La epidemia
“Lo contrario de la depresión no es la felicidad, es la vitalidad”
Esa frase que retumbó en mi cabeza es de Andrew Solomon. Cuando alguien sano imagina lo que es tener depresión piensa que es estar siempre triste, con pena, desanimado, irritable. Muchas de esas emociones están también ahí, pero lo que más hay es atonía. No hay fuerza para nada. A veces incluso pueden haber ganas, pero no hay fuerza.
Supe que tenía depresión mucho antes de tener mi primera crisis, pero pensaba que podía sobrellevarla, dejarla a un lado, no hacerle mucho caso y tal vez así se iría. Obviamente creía que dependía de mí, pensaba. Hasta que me dejó botada en el suelo y me hizo entender a golpes dolorosos que no. La voluntad no es parte de esta ecuación. Uno no elige tener depresión y tampoco elige no tenerla. Nadie quiere tener depresión y si fuera tan sencillo como tener las ganas de no tenerla, ya no existiría. Lo repito por si no quedó claro: nadie quiere tener depresión, especialmente los que la sufren.
Con mi primera crisis supe que cortarme hasta dejarme infinitas cicatrices era producto de la depresión, que mi angustia era producto de la depresión y que mis relaciones enfermas eran producto de la depresión. Nombrarla ya fue un alivio. Despertarse en la mañana y sentir que abrir los ojos es lo más difícil que te ha pasado y no entender por qué sientes eso, es una de las peores cosas que te puede pasar. No saber por qué te da miedo salir de tu casa ni por qué ya no quieres hacer nada de lo que antes disfrutabas, es duro. Es dejar de reconocerte, es no saber quién eres ni por qué ya no eres como antes. Te vuelves un poco loco y paranoico, pero al mismo tiempo estás tan enfocado en ti que sabes que no estás loco. Todos tus sentidos están alertas y la angustia no te deja pensar en otra cosa.
Pasé por psicólogos que me dijeron que no tenía nada. Pasé por neurólogos por mis constantes dolores de cabeza. Y pasé por psicólogos y siquiatras que me ayudaron a reconocer lo que me pasaba y a decidir qué podía hacer para enfrentarlo. Cada uno ha tenido su método y yo he tomado de ellos lo que para mí ha parecido sensato, correcto y beneficioso. La depresión es diferente e igual para todos, eso la hace tan compleja. Lo que se siente puede ser muy similar, pero el entorno, la situación y las realidades son diferentes. Los desencadenantes son otros. La respuesta es otra. No existe una sola versión como sí existe una sola versión de un dedo quebrado o de un apéndice inflamado. Cuando el cerebro se enferma, al igual que se enferman todos los órganos del cuerpo, el remedio es distinto para cada persona. Distintas terapias, distintos medicamentos, distintas dosis, distintas duraciones, distintas formas.
Pasé por años sin vitalidad y lentamente la he ido recuperando. Ha sido un proceso de aceptación largo en el que he aprendido qué puede desencadenar un mal episodio, he aprendido a reconocer cuáles son mis límites y a estar en paz con ellos. He aprendido a no forzarme, a respetarme y a conocerme más que a nadie. Sé qué quiero y qué no, y eso no me hace intransigente, me da paz porque puedo tomar decisiones a conciencia y disfrutarlas. Tengo tres hijas y necesito tener sanidad y paz para acompañarlas.
Doy gracias de que siempre he podido y todavía puedo acceder al tratamiento que necesito, y sufro realmente cuando sé que hay otro que no puede porque entiendo lo horrible que es vivir la vida en gris. Porque todavía tengo mis días grises e incluso negros porque esto es así, es cíclico, y a veces se está bien y a veces se está mal, muy mal.
Es por eso que creo que hablar hasta el cansancio de la depresión es necesario. La censura y el miedo que existe en torno a ella causa muertes. Sí, muertes. Miles de personas no se atreven a ponerle ese nombre a lo que tienen por la mala fama que acarrea, por los problemas que les puede traer en el trabajo, por la forma en que los van a mirar en sus familias y por cómo se pueden burlar sus amigos. Y viven su vida en gris hasta que ya no dan más y toman una decisión desesperada. Tampoco existen programas públicos adecuados para las personas de menos recursos, siendo que por su entorno muchas veces corren aún más riesgos. Se sigue considerando a la depresión una enfermedad elitista con tratamientos carísimos y desconocidos. Eso tiene que cambiar, y esta tribuna es mi pequeña contribución al cambio. La depresión es una epidemia silenciosa y peligrosa que se lleva a muchos y deja a muchos más cuestionándose si podrían haber ayudado de alguna forma.
Una de las ironías más grandes de la depresión es que uno de los efectos secundarios de los medicamentos es que pueden provocar pensamientos suicidas. Y al menos yo, que sigo el tratamiento y pienso en eso cada vez que me trago una de las pastillas, pienso que es mejor vivir con el riesgo de morir que vivir muerto.