Redes, información y duelo.

Duelo. Todavía no ha habido tiempo de elaborar la cantidad de información, dolor, pérdida, esperanza y valentía que ha cimbrado este mes de septiembre en los mexicanos. Todavía no se levanta siquiera la nube de polvo y angustia, y sin embargo es la otra nube la que nos está ahogando. La nube virtual por la que hemos hecho pasar la valiosa información que nos organizó en segundos, la que ha acarreado clavos, manos, sierras y tortas de una punta de la ciudad a la otra, de un centro de acopio en el Pedregal a un pueblo del que quizá nunca habíamos siquiera escuchado mencionar casi en las faldas del Popo. Increíble sí, pero inservible, vil y necia también ha sido la información que nos ha inundado. Poco a poco se nos aclara la vista pero se nos nubla el alma al juzgar a unos y otros según el estándar que maneja nuestro narcisismo.

Que si los perritos son héroes, mártires u objetos de lujo. Que si los millennials son quienes nos rescatarán de la pasividad o buscadores de selfies heroicas. Que si salir a comer o esparcirse es apoyar que la gente no quede además sin trabajo o ingresos, o si es un acto considerado desleal y digno de toda la ira karmática del universo.

Juzgamos. Juzgamos todo el tiempo y con lo mínimo de información en un mundo que se ha visto abrumado por ella. En estos 6 días han corrido tantas versiones a favor y como en contra de absolutamente todo. El gobierno, los militares, los edificios que quedan y se van. Y así como ha llevado comida a su destino ha dejado que se pudran toneladas de alimento. Así como ha logrado que llegue herramienta necesaria a buen destino ha detenido búsquedas y corazones por chismes sin fundamento.

Además de no olvidar y de no dejar de abrazarnos y reencontrarnos con ese vecino al que nunca vimos o nunca quisimos ver y hoy le prestamos otra mirada, así debemos recordar lo necesario de la pausa, del control y de la prudencia. El delicado balance que hay que lograr para saber vivir en un mundo de inmediatez y posibilidades infinitas de comunicación se ha puesto en evidencia no sólo en México sino más allá de nuestras fronteras. Sin pausa, sin recogimiento, sin dejar que nuestra emoción se conecte con nuestra razón. Este es el peligro de las redes, el dejar que la red sea la que lleve el control en lugar de ser nosotros quienes controlemos las redes.

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