La ollita de oro (Historia de familia)

Urbano, se llamaba.

A muy temprana edad fue abandonado por su padre, viudo y sin saber qué hacer con él. Lo dejó “encargado” con unos parientes mientras él salía a trabajar o sabe Dios a qué. Nunca volvió.

Irónicamente Urbano creció cuidando el rebaño de animales de sus tíos, muy al estilo de Benito Juárez. Mal tratado, mal comido y analfabeta, vivía en una ranchería hoy conocida como Las Pilas. El pobre niño veía pasar sus días triste en el único lugar y familia que conocía.

Los vecinos del pueblo lo veían crecer solo. Siempre rechazado por sus propios parientes. Hasta que un día una mujer se le acercó y le dijo

-Urbanito, tú no tienes necesidad de andar aguantando esta vida. Tu tienes a tu papá. Deberías ir a buscarlo. Dicen que vive por el rumbo de Sabaneta allá lo vas a encontrar.

Urbano, que nunca se hubiera imaginado que su padre seguía vivo, pensó que jamás podría llegar a un lugar tan lejano y encontrarlo vivo.

-Ve y camina para ese rumbo.

Y señalando dos cerros al oriente le dijo

-Agarra para esa vereda y camina pegado al río. Vas a salir al camino que lleva a Huajúmbaro. Allá subirás ése cerro que ves y mero atrasito vive tu papá. Pregunta por él.

El muchacho, estremecido por semejante revelación y por la magnitud de la aventura que le sugería aquella mujer, no pudo resistir las ganas de buscar a su padre. Un padre desconocido completamente y que creyó muerto. Ahora toda su vida tenía un propósito, por primera vez.

Al poco tiempo Urbano abandonó la casa de sus tíos. Aparentemente éstos no se dieron cuenta. Urbano caminó en la dirección que la mujer le había indicado. Lleno de miedo, muchísimo miedo a lo desconocido. Al atardecer llegó a un camino que lleva a Palos Secos. Se acercó a la primera casa que encontró. Le preguntó al hombre que salió de aquella casa

-¡Señor! ¿Sabe usté dónde es el rumbo de Sabaneta?

-¡Ése lugar está muy retira’o muchacho!. Le contestó aquél hombre.

-Vas a hacerte como dos días andando.-

El niño no pudo contener las lágrimas de angustia y dijo

-Es que me dijeron que ahí vive mi papá.

Al ver tales sollozos, el hombre se compadeció del muchacho y le ofreció asilo para pasar la noche. Al siguiente día, ya bien desayunado, partió hacia el camino que el hombre le señaló.

-Vete por allá muchacho, camina todo derecho pa’l cerro. Allá saldrás a donde te dijeron.

Y Urbano se fue.

Cuando por fin llegó al lugar tan prometido, Urbano se acercó a una mujer que pasaba por ahí.

-Señora, me dijeron que aquí vive el señor Abelino (Aunque no se sabe con exactitud el nombre correcto). ¿Lo conoce usted?

-Sí mijo, ¿Ves esa casa de allá? Es su casa, pregunta por él.

Al escuchar esas palabras, el corazón del niño se llenó de gran emoción y un miedo enormes. ¡Por fin había encontrado a su padre! pero, ¿Querría él verlo? ¿Lo recibiría o lo rechazaría? ¿Tendría él otros hijos y otra familia?. No sabía qué hacer. Se acercó al terreno de la casa, junto a una cerca que dividía la propiedad. Era una casita pequeña de adobe. Urbano se trepó a la cerca y esperó ahí sin saber qué hacer.

De la casita salió una mujer, madura por su apariencia. Se quedó viendo a aquél niño harapiento y flaco, hecho bolita sobre su cerca.

-Niño, ¿Qué haces aquí? ¿Buscas a alguien?

Lleno de miedo el niño no sabía qué decir…

-Me dijeron… Me dijeron que aquí vive don Abelino

-¡¿Eres tú Urbano?! ¡¿Urbano, el hijo de mi marido?!-

-Sí… ¿Cómo sabía?

-¡Hijo! ¡Yo no me canso de decirle a tu padre que vaya a recogerte! ¡¿Cómo pudo dejarte solo tanto tiempo?!

Urbano no podía creer que esa mujer lo conociera, o que lo estuviera esperando aún sin conocerlo, mucho menos la alegría con que lo recibió.

-Yo soy la esposa de tu papá, pero nunca pude darle hijos. Vivimos solos. Tu papá me contó que te dejó con sus parientes y yo tanto que le he dicho que fuera a recogerte. Pero él nomás nunca se decidía. ¡Qué bueno que viniste a buscarlo! No sabes cuánto pedía yo por ti. No dejaba de pensar qué haría yo sola sin un hijo que me acompañe. ¡Quédate a vivir con nosotros! Nosotros estamos solos. Aquí no te va a faltar nada.

Urbano se quedó. Por fin había encontrado a su familia. Su madrastra le dio el cariño que tanto había anhelado. Un cariño de madre que no conoció de pequeño. Urbano le dio a cambio, el cariño del hijo que ella nunca tuvo. No podía haber madre e hijo más unidos.

Urbano creció y su madre envejecía. Se hizo un hombre trabajador, acomedido y cariñoso. Vivía dedicado enteramente a cuidar de su madre después de que su padre falleciera, algunos años más tarde.

Por aquellos años, los años de la revolución. Cuadrillas del ejército federal iban a cada pueblo de la zona reclutando jóvenes para sumarlos a las tropas, saqueaban todas las casas. Se llevaban a los jóvenes, muchachas, dinero, comida, y toda pertenencia que sirviera para financiar la lucha.

Llegaron al pueblo de Urbano, a su casa. Llegaron para llevárselo. Su madre, vieja y enferma les suplicó por su hijo.

-¡Por favor! ¡Por el amor de Dios, no se lo lleven! Yo estoy sola y vieja. ¡Él es lo único que tengo! ¡¿Quién va a cuidar de mi si me dejan sin mi’jo?!

¡Ya se lo llevaban! Y el muchacho no opuso resistencia. Pero al escuchar las súplicas de la mujer, los soldados se compadecieron. Lo soltaron.

Ya anciana, la madre de Urbano sabía que pronto se iría y el muchacho, ya hecho todo un hombre, se quedaría solo.

-Urbano, hijo. Le dijo.

-Hijo, cuando yo muera tú te vas a quedar solo. Y esta casa es lo único que te va a quedar de tu padre. Pero yo tengo algo que me quedó de mis padres. Yo no tuve hijos propios porque Dios no lo quiso. Pero tú eres mi’jo, y me has cuidado como si yo fuera tu propia madre todos estos años. Cuando yo muera, vas a ir a la cocina y vas a quebrar la hornilla. Ahí escondí una ollita con unos centavos que te van a ayudar a vivir cuando te quedes solo.

Urbano guardó su encomienda hasta el día en que la mujer murió.

Ya solo. Urbano recordó aquellas palabras de su madre y se dirigió a la cocina. Tal como ella le dijo, deshizo la hornilla, que era de adobe y pronto encontró aquella olla prometida. Jamás se imagino que los centavos de los que su madre le habló se trataran de monedas de oro puro. ¡Sabe Dios cuánto dinero habría en aquella simple ollita!

Urbano no mal gastó ese dinero. Ni se olvidó nunca del lugar donde creció, aquella tierra que dejó de niño con los pies descalzos, el estómago vacío y el corazón lleno de miedo y esperanza.

Con el dinero compró la tierra donde vivía, toda la tierra que llegaba hasta el pueblo donde salió. Hectáreas y hectáreas de monte sólo para él. Incluidas las tierras donde un hombre le dio asilo cuando ya no sabía a dónde ir. Las tierras del río que se juntaba con el río de Pucuato y todas juntas fueron suyas.

Se hizo de ganado. Se casó. Tuvo varios hijos y con los años enviudó. A los hijos les repartió sus tierras, en partes iguales. Con la condición expresa de nunca vender sus tierras a nadie ajeno a su familia. Esas tierras debían quedar siempre entre la familia y ser aprovechadas por la familia. Como queriendo asegurar el destino de su estirpe. Una que por un milagro del cielo existió y perduraría más allá de lo que el mismo Urbano imaginaría.

Hoy esas tierras forman parte de lo que se conoce como el poblado de Cruz de Caminos, Michoacán. Atravezado por la carretera federal a Morelia entre cerros a los cuatro puntos cardinales.

Aún se aprecia si se sabe buscar aquel refugio de adobe donde Urbanito pasó la noche, perdido y asustado. Aún corre aquél río, se respira el aire limpio y aún nuestra abuela recuerda este relato. El de la vida de su abuelo. Mirando al horizonte, mientras nos cita las palabras de su padre, que con lágrimas en los ojos recordaba a su vez la travesía del hombre que le dio la vida. Nosotros como no podemos más que imaginar, no podemos más que admirar, sólo escuchamos.

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