Sobreviviendo en tiempos inciertos

Llega un día de esos calurosos calurosos, y lo que se te pasa por la cabeza, mientras te invade la mala leche por no poder librarte del calor asfixiante, es salir a tomar una cerveza bien fresquita con una tapa recurrente (una marinera en el caso de Murcia), pero un soplo de aire caliente se cuela por tu ventana y te despierta de ese instante de placer soñado. Lo cual te pone aún de peor humor y te recuerda que no tienes ni un euro. No tienes ni oficio ni beneficio. Te dedicas a buscar aquí, mirar allá, rogar por un lado y probar por otro sin atino. Entonces tu madre, mujer bendita de paciencia infinita, te ve sudando mientras planchas otra camisa, con una cara de dóberman que no puedes ocultar (que no hace falta tener un sexto sentido para saber que eso significa que no estás para chistes) y te pregunta con tono de preocupación, “¿Qué te pasa?”. Y ahí es cuando todo se te viene encima, tienes otra recaída, los ojos se te bañan de lágrimas y respondes dubitativa, “¿No soy lo suficientemente buena?”. Y claro, también, ya de paso, partes el alma a tu madre que es fiel testigo de tus penas y alegrías.

La pobre, intentando levantarte el ánimo, te recuerda el buen currículum que te has creado a base de esfuerzo, que has hecho varias estancias en el extranjero, multitud de prácticas, trabajos por “amor al arte” … pero eso queda lejos de animarte. Lo único que te viene a la mente es la pregunta: ¿y para qué hice todo aquello?, ¿para qué estudié esta carrera sin salidas?

Dejas que caiga hasta la última lágrima (tampoco ha sido mucho, porque el calor hace que se agoten antes las existencias) y levantas la cabeza. Parece que ya ha pasado la tormenta por ahí arriba. Cierras la ventana, enciendes el aire acondicionado y coges la plancha con fuerza. Tan sólo queda una camisa. Ahora es tu frustración la que libra una batalla con tu, ya algo reventado, optimismo. Y la idea de que “todos los días sale el sol” comienza a complacerte. Te organizas el día siguiente con tareas productivas para multiplicar posibilidades. Entonces tocan al timbre, es tu madre quien responde y cuando vuelve dice: “Era un chico de esos que van vendiendo contratos de teléfono. Antes no me daba lástima despacharlos rápido, pero ahora pienso que puede que estén como mi hija”, sobreviviendo en tiempos inciertos.

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