Amar y querer

Siempre puede haber un mejor amor a la vuelta de la esquina o en la siguiente foto que se nos presenta en Tinder.

Advertidos del espejismo que resulta buscar a nuestra media naranja nos vemos ahora confrontados a la búsqueda del amor bajo la lógica del consumo. A priori, todo amor tendría fecha de vencimiento, y no precisamente por causa de la muerte. Porque el amor no se pierde necesariamente frente al fallecimiento de la persona amada, a lo sumo se lo duela. El compromiso más que una elección se ha tornado un acto de fe. Y como bien sabemos la fe está en baja. Siempre puede haber un mejor amor a la vuelta de la esquina o en la siguiente foto que se nos presenta en Tinder. La libertad es la nueva fe a la cual le rendimos culto, para luego constatar que no es más que un mero anhelo constantemente esquivo. Nunca somos libres, en el mejor de los casos somos libres respecto de alguna circunstancia.

El amor ha sido siempre materia de debate y poetas, pero quizá, fruto de mis propios fracasos amorosos como el de innumerables hombres y mujeres de distintas generaciones que escucho quejarse por lo mismo, me vengo preguntando si acaso se trata de un particular mal de época.

Mi amigo y confidente, Oscar Paulucci, uno de los psicoanalistas más destacados de la capital mundial del psicoanálisis, Buenos Aires, me explicaba a lo largo de alguna de nuestras maratónicas conversaciones telefónicas, el profundo significado de la histeria. La histérica (o histérico) busca a un amo, mientras que ella, reina, busca que él no gobierne. En otras palabras, la histeria busca sostener un deseo en constante insatisfacción.

Nuestros anhelos de libertad y de un mejor amor tienen mucho de histeria. Se asemejan a la inmediata insatisfacción que nos provoca la compra del último Iphone. Su espectacularidad inicial caduca frente al anuncio del nuevo modelo por salir en los próximos meses. Al igual que nuestras compras en un Apple Store, nuestras conquistas amorosas, lo sepamos o no, parecieran ser víctimas de una caducidad programada por nosotros mismos.

Los que buscamos la libertad en contraposición al compromiso y la aceptación, nos encontramos en la peor de las cárceles. Una cárcel en donde no existen los límites. Los que, por el contrario, se esfuerzan por aceptar la estabilidad de ciertos compromisos como garantía de alguna seguridad, se quejan en silencio mientras espían con envidia a los que surfeamos las aguas del deseo llenos de nuevas experiencias diversas como repetidas.

Mujeres sedientas de maternidad se cuestionan, no sin dolor, el eventual congelamiento de sus óvulos como alternativa a concebir con un hijo con una pareja. Mientras que los hombres hambrientos de paternidad se tranquilizan con la posibilidad de procrear prácticamente de por vida. Pero secretamente los hombres sabemos, lo confesemos o no que el tiempo se nos acorta, y que lo no vivido jamás se recupera. Pero no importa, también se pueden alquilar vientres. Todo es posible, pareciésemos dispuestos a aceptar. Si es posible es aceptable habría de ser el paradigma de nuestra sociedad global, consumista y cientificista.

La paradoja, la angustia y el deseo de amar y/o ser amados nos constituyen como individuos y sociedad contemporánea. Ya hemos aprendido que nadie nos completa, que la media naranja no existe y que Dios, creamos o no en él, ya no gobierna nuestras vidas. Resulta que frente al repetido consumo de hombres y mujeres que nos llevan de alguna manera a cosificar al amor y en consecuencia a las personas, comprobamos que no nos sabemos gobernar a nosotros mismos. Buscamos en el mejor de los casos a amos a quienes gobernar para luego desechar por uno nuevo que nos distraiga de nuestra cárcel libertaria. O por el contrario, somos desechados por otros que buscan a amos a quienes puedan fácilmente descartar.

Mi anhelada cita del sábado por la noche me acaba de confirmar mediante un mensaje de What’s up su disponibilidad para cenar con ella. Hasta que no se agote la batería de mi Iphone, pienso, no veo necesidad de cambiar de modelo. ¿Durará un año más? Los teléfonos de mi infancia, esos en que se marcaban los números introduciendo el dedo índice en cada cifra aún funcionan. Iphones, he consumido varios ya, en pocos años.

Mientras pienso en mi vida como en las afectos que me rodean cotidianamente vuelvo a escuchar al príncipe de la canción, José José, gracias a esa memoria virtual y universal que es YouTube, en búsqueda de una emoción que me saque de mi zozobra.

El querer pronto puede acabar 
 El amor no conoce el final 
 Es que todos sabemos querer 
 Pero pocos sabemos amar