Don Álvaro y su moto…
Hoy volví a ver a don Álvaro. Iba por la calle, gesticulé y le pegué un grito para saludarlo, pero no me oyó. Él nunca oye. Lo conocí hace algunos años cuando mi socio y yo teníamos una oficina junto al parqueo en el que lleva trabajando toda la vida. Él es guarda, acomodador de carros, conserje y cajero del lugar al mismo tiempo, junto a su hermano Mario. Don Álvaro tiene un problema de audición; don Mario, de visión. Entre los dos se complementan. Un solo par de ojos y un solo par de orejas entre ambos siempre les bastó; así me lo decían de vez en cuando, con su jovialidad y buen modo de siempre. Pocas veces he conocido personas con tan buena actitud, tan humildes y tan sabios.
Un día, don Álvaro no llegó al trabajo. Pregunté por él, porque jamás faltaba. Su hermano me contó que tenía un permiso por la muerte de su hija. Su pequeña de quince años, su única hija, había tenido una muerte repentina. Al cabo de una semana ya él estaba de vuelta en el parqueo, saludando como siempre lo hacía a cualquiera que pasaba por ahí. Me acerqué a expresarle mi dolor y solidaridad por la noticia, extrañado de que hubiera retomado sus labores tan pronto. Me explicó que no tenía nada qué hacer en casa, ahora que no estaba su niña ese era un lugar muy solitario, y sentía que su trabajo era su terapia. La forma en que ese hombre se levantó de su dolor, se sacudió y siguió adelante con su vida es algo que no he terminado de comprender, pero siempre me ha causado un gran asombro y una profunda admiración.
Después de que dejamos aquella oficina, pasaron varios años antes de volverlo a ver. Me lo topé una mañana haciendo fila en cajas de Riteve, en Alajuelita. Tenía su casco puesto pese a estar de pie dentro del edificio. Cuando me vio me saludó efusivamente, preguntándome por cada una de las personas que en algún momento habían llegado a trabajar con nosotros en aquel lugar tan especial de Barrio Luján. Y me contó que estaba extático porque ¡al fin! le habían aprobado la reinspección de su moto. Era una Vespa de tiempo de Pilatos que, de tanto remendarla, sin darse cuenta, él mismo llegó a reconstruir en su totalidad. Me preguntó por mi familia, y en un desliz (típico de mí) le pregunté por su hija. Sin que me diera tiempo de disculparme, me sonrió y me dijo: “ella está muy bien, tengo muchos años de no verla, pero en mi mente y en mi corazón está cada día más grande y más preciosa”.
Hoy volví a ver a don Álvaro. Iba por la calle, gesticulé y le pegué un grito para saludarlo, pero no me oyó. Iba manejando su Vespa, con su casco viejo y lleno de calcomanías, su espalda bien erguida y mirando al frente sin percatarse de que atrás llevaba una cola de carros con choferes pitándole desesperados por su lentitud (me consta que esa moto no podía pasar de 45km/h). Él siguió tranquilo, con el rostro sereno de siempre, sin poder oír los pitos en la hora pico de hoy, cuando iba, me imagino, regresando del trabajo hacia su casa.
28 Abril, 2016.