En el bar hay ruido, hay música ochentosa, hay parejas jóvenes y mucha gente que tan bien no se lleva. A la vuelta de una esquina, en una mesa que sólo se ve de casualidad, te encuentro y me miras a los ojos desde el momento uno. Me estás mirando desde antes; yo todavía no me di cuenta. Apenas me descoloca, me río. Me saca de donde sea que en estoy parada. Apenas estamos muy cerca presiento que me vas a saludar con un beso y de los nervios te doy un beso rápido en tu difusa cara. No lo dejo en un lugar real, ni en el cachete ni en los labios; lo dejo en algún lugar de tu cara que ahora no me acuerdo. 
Mientras me contás un millón de cosas que no te tengo ni que preguntar, divido mi atención en mirarte con detalle. Tenés los ojos chicos, levemente hundidos, complementados por interminables pestañas enormes. tus pupilas son anormalmente grandes; producen una sensación de asombro curiosa. Los dos son verdes, muy verdes, pero un verde casual, que no llama la atención, no encandila, no es pretencioso, es ocurrente. Está ahí por mera casualidad, oculto. Tus ojos son verdes para el que sabe mirar, son privados, son selectivos. Sos socialmente gracioso, lo puedo notar, pero me gusta pensar en tu creatividad como algo que querés lograr solo conmigo. En cualquier situación, ágilmente hacés un chiste o contás una historia con la misma rapidez, me río todas las veces y me miras satisfecho. Me miras contento con vos mismo, porque el momento fue como esperabas. Quizás te reclines en la silla relajado después de lograr lo que te proponías; quizás sea hacerme reír. Me contás sin errores todo, hasta, según vos, el mejor piropo que te dijeron: que tu versión de los hechos es todavía mejor que el hecho en sí, el que estás repitiendo contando, sin saber que en realidad el real es el que estás actuando vos. Siento rabia y al segundo me siento mal, no porque otra persona te haya dicho algo lindo y que te acuerdes, sino porque alguien se dió cuenta de algo que yo no. Yo te quiero descubrir sola, con vos siendo un libro con candado, lleno de cosas que voy leyendo de a poco, como una comida que te gusta mucho y la querés saborear de a poquito. Los diminutivos para describirte suenan raros, son para referirme a la ternura que transmitís cuando me estas alabando la ternura a mi, usando casi como sustantivo “adorable”. A pesar de esto, esa blandeza no te quita la masculinidad que sabes llevar hasta la máxima expresión, aún con tu buzo feminista y tu campera de jean.

De repente, mientras me dedicas una media sonrisa. Tengo la sensación de que no la pasaste mal nunca, que no hubo cosas que te preocuparon en sobremanera, que no sufriste. Al mismo tiempo, se me ocurre que todo esto sea contraproducente, que sea una pantalla que elegiste para ocultar todo lo que sufriste, sufrís y quizás sufras.

Te quiero decir que me hacés acordar a alguien pero no puede existir otra persona que se acerque en un mínimo detalle a todo esto que sos. Solamente pensar en que alguien pueda llegar a rozar alguna de tus cualidades me parece impensado, irreal, imposible.

Me está costando mucho escribir describiendote porque no encuentro palabras que tengan la valoración importantísima que le quiero poner a las cosas que haces, decís y pensás. Nada es suficiente, todo queda muy lejos del impacto real que producen todas esas sensaciones.

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