El viaje

Salimos con las pupilas un poco zoomeadas, y nos tiramos en el cemento. No estoy pensando en mi imagen, solo estoy pensando en el sol y en que no siento el frío. Nos sacan una foto y ahí si, ya me ataqué por cosas que no dijiste y pienso con fuerza en no pensar. Me sorprende esta versión mia que es mi preferida, que acepta todas las opciones y se ríe muchísimo; no quiero que se vaya, me cae mejor que todas las otras, quizás porque muy adentro sé que fue la última real. Nos vamos con una tuca regalada y con la promesa de que vamos a avisar cuando llegamos. Esa frase me hace sentir que estamos vivos, y que nos lo avisamos el uno al otro. Siento la confianza como para pensar en recordártelo, mientras caminamos bajo el rayo del sol. Pasamos mucho puente duro de asfalto, mucho auto que me acalora, mientras se me escurren los dedos de tu mano. Cada vez que me hablas pienso que quizás las oraciones no me las voy a acordar pero si voy a volver a sentir el contexto, y eso me anima. Dejo que todo se acomode solo y hasta cuando se asoma un poco el pánico lo manejo como si fuera un triciclo. Trato de rozarte despacio transmitiendote todas las reservas de calma que me quedan. No intento abarcar todo y eso funciona. Seguimos caminando y cuando frenamos por un semáforo presiento que quizás nos estuvimos deslizando. En este momento no hay una sola persona en ningún lado que no seamos nosotros dos. En un momento presiento que la civilización va a llegar después y efectivamente, las calles se cierran y empiezo a escuchar un poco de ruido. Estas cuadras duran muy poco y nos metemos en un edificio donde no hay día ni noche, por el simple hecho de que no entra luz natural. Nos sentamos al fondo a esperar y descubrimos una parte que no habíamos visto nunca. Vemos espejos circulares ínfimos y todo bañado de rojo. Subimos escaleras y en el segundo piso veo la pecera azul. Me produce una sensación de familiaridad y pienso en cómo debe sentirse ser un pez y vivir en ese ambiente azul, valga la redundancia.

Cuando entramos observo el lugar y sigue siendo todo rojo. No hay una parte del lugar que no sea rojo, hasta nosotros somos enteramente rojos y las líneas que rescato son algunas partes del cuerpo: el borde principal del cuerpo, nuestras cejas, nuestros ojos, los pelos de la cabeza. Noto que en el cuerpo se hacen sombras las partes, como abajo de tus brazos, la separación entre los dedos, mis tetas sobre el pecho. Pienso en todas las luces bajo las que te debo haber observado. Me gustaría conocer todas las luces que hacen sombras sobre tu cuerpo. Las posibilidades son millones. Nos desnudamos sin que signifique nada mas que eso, mirar cómo se escapa la ropa desde nosotros hacia el piso. Empezamos a juntar todas las pieles que tenemos al alcance con cada centímetro que tenga el otro. Las yemas de mis dedos son de agua y lo aprovecho como sea. No quiero cerrar los ojos ni para pestañear, porque mucho me está entrando por ahí. Me siento capaz de poder ofrecerte todo y que lo aceptes. Si pudiera arrancarme la piel sin dolor y dejarla en esta habitación para siempre lo haría. Somos increíblemente estéticos y todo se desliza, todo sigue su curso. No existen frenos, ni pausas, ni diferentes estados. Solo hay un estado que es el que estamos viviendo ahora. El que está sucediendo, el que nos está pasando por encima como un camión con acoplado. No hubo ni un antes ni va a haber un después, solo va a existir este. En estos momentos tus ojos están en la versión que mas me gusta, cuando te brillan pero no exageradamente, cuando empezas a acuñar un poco de agua en la parte de abajo del párpado. No vas a llorar, pero ese pedacito de agua siempre parece un lago chico. Pongo las manos y los dedos de diferente forma alrededor de tus ojos porque me da la sensación de que tienen un marco, entonces pueden ser el centro. Me pregunto si el nivel de expresión extremo que siento que tienen tus ojos solo yo lo puedo ver o es de público conocimiento. Me divierte pensar que hay gente que no pueda verlo, y me da un poco de pena al mismo tiempo.

Nos vamos siguiendo minuciosamente para entregarnos todo y como una máquina con propósito, no paramos hasta estallar en mil pedazos. Un poco nos rompemos, nos desgarramos, nos morimos. Nos inmovilizamos en silencio y nos escuchamos los pensamientos. Nos miro en un espejo y parece que estamos metidos ahí, como atrás de la pared. Ya perdí el sentido del tiempo y no sé ni no es el mediodía, pero vos pedís café, que es un rasgo demasiado tuyo como para que se te ocurra en este momento en el que somos otros. Está rico pero nos hace de somnífero, lógicamente, e inmoviles como estamos, caemos. Nos despierta el teléfono y la civilización, que siempre está del otro lado de la puerta. Por primera vez no sabemos qué hacer con tranquilidad y no nos estresamos en lo absoluto, aunque nadie sepa quienes somos o donde estamos. Ideamos un rato bastante largo y nos tomamos un colectivo que va a tardar mucho. Existe la belleza en un viaje largo en bondi. Pienso que el mejor rasgo del colectivo es que siempre parece que va a chocar contra todo y en el último segundo el colectivero nos salva milagrosamente de una muerte segura. Cuando era chica (más que ahora) me gustaba tirarme antes de que frene por completo, como una nueva versión de tirarse de la hamaca. En toda esta adrenalina pienso por mas de que esté irracionalmente tranquila, mientras hablamos de lo divertido que es viajar en colectivo juntos; que nos lleven a algún lugar, que nos transporten, y que sobre todo, no dependa de nosotros.

Miro por la ventana, notando la transición del paisaje mientras vamos dejando atrás la capital para meternos en el conurbano. La transición se da de a poco, con detalles. De a poco los edificios se vuelven un poco mas grises, y empieza a haber menos árboles. Los comercios y los carteles se multiplican, y parecen no conocer el hecho de que en el mundo existan diseñadores gráficos. Mi sensación recurrente es que parece haber mucha gente en la calle, y siempre están en movimiento. De repente se convierte completamente la vista y todos los edificios son bajos, escasea un poco la gente, las casas empiezan a tener colores vivos, frases y perros, muchos perros. Cuando nos bajamos me decís de ir a comer una pizza que publicitas hace tiempo, y acepto, ya que hace muchas horas que no como nada. Entramos en la pizzería (al paso porque muchos sabemos que uno no se sienta a comer pizza) y lo primero que noto es que soy la única mujer ahí. Un poco me siento mujer única, es horrible y hermoso a la vez. Te miro fumar y el humo te envuelve, como una sábana transparente. No puedo evitar espiar si me estás mirando cómo dejo salir el aire contaminado despacio, con la boca bien abierta, porque lo estoy haciendo a propósito. Nos comemos un pedazo de lo que sin exagerar juro que es la mejor fugazzeta rellena del país, del continente y porqué no, del mundo. Seguimos caminando como si fuese lo que siempre hacemos, caminar distancias largas. Todavía no siento el clima ni el tiempo. Llegamos a tu casa y después de sobrevivir a una charla, dando mi mejor actuación, nos desmayamos en la cama. Apenas respiramos de las pieles, pertenecemos a nuestros huecos y logramos quedarnos dormidos; de una vez y para siempre.

Pienso que hace muchas horas estoy en el mismo momento, y nunca me di la libertad de ir a donde me parezca, por tanto tiempo. De no pensar en si es lo que tendría que estar haciendo, sino solamente seguir el curso de lo que quiero. La noche anterior traté de explicarlo, intenté dibujar los límites inexistentes de todo lo libre que puedo ser en estos momentos. Te lo intento transmitir pero me sale mal, por que el lenguaje no me deja. Nunca vamos a poder reproducir sentimientos intactos, porque las palabras y los idiomas van a quedar muy cortos. Eso es algo que me gustaría aceptar y no seguir intentando.