Irreductibles

El Paraguay siempre tuvo la peculiaridad de organizar aquellos carnavales en torno a una festividad religiosa, probablemente la sangre indígena era la que obligaba al paraguayo a disfrutar de tal manera las fiestas paganas disfrazadas de religiosidades.

A lo largo del camino de tierra roja reposaban los cuencos de cáscara de “apepu” encendidos con grasa animal, la gente comenzaba a avanzar conforme la noche se hacía más presente. Aquel despliegue de luces competía contra las estrellas, llenaban lentamente el cielo nocturno. Antorchas se alzaban acompañadas de cantos y bendiciones, la Virgen de los Dolores bailaba sobre los hombros de sus transportadores. Chiperas y vendedores ambulantes ofrecían sus productos vociferando a duras penas bajo los canticos religiosos.

El ruido se volvía más intenso e insoportable, entre el caminar sincronizado del pueblo y la ilusión de ver espíritus entre los candiles encendidos. Las llamas respiraban dentro de los cuencos de “apepu”, cada vez más agrandadas.

Se puso de cuclillas tapando sus oídos con los ojos cerrados y los dientes apretados hasta temblar. “Dejen de hablar… no puedo pensar… ¡Cállense por favor!”, pensaba sin moverse de en medio del camino, la gente lo rodeaba como si no notase su existencia dentro de la procesión.

Estaba muy adormilado, pero lo suficientemente consciente para quejarse mentalmente. Sintió una mano sobre su hombro, dándole palmadas lentamente. Levantó la mirada hasta encontrarse con un rostro conocido.

— ¿Una pesadilla? Estabas gritando — , dijo su padre mientras acariciaba cariñosamente su cabello.

— Algo así — , contestó ella frotando sus ojos con un poco de fuerza.

La habitación olía, como usualmente, a medicamentos con desinfectante y un toque de perfume floral que lo volvía un olor nauseabundamente dulce. Su rostro lleno de raspones, los brazos y piernas con moretones y algunas quemaduras, con ese frío adormecedor que recorría su espalda, le recordó que todo había sido un sueño.

Personalmente prefería soñar con aventuras intrigantes, giros de acontecimientos impresionantes o cosas similares antes de verse inmersa en un mundo que no le pertenecía, en un cuerpo que no era suyo. Odiaba perder el control.

— ¿Y mamá? — preguntó mirando los “tajy” y mángales desde la ventana.

— Está trabajando — , respondió su padre — . Va a llegar para almorzar, así podés volver a dormir tranquila.

Se recostó en la cama incómoda e intentó conciliar algún sueño diferente al que estaba teniendo últimamente. Un esfuerzo inútil en realidad pues esta vez se encontró tomando cocido quemado con chipá caliente, estaba solo en un pequeño puestito de paso hacia el pueblo. Partió el chipá y lo comió de un mordisco, otro pedazo lo metió a medias en el cocido para comerlo ablandado y húmedo luego de darle un sorbo, con cuidado de no quemarse, al cocido.

La gente caminaba lentamente por la ruta de tierra, probablemente vecinos que deseaban asistir a la procesión, similares a él. Rascó su cabeza entre risos cortos color azabache, tomó otro trago del cocido. Sus ojos marrones con un toque medio olivo observaban los pasos de las personas. Se relamió el sabor herbal con algo similar al café antes de comer otro pedazo de chipá.

La tranquilidad que sentía en aquel momento era totalmente diferente a la que sintió antes. Estaba por primera vez cómodo y a gusto.

— Vamos a almorzar — , lo llamó una mujer sentada frente a él.

Abrió los ojos lentamente encontrándose con la mirada de esa mujer, su madre, estaba de costado mirando a la puerta. Junto a su cama estaba una silla de ruedas del hospital.

— Buenos días… — dijo lentamente mientras terminaba de despertar, estaba sudada otra vez, la fiebre no le dejaba ningún tipo de tregua. Se sentó y su madre la alzó para acomodarla en la silla. Todavía no sentía sus piernas.

Llegaron al comedor del hospital, les sirvieron y oraron para bendecir la mesa; ella realmente no lo veía necesario pero era una costumbre dentro de su familia. La televisión sonaba pasando el pronóstico del tiempo y algunas noticias importantes. Abstraída en el sabor de la comida ignoró los titulares, el arroz con strogonoff de pollo estaba algo rancio y el jugo de naranja estaba amargo.

— ¿Te gusta? Hace mucho que no comemos juntas — , comentó su madre partiendo un pedazo de pan.

— Sí, está rico — , mintió limpiándose la boca con una servilleta.

Después de la comida la llevaron a la fisioterapia, intentando hacer que recobrara la movilidad en las piernas. Sus sudados cabellos castaños caían sobre su rostro, mientras intentaba avanzar un par de pasos sola. A veces, deseaba ser realmente ese muchacho con el que solía soñar. Las enfermeras eran amables, la ayudaban a bañarse y vestirse sin dar quejas o reclamos.

Aún recordaba vívidamente el accidente, el camión llevándose por delante el pequeño picanto de su mejor amiga, el incendio y el pánico que la lleno al ver a sus amigos totalmente muertos. ¿Cómo escapó ella? Sus piernas estaban atrapadas y su columna estaba rota. “Gracias a Dios sobreviviste”, dijo su madre entre lágrimas, cuando despertó la primera vez en el hospital. La volvieron a acostar, se quedó dormida casi al instante.

Ahora caminaba con un grupo de hombres cerro arriba, estaban medio desnudos y con el cuerpo pintado con lodo, no podía controlar su cuerpo otra vez. Sujetó con fuerza la lanza de madera con punta de hueso afilado que llevaba en mano. Se sintió como una invasora, viendo algo que no debía ver.

Llegaron a la punta del cerro, lograban ver el “San Ignacio Mini” desde esa altura, sus compatriotas trabajando para los religiosos blancos. Aunque era descarado considerarlos sus similares siendo él un simple mestizo, el jefe de guerra hizo una seña y corrieron en la bajada contra la reducción jesuítica que tenía como prisioneros a sus hermanos. Las lanzas volaron, piedras fueron lanzadas y un grupo grande de ellos y de los blancos se vio afectado por los golpes. Suspiró largamente mientras notaba que estaba acostado, en un pequeño catre de arpillera cubierto de lana, volvió a acomodarse para dormir y maldecía en guaraní.

Cuando el amanecer daba sus primeros vistazos al horizonte, despertó y preparó la continuación de su camino a la procesión. Un bolsón pequeño tejido y un par de zapatos eran sus únicos acompañantes. Lavó su cara en el baño para observar fijamente sus rasgos, el color de su piel, su cabello… cada detalle que normalmente lo condenaban.

Encendió un radio de la habitación antes de irse, logrando escuchar algunas noticias llenas de interferencia.

“Accidente en ruta entrando a Asunción, cuatro jóvenes venían en el automóvil antes de ser aplastados por un camión que perdió el control. Ninguno sobrevivió”, comentaba el locutor con la voz algo quebrada, una tragedia en cierto modo.

Un escalofrío recorrió su nuca, la sensación de “dejavú” deseaba instalarse con demasiada insistencia en su mente. A pesar de que normalmente se sentiría agobiado, no le dio importancia a aquellas muertes, no estaban relacionadas con él después de todo. Apagó el radio y se fue, debía llegar a “Tañarandy” antes del viernes o se lo perdería.

Como salió en la mañana, llegó al pueblo antes del anocher del jueves, los encargados arreglaban detalles minúsculos antes del gran día. La cabeza le dolía y le palpitaba, se mareó un poco y cuando sintió la tierra caliente contra su mejilla, todo se puso oscuro.

El ruido de la televisión la, despertó ligeramente, pero la somnolencia y la resaca de fiebre volvía a dormirla. Los “tajy” de la ventana se convertían en pequeñas manchas de pintura, mezcladas con manchas negras y algunas claras que la cegaban.

Caminaba, sus alpargatas de yute se hundían en la arena similar a meter los pies descalzos en el arroyo. Las antorchas y candiles brillaban con esas bailarinas dentro, cualquier canto y rezo se perdían levemente entre los griterios de la gente. Al final del camino, frente a la Virgen logró ver a duras penas a un hombre parado y tieso, no muy lejos, al costado del camino notó a otros dos.

Y antes de notarlo, una lluvia de estrellas platinadas y chispeantes cubrieron el cielo y penetraron en la piel de la gente, corridas y gritos de horror; ya no era importante pisar un cadáver. Él, en el piso, con un balazo en la frente y los ojos al cielo, a pesar de todo se dejó estar, simplemente existir dentro de aquel momento y lugar. Ya no importaba la corrupción, enfermedad o los problemas que atosigaron su mente. Él se dejó existir como un ser más dentro de este, nunca antes sintió una felicidad como aquella.

“… el pasado viernes Santo se presenció una incontable cantidad de muertes, aún no puede estimarse la cantidad de heridos y desaparecidos. Las autoridades se niegan a dar información sobre los posibles responsables”.

— Bajále el volumen, me despertó — , murmuró ella removiéndose en la cama con los ojos entreabiertos.

¿Dónde había escuchado eso antes?

Fin.