¡Ey, perdido, no te rindas!

Dicen que eso de la felicidad, de pegar un salto de la cama cada mañana con alegría, — o a mí, amante de la cama, me gusta imaginarlo así porque muy feliz me debo encontrar para hacerlo- reside en tener un objetivo en mente, una meta a la que llegar, un “algo” que lograr. Y mientras nos rompemos la cabeza ideando la manera de conseguirlo, juntando las piezas de ese puzle, investigando aquí e indagando allá, mientras que invertimos tiempo y esfuerzo para acometer el reto marcado, en esos momentos, somos felices. Nos satisface ir subiendo escalones hacia la cima. Y ¿cuándo lo tenemos? Habrá que pensar algo nuevo. Además, tu reciente victoria es un trofeo que te recuerda que puedes, que tu esfuerzo ha sido recompensado con más energía y te ha fortalecido, te sientes más seguro, te sientes indestructible.-Esto también te puede pasar cuando das la vuelta a la tortilla a lo Karlos Arguiñano y te sale clavado, aunque yo me refería a algo más grande- Pero, ¿Y si no lo logras? ¿y si has empleado tiempo, esfuerzo, lágrimas, ilusiones, nuevas ideas, más tiempo… y te parece que tu meta queda cada vez más lejos? Entonces, te sientes perdido.

En este proceso estamos esos diplomados, graduados, licenciados… ilusos, optimistas, confiados que creíamos que tras 3, 4, 5 años o más de estudio — vale, a veces también fiestas, risas y cervecitas- iba a llegar el momento de ponernos el birrete, salir con el título bajo el brazo y que se nos rifaran las empresas. En ese instante alguien o algo del universo ríe fuerte y malvadamente desde su acomodada posición haciendo un gesto de negativa con el dedo y te hace saber que ésta ha sido una etapa con algún “repecho”, pero de las facilitas, que la “etapa reina” de esta “vuelta ciclista”, que es tu vida, aún está por llegar o ya la tienes encima, pero te ha pillado sin agua, sin estrategia y sin pinganillo. Entonces, en ese preciso instante, te sientes perdido.

Una vez escuché decir al prestigioso psiquiatra Enrique Rojas que en la vida tan solo nos preparan para el éxito y no para el fracaso. Y eso sucede, no sabemos fracasar, no estamos preparados para ello. Siempre había alguien que alababa nuestro trabajo, nos decía que éramos buenos, que siguiésemos así porque ese era el camino. Y tú, si tú, frustrado de ver que lo hiciste bien, que has puesto de tu parte, te paras y piensas ¿Qué camino? –esto se parece más al sendero a Mordor, y no el camino de rosas que me pintaron- . Y despiertas por la mañana y no das un salto en la cama, no sonríes con alegría, y no sabes qué día es porque no te sientes feliz, porque has dejado de avistar tu objetivo.

Pero mientras sigues tumbado mirando al techo, cogiendo fuerzas para levantarte, un rayo de sol se cuela por una hendidura de tu persiana. Un rayo de sol que de algún modo te quiere decir: no te rindas.

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