Madmoiselle Lenormand

De un tiempo a esta parte me suele tomar por asalto una fecha que yo mismo me sorprendo escribiendo sobre papeles o pantallas sin saber bien por qué, poseído por alguna fuerza extraña.
Entregado al automatismo de algunas cosas garabateo sin pensar un día y un mes que nada tienen que ver con el hoy, ni con la fecha a la cual me quiero referir en aquello que redacto. Y para peor, siempre es la misma. Nueve de Mayo.
Me pasa cada vez más seguido. Generalmente me doy cuenta del error al instante de cometerlo y me lleno de frustración. No por las gomas de borrar malgastadas, ni por el tiempo que consumo en presionar “backspace” en el teclado, sino por volver a caer en la trampa. Por volver a caer en esa trampa que ni siquiera sé quién me tiende, ni cómo, ni por qué.
He buceado en efemérides intentando ubicar en el pasado algún suceso que justifique este comportamiento rayano en lo patológico. Es más bien escaso lo que encontré.
El nueve de Mayo de 1987 murieron 183 personas al estrellarse un avión de la compañía polaca LOT tras despegar del aeropuerto de Varsovia. Yo realmente lo lamento por sus familias, pero me trae sin cuidado.
El nueve de Mayo de 1967 Cassius Clay es desposeído de su licencia para boxear por negarse al servicio militar. Lo entiendo y respeto su decisión, pero no me es tan importante.
El nueve de Mayo de 1883 nació el filósofo y escritor Ortega y Gasset. Me avergüenza confesar que lo único que conozco de él es su nombre y la calle homónima en el barrio de Belgrano.
“Quizás la respuesta no esté en el pasado”, me dije un día. Y entonces decidí investigar el futuro en busca de la verdad.
En O’ Higgins e Iberá, un claro energético en el barrio de Núñez, atendía a sus fieles clientes Madmoiselle Lenormand. Afamada profetiza, médium, pitonisa, tarotista, mentalista, psíquica, vidente y espiritista porteña. Trabajaba de 9 a 18, a pesar de sus ochenta y tantos que la habían teñido de blanco, le habían destruido los huesos y la habían colmado de arrugas.
Fue así que el pasado 17 de Julio guardé mis ahorros en un sobre –los servicios que prestaba Madmoiselle eran igual de prodigiosos que de caros, según decían- y fui a su encuentro con los nervios que me pinchaban la nuca.
Pegado en la puerta de esta señora había un cartel que rezaba:

Madmoiselle Lenormand dejará de prestar sus servicios el día 27 de Julio.

Sepa ud. Disculpar la molestia.

Toqué el timbre agradeciendo la suerte que había tenido por haberme acordado de todo este tema diez días antes de la fecha que figuraba en el cartel.
Me atendió una mujer de piel oscura con un rodete en su cabeza y ninguna expresión en su rostro. “Por aquí”, me dijo dejándome pasar. Me pidieron el dinero por adelantado y luego me acompañaron a una habitación en la que había una mesa redonda que sólo tenía dos sillas. Me senté en una de ellas y esperé. Al cabo de unos minutos apareció detrás de una cortina una señora muy mayor acompañada por dos mujeres que le servían de bastón (una de ellas era la que me había abierto la puerta). La ayudaron a sentarse y se quedaron paradas y en silencio a cada uno de los flancos de Madmoiselle. Pude ver entonces que sus ojos eran blancos como la leche. Había perdido la vista hace varios años, pero en su lugar tenía otras formas de ver. Formas que no conocían los grilletes del ahora. Visiones del pasado y del futuro que resultaban útiles o peligrosas según la ocasión y la persona.
Las tres mujeres esperaron en silencio a que les dijera por qué razón había acudido a ese lugar. Yo hice una pregunta como para romper el hielo. — ¿Por qué atiende hasta el 27 de Julio? ¿Se muda? —
Madmoiselle sonrió y luego le susurró la respuesta al oído a una de sus ayudantes (Quizás la voz de la señora era muy débil, o quizás menejaba un idioma desconocido para el mortal común, nunca lo supe).
— Algo así. Me mudaré a otro plano para no volver jamás — tradujo la ayudante y luego agregó con sus propias palabras — Lo que quiere decir Madmoiselle es que predijo que ése es el día en el que llegará su muerte.
— ¿Está usted segura? — le pregunté sabiendo que cometía un error. Su cara lo confirmó.
— ¿A qué vino? ¿Qué es lo que quiere saber? — preguntó la mujer a su izquierda haciendo caso omiso a mi pregunta.
Le conté entonces mi drama con el 9 de Mayo. Le dije que había algo dentro de mí que me decía que todo aquello era más que un error recurrente. Que creía que algo importante me sucedería en esa fecha y que tenía la necesidad de saber qué era ese algo.
Ella me escuchó con atención y al final se rio. Pero junto con la risa, llegó también el llanto. Yo me quedé inmóvil, conmovido por las lágrimas que recorrían sus arrugas como el río que sigue su cauce. Se incorporó con mucha dificultad, rechazando la ayuda de sus asistentes, se acercó y me dio un abrazo cálido y precioso que me duró varias horas en el cuerpo. Luego desapareció detrás de la cortina. Las ayudantes se miraban desconcertadas.— Vuelva mañana — me pidió una de ellas.
Y eso fue lo que hice. No había entendido nada de lo que había sucedido el día anterior. Para peor, no tenía más dinero. Si se les ocurría volver a cobrarme, no iba a tener con qué pagar.
Me recibieron mucho mejor que la primera vez. Fueron muy cordiales, y cuándo les pregunté si tenía que pagar de nuevo se intercambiaron una sonrisa y me dijeron que no iba a tener que darles ni un centavo nunca más.
Durante aquella semana fui todos los días a la casa de Madmoiselle Lenormand. Ella predijo con exactitud cambios de trabajo, adelantó mudanzas, me dijo los nombres de las mujeres que veía en mi camino, me habló casamientos, de hijos, de viajes. Pero yo siempre le consultaba por el 9 de Mayo. Estaba obsesionado. Quería saber qué significaba esa fecha para mi destino. Necesitaba saberlo con todo mi ser. Yo veía como ella se esforzaba por darme la respuesta, pero fracasaba siempre a último momento. Lo intentó todos los días hasta el cansancio, y al fallar me pedía que volviese al día siguiente, segura de que entonces sí lo lograría.
Llegó entonces el 27 de Julio y Madmoiselle estaba más concentrada y decidida que nunca. Durante aquella sesión, que duró varias horas, seguí sus instrucciones al pie de la letra convencido de que esta vez sí obtendría la esperada respuesta. Tomando mis manos recitó invocaciones como si cantara un mantra interminable que le iba succionando gota a gota toda su energía. La mesa y las sillas empezaron a temblar lentamente y luego se separaron levemente del suelo. Sin embargo todo lo que había sido sutil y amable en esa situación se convirtió en furia en cuestión de segundos. Giramos sin control por lo que parecieron horas, hasta que de repente el movimiento se detuvo súbitamente. Madmoiselle abrió los ojos como si hubiese vuelto a ver y sonrió con toda la boca. La pude ver por un momento joven, bella y radiante. Entonces dejó salir un suspiro y se desplomó encima de la mesa que ya estaba nuevamente en el suelo.
Sus asistentes, contra todo pronóstico, aplaudieron y festejaron entre ellas con entusiasmo. A mí, que estaba mareado y completamente asustado, sólo me salió insultarlas. No podía comprender en ese momento por qué lo hacían. Me pidieron que me tranquilice y que me siente para que ellas pudieran explicarme todo lo que estaba pasando.
Madmoiselle sufría hace años por sus dones. Ya no encontraba paz en nada ni en nadie. Cada vez le era más difícil dormir, ya que sus sueños estaban plagados de información que ella se sentía en el deber de anotar minuciosamente. Pensó varias veces en acabar con su propia vida, pero sabía perfectamente qué era lo que les esperaba a las almas que terminaban en el suicidio. Entonces, cansada de vivir y ansiosa por dejar de hacerlo, buscó en los tejidos del tiempo el día y el motivo de su muerte. La fecha estaba clara -27 de julio-, pero el motivo la confundía. 9 de Mayo. Eso es lo que veía, una fecha dentro de otra fecha. Estuvo años tratando de comprender que quería decir todo eso, hasta que yo me senté a su mesa y le comenté mi problema. Y ella lloró aliviada al conocerme. Lloró aliviada al conocer a la persona que finalmente le daría un poco de descanso a su alma exhausta. Lloró aliviada como quien encuentra a su hijo, luego de años de buscarlo y añorarlo.
Hoy ya es 28 de abril. Faltan poco más de 10 días para el 9 de Mayo y yo aún no sé qué pasará entonces. Quizás no pase nada. Quizás suceda algo horrible. O Quizás pase algo hermoso. Llegaré a ese día con un poco de miedo, pero también con una cuota de esperanza y de entusiasmo.

Ahora que lo pienso, supongo que esta no es una mala manera de afrontar todos y cada uno de los días que a uno le restan por vivir.


Originally published at manuelperussich.blogspot.com on June 8, 2015.

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