Vivir una vida con el amor de mi vida

Ésa tarde fue la más soleada que recuerdo. La luz del sol se colaba entre las ventanas a medio abrir. La brisa era cálida y tranquila y dejaba entrar el perfume de las hojas de otoño. Yo me recuerdo caminando por toda la casa. Como reconociendo un lugar nuevo y extraño, pero a la vez mío.

Lo recuerdo a él, pensativo, tal vez concentrado. Su cabello rizado, negro y largo, caía sobre su frente bronceada mientras estaba recargado sobre una mesa, tal vez un escritorio. Llevaba una camisa de algodón, fresca y ligera. Sus brazos resaltaban y su espalda amplia lo hacían ver aún más alto. Era de modos toscos y manos grandes. Amaba sus manos ásperas y largas. Sobretodo cuando me tomaba por la cintura con la fuerza suficiente para acercarme a sus caderas pero siempre delicado como una garza.

Su casa era abierta y rodeaba un jardín de plantas y arbustos secos pero no inertes, sino tristes. El piso era de lajas de piedra gastada por los pasos. Las paredes decoradas bellamente con remates de madera tallada que dejaban ver grietas que atravesaban los muros cuyos colores se habían desvanecido casi por completo. Se podía sentir un vacío enorme en cada habitación, como si los mejores años de aquél lugar ya hubieran pasado y cada muro, cada pasillo guardara la nostalgia de mañanas más frescas; y sin embargo aquél lugar me hacía sentir en casa. Amaba cada grieta, cada espacio, cada mueble y sobretodo lo amaba a él. Cada gesto, cada mirada, cada arruga en su frente cuando estaba pensativo, absorto, ajeno a mi mirada minuciosa.

Llevaba mucho tiempo sola, la casa y él, y de alguna manera me di cuenta que yo también y que él llenaba mi alma de ésa alegría con la que yo llenaba su casa. Al menos eso sentía. Eso esperaba.

Mientras caminaba por su casa y observaba los cuadros, las lámparas, los viejos recuerdos, sólo podía imaginar cómo lució, cómo fue decorada, con cuánto amor y dedicación, que ahora parecían olvidados, perdidos, y sentía como si los hubiera desenterrado, aún intactos. Caminando por la cocina iba descubriendo cada vaso, cada taza, y todas aquellas cosas me decían tanto de él. Porque la casa de uno sin duda es un reflejo de lo que somos, de cómo somos. Es la proyección en el espacio y tiempo de nuestra misma existencia, de nuestra concepción del mundo que habitamos.

Su mundo estaba en definitiva ligado a la naturaleza. Su casa estaba casi fundida con ella. De los muros crecían prendidas grandes enredaderas, el jardín central de aquella casa, que se podía admirar desde cualquier habitación, estaba coronado en su centro por una fuente de piedra grande y vieja, afrancesada. Cubierta estaba por las hierbas que crecen donde antes hubo agua y sólo queda tierra. Desgastada como todas las demás piedras de la propiedad y del terreno mismo.

El jardín y la casa se abrían a un patio grande, un llano más bien. Hacia donde se podía observar toda la sierra, árida igual que todo en días secos como ése. Al cruzar el llano, en la parte trasera de la casa se encontraba una especie de cabaña abierta. Había sido como un taller, o un almacén de jardinería por los palos y picos, macetas y costales de tierra. Al centro había una mesa de trabajo de madera vieja pero aún muy sólida, limpia y vacía. Al verla, me senté sobre ella y desde mi lugar, contemplaba el sol del atardecer bañando de luz el jardín y su fuente polvorienta, igual que el aire, que como estaba quieto, dejaba ver las partículas de polvo flotar y reflejar la luz del sol creando una especie de lluvia de estrellas.

Mientras estaba absorta en tantos detalles inverosímiles, él se acercó a mi desde la cocina, atravesando el llano y cortando la estela de polvo que flotaba en el ambiente. Algo quería, algo buscaba, o tal vez, me buscaba a mi.

Y así fue porque al llegar me abrazó dulcemente y me preguntó — ¿Qué tanto haces? — a lo que yo respondí — Pasear. Caminé por toda la casa mientras tu estabas ocupado. ¿Qué tanto hacías? Ya tengo ganas de llenar esta casa de vida, de muchos colores y cosas nuevas. — Él se me quedó viendo por un breve pero incómodo momento. Me dí cuenta que no esperaba un comentario como el mío. Pensé que tal vez no quería que hiciera cambios a su casa. Incluso llegué a pensar que no me quería a mi en su casa. No para hacer cambios de ningún tipo al menos. Y eso me llenó de miedo. Probablemente yo sería pasajera, probablemente él no tenía ninguna intención de quedarse a mi lado, de dejarme quedar a su lado y que tendría que irme de ahí y no volver. Si de eso se trataba, ¡pues que fuera ya mismo!

Me levanté de la mesa y me alejé de él. Dejé que interpretara mi silencio así como yo interpreté el suyo. Ahora sentía un profundo agujero en el pecho. Se hacía de noche, los pájaros la anunciaban desde las copas lejanas de los pocos árboles que había en los alrededores y me metí a la casa. Sentí que me había seguido, pero no para enfrentarme, sino sólo para meterse a la casa también, porque ya empezaba a soplar un viento frío.

Él era muy reservado y evitaba el conflicto en todo momento, más bien se guardaba todo. ¡Éso me prendía en fuego!. Era como una roca y a pesar de eso hubiera podido adivinar lo que llevaba dentro. Aunque no me lo dijera. Lo veía en sus ojos, negros y sombríos, en sus largos ratos pensativo, como recordando, ¡y sin embargo nunca me decía nada!. Como si no fuera evidente que traía algo atorado en el pecho. Todo en la casa lo decía, ¡lo gritaba!. Pero tampoco lo quise atosigar con mis preguntas. Hubiera sido peor.

Ésa noche nos fuimos a dormir callados. Nadie se atrevió a comentar nada. Ni un “buenas noches”, ni un “hasta mañana”…

A la mañana siguiente lo vi en la cocina, estaba preparando algo, no recuerdo qué, pero sí que olía bien, recuerdo. Lo saludé con un beso en la mejilla y posando mis manos ligeramente sobre su cadera. Haciendo como si no hubiera pasado nada. Él me miró de reojo porque hacía como que estaba concentrado en la estufa, respondió a mi beso y me regaló un esbozo de sonrisa. No lo sentí enojado, para nada. Su humor natural era así. De alguna manera estaba tranquila, me había hecho a la idea de que muy probablemente nada de esto duraría mucho, así que decidí disfrutarlo mientras durara. Sin embargo muy dentro de mí el miedo seguía vivo, más bien un dolorcito. De ésos que te dan cuando deseabas algo con tantas ganas pero súbitamente muere toda esperanza de saberlo realizado.

Nos sentamos a la mesa y desayunamos tranquilamente. El sol de la mañana fresca llenaba la cocina e iluminaba su rostro completamente. Mientras yo lo veía, podía distinguir todas sus facciones. Tenía una cara algo alargada, su piel era bronceada, sus pómulos ligeramente prominentes. Se le formaban un par de arrugas en las comisuras de los labios cada vez que tomaba café y sus ojos también revelaban un par de arrugas a ambos costados cuando intentaba protegerse de la luz. Sus ojos eran grandes y su mirada profunda. Su cabello suelto seguía cayendo sobre su frente amplia y redonda mientras terminaba de desayunar. No dijimos mucho en la breve sobremesa.

Transcurrido el día yo no pude evitar tocar el tema mientras estaba sentada en la sala y él en el mismo escritorio del día anterior, revisando papeles, viendo cosas que no alcancé a distinguir. — Si quieres que me vaya sólo dímelo. No necesitas evitar el tema todo el día. — Otro silencio incómodo invadió la habitación por un momento. Se había quedado inclinado sobre la mesa pero su mirada estaba fija, desenfocada. Tal vez no sabía qué decirme o cómo decirme aquello que yo ya sabía. Decidí que yo iba a ser quien hablara lo que él no decía y me respondí ahí mismo — No te preocupes si lo que no quieres es incomodarme. Me puedo ir en este instante. Vamos a ahorrarnos dramas innecesarios — .

Cuando por un momento pensé que se levantaría de su silla para decirme algo, para detenerme, ¡para terminar de correrme siquiera!, en lugar de eso se quedó ahí, de pie, por un momento. Yo me levanté al ver su reacción, o la ausencia de una, y me quedé mirándolo, esperando que dijera algo. No dijo nada. Dio un paso al frente y continuó hacia el dormitorio. Yo lo seguí con la mirada sin poder entender su actitud. Volví el rostro y pensé en todas las posibles explicaciones a ésa frialdad. No encontré ninguna.

Me costó un momento digerir la situación, terminé de comprender que había hecho lo correcto y fui por mis cosas, que ya estaban empacadas. De cualquier forma no eran muchas. De alguna manera esperaba, muy en el fondo, que pasara esto, y a la vez había guardado la esperanza de no tener que cargar una gran maleta porque todo lo que había ahí sería de los dos. En cualquier caso no me iba a servir llevar un gran equipaje. ¡Gracias a Dios!

Atravesaba la sala hacia el corredor principal cuando apareció de la nada, por mi espala. Me tomó de un brazo con fuerza y volví rápidamente la mirada. Sus ojos negros estaban sobre mi frente, encendidos como nunca los había visto. Me tomó de ambos brazos con una fuerza que llegué a pensar que me lastimaría. Me llené de miedo y tiré mi bolso. No sabía qué decir ni qué hacer.

De pronto, y después de un momento, que me pareció eterno me dijo — Tú conoces bien lo que llevo dentro. ¡No tengo que decírtelo! ¡Nunca he tenido que decirte nada, pues tu lo adivinas todo! Hay algo en ti que descubre cada secreto de mi alma y eso me llena de miedo, me hace sentir… vulnerable. Quisiera… ¡Quisiera alejarte de mi para no tener que luchar todos los días y hacerme el fuerte! ¡Quisiera que nunca hubieras entrado en mi vida para no tener que sacarte!… Pero lo peor de todo es que no quiero sacarte. ¡No quiero que te vayas de mi vida! Tengo miedo que termines de destruir lo que queda de mí, de esta casa… Pero sería peor si me dejas más vacío que nunca.

Soltó mis brazos y rodeó con una mano mi cadera mientras con la otra levantó el borde de mi vestido, primero con miedo, luego ansioso. Me pegó contra su pecho y no pude hacer más que abrazarlo del cuello. Sentía cómo buscaba mi ropa interior con urgencia. Quería desesperadamente tomarme y sabía que yo lo deseaba también. Logró despojarme de aquella prenda que quedó tirada a sus pies mientras manipulaba la hebilla de su cinturón que tantas otras veces había abierto ya, pero nunca con tanto deseo, con tantas ganas de romperlo si era necesario. En un instante estaba listo para poseerme, no dejaba de mirarme con unos ojos que no había visto antes. Podía ver en ellos miedo, enojo, tristeza, pero también amor. No había visto tanto en su mirada, nunca así, nunca amor, y sin embargo lo había. En sus ojos y su corazón.

Me cargó ligeramente y me recargó contra la pared. Levantó mis piernas y rodeé con ellas sus caderas mientras me colgaba de su cuello fuertemente y por fin lo sentí dentro de mí. Más dentro que nunca. Pegó su frente contra la mía y cerré los ojos. Pude sentir sus labios contra los míos y el sabor de su saliva, el calor de su aliento y su lengua invasora, ansiosa como todo él.

Yo seguía colgada de su cuello. Él me cargó una vez más y me llevó a través del jardín central hasta la bodega. Me recostó sobre la mesa de madera y se colocó encima mío. No dijimos nada. Sólo podíamos mirarnos a los ojos. Sólo podíamos seguir haciendo lo nuestro en silencio como si ya supiéramos lo que teníamos que hacer. En ése momento entendí que no hacía falta decir nada, que nunca hizo falta decir algo. Que lo que yo quería de él, él ya me lo había dado. Entendí que si quería vivir una vida con él, ya la había empezado a vivir desde hacía mucho; y cerré los ojos, y lo abracé con fuerza. Lo amé y dejé que me amara a su manera. Sin esperar oírlo, porque nunca hizo falta que me lo dijera.

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