena impresión. Pero tuve el teléfono dos días dando vueltas en mi cartera. Dudaba entre enviar un mensaje o llamar ¿Cómo podría invadir la privacidad de alguien de esa manera? ¿Con qué derecho? Las implicaciones éticas del trabajo periodístico solo las conoce el que se enfrenta todos los días a ella.

También tenía el temor de resultar confusa, insegura. Vamos, Luisa, que eres una mujer muy grande para la gracia. A partir de ese momento empecé a darme cuenta de que en realidad, ésta no sería una experiencia para mi entrevistado, sino para mí misma. Era yo la que tenía que cambiar, era yo la que tenía que enfrentarme a una situación potencialmente incómoda. Y era solo yo la que podría sacar adelante la situación para poder hacer mi trabajo, de la forma más sencilla y digna posible. Así que lo llamé y me enfoqué en percibirlo e imaginarlo como una fuente más.

- ¡Aló! ¿Enrique? Te habla la periodista Luisa Panagua. Tu nombre me lo dio la doctora Zobeida*.

Debo confesar que su voz me agradó. Sonaba joven, jovial y abierto. Quise ayudarlo y, al contrario él me ayudó. Aceptó ser entrevistado y, al colgar, me sentí triunfante, no porque Enrique accediera, sino por haberme podido sobreponer a mis temores y a mis (de nuevos ellos) prejuicios. Perdóname, Enrique, por haber pensado que sonarías enfermo. Supongo que tendrás que tener algo de paciencia conmigo.

Por diferentes razones, la entrevista no podía darse en los días siguientes, sino que debía esperar a que él resolviera algunos asuntos personales. Y fue durante ese tiempo de espera, en el que empecé a pensar que Enrique tendría que enfrentarse a una periodista desconocida, para abrir su vida y conversar abiertamente acerca de su condición. Pero me mentía a mí misma.

Como dije al principio, era yo, la que tenía que afrontar mi ignorancia, mi nula experiencia respecto al tema, pero aún yo no aceptaba esa idea. Así que una noche lo llamé y lo invité a conversar en un ambiente neutral, sin ninguna obligación, simplemente para conocernos. De nuevo, Enrique aceptó.

Solo cuando faltaba media hora para nuestro encuentro, en el bus, me confesé conmigo misma: “Luisa, eres tú la que necesitas conocerlo, sentarte con él y conversar, mirarlo a los ojos, estrechar su mano y olvidar cualquier otra imagen que te distraiga y que no te permita construir un discurso con sus ideas y vivencias”. Y así fue. Al sincerarme, todo fue más sencillo.

Al encontrarnos, estrechar su mano fue lo más natural del mundo. Sentarnos a tomar un jugo y conversar, también.

Eso sí, él fue directo al grano y quería saber qué buscaba yo. Me sentí evaluada y le di la razón, entendí que yo haría lo mismo si me encontrara en sus zapatos. Recordando la frase que escribí al principio y, a riesgo de citarme a mí misma: “no puedes esperar sinceridad si no la das”. Así que me sinceré, le dije qué quería y por qué lo había citado. Creo que a él le agradó, porque comenzó a conversar (¿quizá drenar?) y habló por unos 20 o 30 minutos. Yo solo escuchaba.

Me percaté de mi propia ignorancia, sentía que con cada una de sus palabras, había una Ygritte, diciendo “No sabes nada, Luisa Snow”. Sí, había algo que escapaba de mi comprensión.

Cada vez que hablamos de una persona contagiada con VIH, en realidad hablamos de alguien que quizá no sabía nada de esta condición hasta que lo diagnosticaron, más que lo que leyó en algún tríptico de esos que regularmente distribuyen por allí. Hablamos de alguien que no encontrará respuestas a sus preguntas, ni sosiego a muchos de sus temores. Es alguien que se dedicará celosamente a ocultar su estado, para no ser discriminado, para evitar la etiqueta de “promiscuo (a), homosexual, drogadicto(a)”, aunque no necesariamente quienes son seropotivos pertenecen a algunos de esos grupos.

Hablamos de alguien, en fin, como Enrique, a quien estreché la mano y besé la mejilla al despedirme, que debe evitar la gripe y las enfermedades benignas de los demás, para no ser contagiado. Porque me lo dijo de una manera que me impactó (y, sin saberlo, me regaló la idea principal de mi trabajo): “No eres tú quien debe tener temor de mí, yo soy quien debe tener miedo de ti”.

*Los nombres fueron cambiados.
Crédito de la imagen

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