La muerte de las consolas

Todavía recuerdo el día en el que me regalaron mi primera consola, mi mítica Game Boy Advance SP. A aquel plata brillante se le contraponía el dorado resplandor de un cartucho inolvidable: el de Pokémon Oro. Esa maquinita se convirtió en parte de mi infancia y hoy inunda mi memoria con mil y una anécdotas. Es probable que ahora redacte estas líneas gracias a aquellas partidas.

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Hoy veo a los niños jugar, pero ya no sostienen una consola entre sus manos. Portan tabletas o los móviles de sus padres. Capturan Pokémon deslizando el dedo, hacen puzles uniendo caramelos del mismo color. No pulsan botones; rozan pantallas con sus dedos. El stylus que rayó mi DS firmaría hoy el triste obituario de las consolas.

Hay razones para creer en su muerte. El jugador hardcore apuesta por el PC, sus ventajas de rendimiento y una vida útil que dobla a la de las videoconsolas. Como los smartphones, los ordenadores ya emulan casi cualquier juego de consolas anteriores y tienen más usos. Ni la portabilidad que encumbró a Game Boy salva a las máquinas de juego; los móviles nos acompañan a cualquier parte. PlayStation 4 vende 100 millones menos que el segundo sistema de Sony y su momento agoniza.

Exclusivos de leyenda como Super Mario 64 o Zelda: Ocarina of Time perecerían ante la tiranía de la PC Master Race y el incipiente despotismo de los móviles. Lo dijo hace unos días Emmet Shear, director de la plataforma de streaming de videojuegos Twitch: “La muerte de las consolas está cerca”. Ahora soy yo quien suscribe esas palabras y tiñe de luto su argentada y fiel compañera, a la que añoré hace escasos párrafos. Solo me queda soplar el polvo de sus restos como si de un cartucho de NES se tratara.