Nota al margen de Una dama se vio en una calavera de cristal de Luis de Sandoval Zapata

Una dama se vio en una calavera de cristal
Luis de Sandoval Zapata (¿1620?-1671)

En calavera de cristal se vía,
en el espejo docto escarmentaba
la que, cuando belleza se miraba,
luz mortal de belleza se atendía.

Cuando secreto fuego introducía,
una diáfana Troya se quemaba
y polvo cristalino sospechaba
la que luciente eternidad ardía.

¡Ah, dice, cómo en el cristal diviso
a lo que más eterno resplandece,
puede ser escarmiento de ceniza!

La muerte ha de morir, que como se hizo
de cristal, que a la vida se parece,
quedó la misma muerte quebradiza.

En 1937 el padre Alfonso Méndez Plancarte descubrió un manuscrito con 29 sonetos desconocidos del escritor novohispano Luis de Sandoval Zapata. El mismo Méndez Plancarte después de revisar la obra, le dio al autor el título de “príncipe de nuestro barroco”.

Su soneto A la transubstanciación admirable de las Rosas en la peregrina imagen de N. Señora de Guadalupe, recogido en diversas antologías anteriores al descubrimiento de Méndez Plancarte, fue el que hasta entonces salvó al poeta de caer en el olvido, pues fue considerado como el primer poema guadalupano escrito por un autor culto. Luis de Sandoval Zapata también compuso comedias y autos sacramentales; publicó volúmenes de prosa barroca, ganó certámenes e incluso en algún momento fue censurado por el Santo Oficio. De estas obras, sin embargo, no se tiene más noticia.

En 1986 José Pascual Buxó editó en el Fondo de Cultura Económica un tomo breve titulado Obras en cuyo interior aparece el soneto que nos ocupa. En general, los sonetos de Luis de Sandoval Zapata poseen un místico encanto: breves piezas que recuerdan a los emblemas de Alciato, tanto por el manejo de lo simbólico, como de los temas clásicos.

De los tópicos literarios recurrentes en Luis de Sandoval Zapata es el paso del tiempo, el cual sólo es visible por los efectos que causa: las manecillas del reloj se mueven, la piel se arruga, la muerte sobreviene y deja en los cráneos la huella de la maquinaria que sigue su curso y destruye cuanto queda a su merced.

El soneto inicia con una mujer hermosa que sostiene un recordatorio del paso del tiempo, es decir, una calavera. Pero no es cualquier calavera, es una de cristal; la belleza se refleja en la muerte y la muerte le devuelve el reflejo. La joven mujer presiente en su reflejo que la belleza es frágil y se convertirá en polvo. Cada verso del poema juega con esta clásica paradoja: si la bella entrega al espejo fúnebre su imagen fogosa, la calavera le devuelve una Troya en llamas, como la que ardió por la belleza de Helena. La joven entonces se aventura y contempla más allá del reflejo, percibe “lo que más eterno resplandece”. En ese lejano destello descubre que el fin último al que todos vamos es reflejo de la vida. Ahí aguarda el alma y la refracción es devuelta a la calavera, la muerte misma ha de morir y resuenan las palabras bíblicas: oh muerte, ¿dónde están tus espinas?