Etapas

No me espero ninguna de tus acciones. Me estampas un beso con ruido, en el medio de la cara, apenas me doy vuelta. Te espero escuchando música, mirando vidrieras, hasta que me asustas desde atrás y te reís. Me agarras la cara con ambas manos y me atraes hacia vos. Me miras fijo y te alborotas el pelo negro bien negro. Me pedís que te cuente un cuento de maria elena walsh para irte a dormir. “Pero contamelo como se lo contas a los nenes eh”. Me miras fijo, fijísimo, como anonadado. Te silencias, solo para escucharme y para mirarme a los ojos. Jugás a conectar los puntos con mis lunares y tocás la batería en mis muslos. Nos damos besos de auto, premeditados y largos, con Radiohead de fondo. Me basureas a Muse y me pedís perdón, porque para mi son perfectos. Sos esperanzado, relajado, deslizante en cada mínima oportunidad. Te miras el tatuaje recién terminado y decís: “cualquier cosa me lo puedo llegar a corregir”. Me mandas mensajes inesperados, a la madrugada o temprano en la mañana. Me lees en los bares, en voz alta. Te agradezco, me embelesa, pero se me está haciendo difícil hablar de lo que me leíste; podrías haber dicho cualquier cosa, no sé lo que acabo de escuchar. Se me desconectó el cerebro, tu voz la oigo pero dice cosas que no priorizo. Mi cabeza hace zoom en tus detalles. Las mangas dobladas de tu remera de The Stone Roses, esa especie de flequillo que te acomodás a veces, tu barba de cinco días y tu bigote perdurable. Tus ojos brillosos cuándo me explicás algo que te pedí por favor que me expliques cuando en realidad ya lo sé, pero todo puedo llegar a entregar por ver la cara que ponés cuando relatas algo que te emociona.


Me lastiman tus ojos cuando se posan, cuando se mueven. Camino y me siguen. Me levanté particularmente del sillón, me alejé de tu lado, solo para que me observes caminar hasta el otro, y te fijes en que me siento suavemente. No estamos solos en el bar, al contrario; vinimos con otra pareja. Tratas de llamarme la atención tocándome con esos zapatos de cheto que te pusiste, apenas rozándome las piernas. Te acaricias el pantalón con las manos para dejarlas en algún lado que no soy yo. Amagando, con las rodillas mirando hacia otro lado que no soy yo, tus pupilas se están zambulliendo adentro de las mías, cada vez que decidís prestarme atención a mi. Nos perdimos mirándonos, ya nos lo dijeron y ya nos reímos. Nos reímos porque lo sentimos pero no lo hablamos, no existe. No hay nada que decir acerca de la nada que somos, porque hablarlo nos recuerda que somos reales, y ¿para qué?


Estamos caminando de noche por una calle pequeña y oscura. No pasa nada ni nadie y mis oídos no detectan un solo sonido, excepto el repiqueteo de tus borcegos en la baldosa. Estas caminando delante mio y te miro entero. Caminas con pasos largos y acompasados, caminas derecho pero cabizbajo, vergonzoso pero honrado de ser vos y de estar ahí. No estas tan lejos como para no escuchar tus ruidos, ni tan cerca como para poder tocarte. Tus patitas de tero que parecen no terminar, me hacen sonreír y con tus piernas siento que tenes frío, pero es verano. Siento un calor anormal y mas tarde eso me da la pauta de que es un sueño: no te conozco de verano. Agarras el cigarrillo entre el pulgar y el índice, sólo le das largas pitadas cada tanto. Fumas des preocupadamente como si no tuvieras espectadores, pero el cigarrillo está cómodo ahí, no es una relación forzada. Sabes como tratarlo para que se consuma ante vos. Con un firme movimiento, lo débil del objeto se desprende de vos. Las volutas de humo me llegan mas tarde, cuando ya las soltaste. Me las mandas sin querer, pero me hacen picar la nariz y la arrugo. En esa milesima de segundo, tu humo sale de tu boca y medita, levita por el aire, en el medio de ambos. Hay un espacio, en el que el humo no está ni en tu boca ni en la mía, es nada, parte del todo. Parece no llegar nunca. Lo espero como si fuera la ultima vez.


Empujamos el picaporte de la puerta gigante de madera, con tubos de luz a los costados. Entramos a tropezones, apoyándonos en el otro y subimos las escaleras en la oscuridad. Se nos escapan ínfimas carcajadas con las peceras y nos miramos a través del vidrio, como nenes chiquitos. Llegamos al segundo o tercer piso y pasamos otras puertas ajenas. Nos miramos bañados por la luz roja y nos reímos al unísono de vuelta. Las paredes no son espejos, están pintadas de colores horrendos; amarillo, naranja. El cuarto conserva tonalidades cálidas y solo puedo pensar en la ambientación digna de una película de Almodóvar. En el baño hay un vitraux gruesísimo y obseno. El baño no tiene ducha, lo discutimos y suspiramos. Ya sabíamos, pero es inevitable que empecemos a discutir o por lo menos intentar molestar con algo. Dejamos los abrigos incómodamente lento y nos cruzamos. Me tironeas despacito del cordón del zapato, para crear suspenso. Solo los zapatos salen tímidamente, el resto cae al piso a una velocidad considerable. Te desabrocho el botón del jean y tardo mas de lo que debería. La ropa interior que deliberé durante inútiles horas pasa sin pena ni gloria, mas que una leve reclinacion de cabeza y dos miradas cómplices. Te acaricio lo chato de tu cuerpo y los labios llenos de lo que es tuyo. Estamos muy cerca, tanto que no distinguimos bien, está muy oscuro. Nos olemos sin querer, por sorpresa, reconociéndonos en partes ajenas, como siguiendo un mapa desconocido. No te alejes; te acaricio con la boca los huesitos que te salen y la piel tirante por tus músculos. Damos vueltas, estamos atrapados pero no sé si no lo sabemos o si nos importa.


Vivimos desencontrados por cinco, seis horas y millones de kilometros. Aunque me escribas mil palabras llenas de apodos y bromas nuestras me duele recibirlas porque no me podes escuchar mis ruidos imperceptibles ni me podes acomodar el mechón atrás de la oreja, ni leerme prólogos comiendo torta. Me provoca una bronca indescriptible valorarte ahora cuando no te puedo ver ni sentir. Te siento muy lejos y eso me rompe el cuerpo en partes iguales. Verte en pantallas me inhibe, te pierdo entre tanta irrealidad y aunque solo significan cuadritos se me escapan exclamaciones de afecto o me sonrojo como si la foto me estuviese mirando. La ansiedad que produce la propia mente no tiene ningún limite, y eso me destruye. No tengo seguridad de absolutamente nada, el vacío y la incertidumbre me empujan, me cagan a piñas. Te extraño tanto que a veces cuando está todo oscuro y ya es de madrugada pienso en cada palabra que te dije para reflexionar en la imagen que tienes de mi. La odio tanto a esa imagen por no poder editarla, corregirla, borrarla. No puedo evitar pensar en las muchas que te pasan las manos, te dejan arañazos en la espalda o te dan besos en el bigote. Las que apoyan el pulgar en tu labio, mirándote a los ojos. No me interesa el sexo por sexo, me interesa la lealtad y el código implícito. No quiero imaginarte queriendo provocarle placer a otra que no habla tu idioma, que solo pensó en tu carcaza. Ellas no saben que siempre usas esa remera blanca manga larga que tiene un bolsillo del lado del corazón, que a veces coges con medias y que te gusta sobre todo lo dulce. No les mandes discos por las redes sociales, ni fotos de cámara frontal. No les alborotes el pelo, ni las saludes dándoles un beso en las manos. Eventualmente tu cuerpo va a volver. Me preocupa mas que nada que vos no vas a volver, porque la anterior versión ya no existe. Es otra versión, ni mejor ni peor; solamente otra, distinta. Tiene encima mas vida. Espero encarecidamente tus millones de anécdotas y tu torpeza de nuevo. Algunas veces al día pienso si lo voy a poder manejar. Soy tan cobarde que lastima. No te puedo ofrecer un final sorpresivo o inesperado porque no lo tengo, ni lo tenemos; no podemos planearlo. La incertidumbre personal, ya que es solo mia, me mata. Me callo y sigo, y aparento tranquilidad. Sé que solo me funciona porque no te siento, ya que al segundo que se me permita estar cerca tuyo no me sirve fingir. Por mas que lo desee con todo el alma, aparece en mi cara la incertidumbre y me encuentro muda.


Ante toda adversidad, flotamos. Aparecen problemas, y alguno tira la toalla. A veces nos callamos demasiado y a veces nos levantamos la voz, el otro se asusta y frena. Nos decimos las cosas tarde y nos reprochamos. No te miro a los ojos, aprieto los labios, y juego con lo que sea que tenga a mano. Es mi batiseñal de desestabilidad emocional. Te quiero gritar, porque me voy a los extremos, pero me sale no hablar mas. Me da miedo tu mente y rompo los silencios que me regalas, preguntándote cosas que no te importan, porque es lo que nerviosamente me sale. Aprendo a esperarte, en todo. Me gano el premio a la paciencia, a callar, a descruzar los brazos para tocarte la cara, en esos momentos que no me queres ni ver. Cuando está oscuro y no me ves, lloro un poco, y me lo seco con la funda de la almohada. Aprendo lentamente a superar el sentirme inútil, y de a poco nos olvidamos de mi, pero no me molesta, porque yo ya me olvidé hace rato. Cuando tu silencio toca mi fondo, estamos sentados en mi mesa del comedor. Me hundo en la silla de tristeza y reaccionas. De repente me acuerdo de mi misma y de la parte de mi mente que nunca te mostré. Tomo vino para hacer algo y fundamentalmente, para no mirarte a vos que no paras de hablar. Me valoras con palabras que me hacen sentir como dos manos que me acarician, aunque no nos estemos tocando. No quiero que me toques, me alcanza con que me tranquilices con frases que nunca te escuché. En ese momento siento que puedo mostrarte todo, que ya nada te va a asustar de mi. Que puedo ser todo lo que pensé en no hacer, o en no decir, y que solo me vas a mirar y burlarte con sorna, o guiñarme el ojo rápido en frente de otros. Me confesas todo lo que pensaste, lo que yo quise que pienses y lo que no. Me acongoja no poder aprender a quererme, únicamente por si me impide vivir con vos. Me tranquiliza que sepas que necesito lo que me puedas dar que te cueste darme, porque voy a saber que es real.


La pecera esta vez es enorme, y ocupa mucho espacio. Ya no te veo a través del vidrio, que se transformó en agua, porque no hay suficiente luz. De todos modos, te siento muy cerca, porque te acabo de empujar adentro y me estás tiroteando, jugando, riéndote de mi. Los colores siguen formando parte del cuadro, como aquella vez, solo que ahora son luces, brillantes, alquiladas, que se mueven con la música monótona y misógina que no para de sonar. Hay mucha gente tuya, y tengo la sensación de ser la mascota del grupo. Pasan y me saludan, me abrazan, me gritan, hasta me levantan de los pies. Parezco todo un acontecimiento. Me duele la panza de tanto reírme y de repente soy una mas. No es ni tu cumpleaños, ni el mío, pero por alguna razón somos el centro de atención. Nos siento invencibles porque te veo sonreír con ojos sinceros, y mientras todo el mundo habla, te espío. No me puedo imaginar a nadie que no quiera tener mi lugar. Como te digo la semana anterior, drogada, con los estupefacientes que compré con la plata que me dio mi abuela, soy la persona con mas suerte del mundo. Tus efectos son los únicos que me duran en el tiempo, y empezar a pensar en la abstinencia me hace temblar. Sonrío de pensar en vos como una droga, y de lo que me podes llegar a decir. En la ronda, me pasas el brazo por los hombros y me miras con ojos de Fernet. Somos estos momentos de cotidianidad, y también podemos ser lo fantástico. Solo se me ocurre pensar que somos invencibles, y que sobre todo, vamos a estar bien.