Adicta a las benzodiazepinas

No hay fe de erratas aquí

Para que nos entendamos, esta es la definición de benzodiazepina según la OMS:
Medicamento perteneciente a un grupo de fármacos relacionados estructuralmente que se emplean sobre todo como sedantes/hipnóticos, relajantes musculares y antiepilépticos; antiguamente se designaban con el término “tranquilizantes menores”, actualmente en desuso.

Las benzodiazepinas se introdujeron como alternativa más segura a los barbitúricos. No suprimen el sueño REM en la misma medida que los barbitúricos, pero tienen un potencial importante de mal uso y de dependencia física y psicológica. Las benzodiazepinas de acción corta como son halazepam y triazolam, tienen un efecto rápido; alprazolam, flunitrazepam, nitrazepam, lorazepam y temazepam, son de efecto intermedio; y el oxazepam, su comienzo de acción es lento. Se han notificado amnesia anterógrada profunda (“laguna mental” o “blackout”) y paranoia con el triazolam, así como insomnio y ansiedad de rebote. Muchos médicos han encontrado problemas especialmente difíciles tras suspender el tratamiento con alprazolam. Las benzodiazepinas de acción prolongada pueden provocar un efecto discapacitante acumulado y son más proclives a causar sedación diurna y alteración motriz que las de acción corta. Incluso cuando se toman en dosis terapéuticas, la interrupción brusca de las benzodiazepinas induce un síndrome de abstinencia en el 50% de las personas tratadas durante 6 meses o más. Al igual que sucede con otros sedantes, es necesario seguir un programa de desintoxicación lenta para evitar complicaciones graves, como las crisis convulsivas por abstinencia.

No tengo estudios en medicina, pero me parece una definición relativamente sencilla. Al menos todos entendemos o nos podemos imaginar los efectos de un sedante, aunque las benzodiazepinas se nos escapan mucho más allá. A mí se me escaparon, no por decisión propia.

No es primera vez que sigo un tratamiento psiquiátrico que las incluye, y la primera vez me demoré al menos un año en dejarlas, por mi propia voluntad ya que sentía que no las necesitaba más. Durante un par de años dependí de ellas a diario en distintos niveles, ninguno más fácil que el otro. Mi verdadera independencia llegó el día en que pude salir de mi casa sin la orden médica escondida en mi cartera para comprarlas en caso de emergencia. Pasé de bajar la dosis lentamente a tomarla solo en casos muy necesarios, a no tomarla, pero llevarla siempre conmigo, a no llevarla conmigo, pero llevar la orden médica por si era necesario, a no tener cerca nada relacionado más que el temor de necesitarla y no tenerla. Ese temor que nunca desapareció completamente, solo se apaciguó y lo fui ignorando como a un enemigo.

Hoy estoy en la primera etapa de nuevo. Soy adicta a las benzodiazepinas y no es una opción, por más que así se vea normalmente. Si pudiera elegir, sería la primera en decidir no necesitarlas y envidio profundamente a los que pueden llevar una vida en paz sin ellas. Yo no puedo. Yo quiero, pero no puedo. Lo he intentado, pero no puedo. He pasado largos períodos torturándome sin ellas para dejar al resto tranquilo, pero no puedo. He buscado alternativas, pero no puedo. Soy adicta porque mi cerebro no me permite vivir una vida normal sin ellas. No al revés.

Van a haber muchos que pensarán que esto se trata de voluntad. Pero este tipo de adicción no tiene nada que ver con la voluntad. Las crisis de pánico, la angustia, la impotencia y desesperación que la acompañan, el cansancio crónico, el insomnio, los cambios en el apetito, la incapacidad de hacer cosas normales como ir al supermercado o al parque, el miedo que crece sin control en los momentos más inesperados, el dolor físico y el constante ruido de tu propia voz en tu cabeza no son decisiones voluntariosas. Cualquiera que los haya sentido sabe que daría su vida por no conocer nada de esto, o por poder ir a una terapia y lograr eliminarlos. Pero llega un punto en que cada terapia, cada conversación, cada intento por vivir sin las benzodiazepinas se va volviendo más y más discapacitante. Es tanta la energía necesaria para vivir desintoxicada que hay días en que ya no quieres más, en que las pastillas parecen la opción más “sana”. A mi juicio, finalmente lo son.

Sé que hoy soy adicta porque siento en mi cuerpo los efectos casi inmediatos cuando no tomo la dosis normal en más de un día: los temblores, la angustia disparada por las nubes, los pensamientos negros, la irritabilidad, la imposibilidad de dormir, y tantos más que con el tiempo he ido conociendo. Tampoco esto quiere decir que tomarlas sea fácil pues también traen consigo efectos secundarios intensos y desagradables que se incrementan con el tiempo, pero que uno transa y acepta con tal de sentirse mejor. No es pasar del infierno al cielo, ni del cielo al infierno, sino más bien de vivir en un desequilibrio controlado. ¿Debería dejarlas? Probablemente en términos de la salud física de mi cuerpo, sí. En cuanto a mi salud mental y mi bienestar emocional, no.

En un mundo ideal, la angustia y el pánico no serían parte de la vida de nadie y por ende tampoco las benzodiazepinas, pero no vivimos en un mundo ideal. No existe. Y hasta que no exista una alternativa a las benzodiazepinas que tenga los mismos efectos que me permitan tener una vida más normal, más tranquila, más contenta, donde pueda criar a mis hijas, disfrutar de un día en la playa, dormir por las noches, trabajar y manejar mi auto, voy a seguir tomándolas sin un ápice de culpa. Jamás voy a sentir esa culpa.

Me encantaría que todos pudieran decir lo mismo sin sentirse amenazados por seguir un tratamiento psiquiátrico, sin sentirse menos, sin sentirse rechazados, etiquetados, prejuzgados o solos. Nadie apunta con el dedo al diabético que se inyecta insulina para sobrevivir. Los que tomamos medicamentos psiquiátricos también los tomamos para sobrevivir. Cuando un psiquiatra te evalúa, siempre te pregunta (al menos, en la mayoría de los casos) si tienes pensamientos suicidas, si eres un potencial suicida. Sepan que no es la pena la que lleva a la mayoría de los que sufren trastornos mentales a suicidarse. Suele ser la angustia de no encontrar escapatoria de ti mismo y de tus pensamientos, que sabes que no tienen mucho sentido, pero que no puedes controlar. Meditar, alimentarte bien, “ponerle empeño”, ser positivo o conversar con un sicólogo/a no te van a eliminar la angustia a niveles psiquiátricos. Pueden ayudar, sin duda, pero no son la solución. Creo que son un complemento.

Así es que soy adicta, y no pienso desintoxicarme a costa de mi vida.

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