Todo a su modo

Hay cosas que comienzan a estar cargadas de un significado especial. Por ejemplo la ollita que me acompañó en los últimos dos viajes de mochila. A través de distintos campings y fuegos, rodeados de diferentes paisajes, ella estuvo ahí, conteniendo los alimentos que se cocinaban, intermediando entre el agua y las llamas. También para ella debe ser un privilegio no quedarse en casa quieta, esperando mí regreso, como el resto de los utensilios de cocina. Ella viaja, recorre el país, conoce lugares, respira otros vientos. Testigo de guisos, charlas y guitarreadas. A veces la dejo sobre las leñas o las brasas, afuera de la carpa, y se pasa la noche ahí, tranquila, cerquita de un río o de alguna montaña, dialogando con los sonidos del bosque o simplemente contemplando. Por la mañana cuando escucha el cierre de la carpa, ¿se alegrará al verme salir, sabiendo que va a calentar el agua para el mate? Todo a su modo, obviamente. No hablo de que se alegre como nos alegramos nosotros. Escépticos irremediables abstenerse. Pero alguna forma de la satisfacción tiene que tener por el simple hecho de ser lo que es, o estar siendo aquello para lo que fue hecha. Una forma de la satisfacción que seguramente se exprese en algún lenguaje particular (el lenguaje de las cosas). En fin, esta ollita ya es para mí un “sacramento”, como llama el viejo Boff a los objetos investidos de fuerte simbolismo y sentido.

Cuando enciendo la hornalla en casa, ya vuelto del viaje, y caliento algo en ella, ennegrecida por el fuego, comienza a desprenderse un aroma particular: a la rama y la madera que usé para calentarla durante el viaje. Ese olor me transporta a los lugares por los que anduve, a esos momentos de camping o de río o de cerro. Y entonces creo que comprendo: ella también está recordando y, como yo, piensa (a su modo) en el próximo viaje que vamos a emprender. ¿Cuándo y dónde será?