Hay vida antes de la muerte

Entre otras cosas

Así que terminé mi desafío. Completé 21 días de agradecimientos, ejercicios y centrarme en lo positivo. Bueno honestamente, no hice 21 días seguidos de ejercicios, pero hice bastante para mi sedentarismo habitual, así que me siento satisfecha con eso. Tampoco agradecí a 21 personas, creo que solo a un puñado. Y tampoco me centré en mi respiración 2 minutos al día todos los días. Lo hice cuando pude y me acordé.

Lo que sí hice religiosamente fue agradecer por tres cosas todos los días y describir una experiencia positiva. Hubo días en que me costó encontrar algo positivo para describir, pero siempre terminé encontrándolo y cada vez se me fue haciendo más fácil. Busqué en lo cotidiano, detalles, breves momentos que suelen pasar desapercibidos.

Los 21 días en los que seguí esta especie de pauta fueron días específicos en los que tuve ciertas experiencias positivas. Si repitiera el ejercicio en diciembre, enero o el 2020, seguro que las experiencias serían otras y tal vez el resultado también. No lo sé. Sin embargo, entiendo que el objetivo era reprogramar el cerebro para centrarse en lo positivo, independientemente de lo que ello sea e independiente de las experiencias en sí. Con todavía un poco de incredulidad quiero decir que lo logré, no en un 100%, pero sí me siento más positiva frente a la vida que vivo. No es que no vea lo negativo, que no me frustre, no me enoje ni me desespere o me den rabia muchas cosas. Sigue siendo así. Pero logro procesarlas más rápido para darle cabida a lo bueno. Incluso en esos días en que nada se veía bien, no me sentía derrumbada por el peso de lo malo. Pienso en mí como un envase: si me lleno de energía negativa, no cabe la positiva. Tan simple como eso.

Hay una frase que hace muchos años escucho, siempre relacionada a la maternidad, pero que aplica a todo: “This too shall pass”. En español, creo que sería el clásico “Todo pasa”. Y sí, efectivamente todo pasa, nada es permanente porque la vida es movimiento, cambio y evolución hasta el final, hasta que morimos. Hasta el último segundo, hay cambios. Pasamos de estar vivos a estar muertos, y nuestra muerte inevitablemente cambia la vida de los demás de alguna forma. Creer que estar bien, ser feliz o pensar positivo es estar cómodamente estático, es francamente ridículo. Es creer que estar bien es estar embalsamado. Al menos yo no vivo embalsamada ni aspiro a estarlo.

La vida es una cadena de movimientos, unos grandes y otros pequeños, que te van forzando a adaptarte y seguir. Quedarse pensando en lo malo o en el daño que a veces esos cambios producen te nubla, te frena y te carga hasta que cada vez se te hace más pesado y difícil andar. Tampoco me he convertido en una especie de predicadora de la paz absoluta, la energía positiva y el no enojarse. Al contrario, soy partidaria acérrima de la queja, de la discusión, de las peleas, de cerrar ciclos, de buscar respuestas, de exigir lo que me parece necesario, del diálogo y hasta de los garabatos (el lenguaje es clave y los garabatos no son reemplazables, lo siento). En otras palabras, de recibir lo que venga, acusar recibo y responder, para luego seguir el camino sin obstáculos innecesarios. Yo me quejo seguido y de muchas cosas: de que hace calor, de que tengo hambre, de que está desordenado, de que mis hijas están insoportables, de que tuve un problema en el trabajo, de que dormí mal, y una lista infinita de cosas más. Pero es solo eso, expreso mi disconformidad. Me expreso, digo lo que me pasa, siento, opino, y listo. No me quedo todo un día desdichada ni lamentándome porque no he podido limpiar en una semana o porque mis hijas no se comieron la comida. Expreso y se va, lo dejo. Y así va quedando espacio en mí para recibir, apreciar, disfrutar y expresar lo bueno. Que también pasa, todo pasa. Lo bueno y lo malo, lo lindo y lo difícil, así es vivir.

No me malinterpreten. Puede sonar a que todo pasa sin dejar nada en mí, a una persona vacía. Pero no. Solo apunto a no hacer oídos sordos ni ojos ciegos a lo malo, mirarlo de frente, reconocerlo, evaluarlo y según eso actuar. Por supuesto que si el problema es que se cortó la conexión de Internet el impacto y la reacción no van a ser iguales a que si una de mis hijas está enferma. Creo que de eso se trata, de no empantanarse en lo innecesario, pero tampoco hacerle el quite al dolor porque es un gran aliado de lo positivo. Gracias al dolor y las experiencias negativas puedo reconocer las positivas y agradecerlas. No todo tiene un motivo, pero sí podemos elegir cómo procesarlo.

Hay una canción que se llama “This Too Shall Pass” de OK GO. Para mí, el video de esa canción es una representación de cómo la vida fluye y avanza sin que podamos detenerla, entre momentos grandes y pequeños, con destrucciones, sufrimientos, alegrías, cosas hermosas y cosas feas, se ve cómo todo se conecta y va dejando consecuencias, hasta que dejamos de vivir. Hay vida antes de la muerte y en estos 21 días aprendí que debo agradecer lo bueno y lo malo, procesar más rápido lo negativo, expresarlo e intentar enfocarme en todo lo positivo que me rodea, especialmente en lo más sencillo, como el poder escuchar tormentas todos los días y sentir la risa de mis hijas.

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