«Qué por qué tengo que hablar tanta babosada.» – me pregunta cada vez que estamos en la cama y a mí se me ocurre abrir la boca. Nunca le ha gustado hablar y siempre lo he sabido. Le gustan los monólogos, le gusta hablar sabiendo que cuenta conmigo. ¿Pero oírme? Nahh… No le gusta. Le gusta leerme, y no leerme como siempre, le gusta leerme así, cuando el colmo ya me llegó a la paciencia. Cuando estoy ahí, entre llegar al amor por la cordura y preferir las cosas serias.

Pero es que se me pierde y ya no sé qué hacer. Ayer le pedí a dios -Puesi, y a quien más. Todos somos ateos y autosuficientes hasta que sentimos que nos arrancan el corazón, que nos quedamos sin vida.- le pedí que me diera fuerzas para aguantarle estas sus idas al espacio. En las historias los hombres se iban de cacería, a guerras, a conquistar otras tierras. Este no, este se me va estando ahí justo al lado mío. Hay algo que se le desconecta por dentro y pluc, está pero no está. Se nos va, hasta la gatita lo reconoce, lo mira como a un extraño, se me pega a las faldas y no se le acerca. Los gatos son sabios, ellos sienten todo antes que uno, me pregunto si se dará cuenta de esto antes de que vaya a pasar.

La cosa es que se me va y yo siempre lo he aguantado, lloro y cómo de que no, si soy un manojo de sentimientos encontrados, como una niña perdida sin saber qué hacer. Siento que le estorbo, que no me quiere aquí, que le salgo sobrando y que por alguna razón, se amarra la lengua y no me dice que me vaya. Se me mezcla todo, y mientras él se va al espacio a quien sabe qué galaxias, yo me quedo entre mis miedos, mis complejos, mis pérdidas sin ganancias. Me revuelco sola en una cama a la que el trata de no llegar, veo tele con alguien que no quiere hablar. Le platico y sin obtener respuestas prefiero provocarme una migraña y empastillarme para al menos poder descansar.

Hace dos días se me ocurrió decirle: «qué Putas! Me estás desesperando para que me vaya?» – se me ocurrió que a lo mejor le falta valor para partirme el corazón en mil pedazos y decirme hasta aquí. Es que nadie puede ser tan negligente con el pegoste con quien vive y pensar que ahí va a estar esperando sentada siempre. Y él, de tonto no tiene nada, ni un pelo, debe darse cuenta de su comportamiento. Siento que ya no me confía, que anda algo secreto por dentro, que se le murió la fantasía y simplemente ya no quiere.-

Ya no hay besos, ya no hay sexo, no hay caricias, ni sustento. Y sin embargo yo sigo aquí esperando que regrese, que reaccione, que me vuelva a querer como antes. Ha vuelto por ratos, por medias horas, trata de platicarme y de encontrar en común algunos intereses.

¿Será mi culpa por ser gorda? -No tiene lógica, para qué me tendría aquí si no me quiere.-

¿Será que le pasa algo más que no tiene nada que ver conmigo? -Pues si es así, que cerote más jodido. Que no ha podido sacarme de este abismo.-

Hoy resulta que cuando hablo soy hormonas, que algo se me ha descompuesto dentro de mi. Me pregunto si extraña cuando pierde algo, si le voy a hacer falta cuando se me acaben las fuerzas. Si va a extrañarme y va a reclamarse el haberme perdido. O si recordará todo este tiempo como un terrible castigo que vivió conmigo.

Su falta de amor me está matando el mío, y yo aquí tan llena de entrega pensé que eso no era posible conmigo. Si supiera que mi combustible es eso, que no quiero trabajar, no me puedo reír, no me quiero despertar y no siento ilusión cuando él es así…

Quisiera decirle: «¡regresa pendejo! Vení y partirme el corazón de una buena vez si ya no me querés en lugar de estarlo matando todos los días de a poquito. Pero si todavía hay algo, por poco que sea ¡Vení está conmigo, dame un poco de gasolina para que pueda seguir soñando duro contigo! Abrázame, revivime, yo no quiero ser alguien que se dio por vencida en el camino.»

Espero que tenga claro que nunca ha tenido un amor como el mío, y que aunque a lo mejor no soy todo lo que él ha querido, mis sueños enteros se cumplieron desde que le pusieron ombligo. Al final el regresaría a ser placer de muchas y amor de nadie y siempre va a tener en la cabeza que aunque no fui la mejor en nada, fui la única que lo amó en todo.

A él no le gusta hablar, y a mí me falta valor. Resulta que siempre sí soy una cobarde, y mejor me guardo hasta dónde puedo este dolor. Ojalá que vuelva pronto porque se me está secando el corazón…

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