Atención al público

Entra sabiendo que llega relativamente tarde. Probablemente, no almorzó lo suficiente y mas tarde lo lamentará. Recorre en silencio, el trecho que la separa de la salita donde deja el bolso. Le gusta empezar a esta hora. Está sin gente, todavía hay olor a páginas y los zapatos abotinados en la alfombra hacen ruido, lo que no sucede en hora pico. Esos zapatos que comenzaron duros, para ya pertenecer ahora al mundo de lo maleable, admitidos por la piel. Cruza cuadras, esquinas, colores, campante porque no quiere llegar. En el camino, practica las caras que manejará durante el resto del día, hasta entrada la noche. Piensa en que podría haber sido una buena actriz, porque sabe esconder y fingir, pero curiosamente, no sabe mentir. Ya perdió esa capacidad hace mucho, a propósito, porque el resto pudo llegar mas allá que lo propio. Puede adornar, puede embellecer, o exagerar, pero no puede inventar y crear desde cero, desde la nada. ¿Será que todo debe tener un antepasado que funcione como influencia? ¿Será que nadie puede inventar el todo desde la nada misma? No. Solo los mediocres no pueden.

Cuando llega, saluda armoniosamente y sin chistar. A sus cuatro iguales, los que comparten el espacio, los detesta. Le cansan, y debe atajarse de poner los ojos en blanco repetidas veces, por mas televisivo que parezca. A algunos les divierte estar ahí, y eso le irrita incansablemente. Como si les entusiasmara la servilidad. No conocen de lo que hablan, no pertenecen a ningún lado. Pero más se odia a ella misma, por reírse de lo que quizás jamás se reiría, en estado natural. Se mira desde afuera como un dibujo animado, aconsejada por los fantasmas de la noche de navidad, con vergüenza de observar el nivel de condescendencia al que es capaz de llegar. Permanecen fuera de su habitat y se arriman al primer salvavidas que tengan cerca. Coinciden con lo que odian, adhieren a contradicciones y sonríen a estupideces. Quizás por primera vez, se aleja incontables kilómetros de la autenticidad.

Lo peor son los otros. Vienen en todos los tamaños y formas, de vez en cuando estéticas, a veces no. Escupen, comen, tienen mil brazos y los usan todos. Apoyan materiales, papeles, bolsos, manos, pies. Piden a gritos y caprichean, como bebés gigantes. Parecen dar por sentado que se les abalancen, los avalanchen. No son capaces de no perder la mirada, como error garrafal y solo se siente la desidia. Y si miran, parecería que se lavan las manos metafóricamente. Con un pie donde deben estar, me preguntan si es ese el lugar que creen que es. No descubren solos, no existe la búsqueda sorpresiva del porvenir. Necesitan estar guiados, se sienten protegidos. El doble sufre la aparición sorpresiva de uno de los suyos, que le arroja un comentario del que se puede aferrar tanto como la última fibra de salvavidas. De repente, se acuerda de por qué está ahí y sobre todo, de quién es. Pero mientras lo mira alejarse, la sensación de desidia vuelve, al arrimarse otro a la pequeña porción de límite. Recuerda que no está de este lado, que está del otro, del que no desea, del que no piensa, y no siente. Pertenece al lado que recibe, que entrega, no delibera, o discute. La libertad no aparece porque se relaciona con el poder confrontar, y criticar, doblegar los argumentos. La comodidad o la reciprocidad, nada tienen que ver con la libertad.

Cuando cae la ficha, ya lejos del predio, estalla. Arremete contra otros, los reales, los que están del otro lado de la cortina. Los que esperan en autos, con comida, los inocentes. Busca el golpe silenciador, o el grito, no el abrazo odioso o el tono de voz suave. Se obsesiona con la perfección en cada aspecto, hasta en los cuales en los que es sumamente imposible. No la perfección exagerada sino mas que nada el sueño de completar la consigna, y del ida y vuelta. Las conversaciones, el paseo, el sexo, lo edilicio, hasta los sueños. Se convierten en aspectos metódicos, poseídos por el lavado del estructuralismo.

Al otro día, sigue los pasos que dejó la jornada anterior. Se cuelga la campera al hombro. Está llegando relativamente tarde. Intenta peinarse, sin éxito, el pelo mojado. Le gusta empezar a esta hora.