¿Por qué marchar?

A raíz de la marcha por las violencias machistas, los “listillos” — para desestimar un poco más el problema mexicano del acoso, violación y asesinato de género — han soltado peroratas en las cuales sobresale siempre una pregunta. Una pregunta injusta que no hace otra cosa que echarle sal a la herida: ¿para qué marchan si ya saben que en México eso no sirve de nada?, ¿van a cambiar algo? Así pues intentaré responder a tal pregunta.

Lo primero que sabe quién ha ido a suficientes marchas es que en México las marchas por sí mismas no cambian nada. Eso lo comprendimos en las marchas informativas sobre la impunidad de Peña Nieto, por poner un ejemplo. Muchos optimistas clamaban las atrocidades cometidas mientras fue regente del estado de México con la única intención de que nadie votara por él y no llegara a ocupar la silla presidencial. Todos sabemos el resultado. Si, bueno pero entonces ¿por qué se marcha?

Una razón, oculta por su propia naturaleza, a los ojos de los listillos egocéntricos, es aquella por la que podemos formular la siguiente pregunta: ¿quién dijo que se marcha para cumplir expectativas de los que ven de lejitos las marchas? Muy al contrario. La marcha es un acto íntimo de la sociedad. Íntimo porque sirve para crear lazos entre el grupo que convoca y los asistentes interesados; para saberse acompañados y para compartir experiencias. La marcha por la paz que organizó Javier Sicilia es un claro ejemplo: fue una especie de duelo para todos aquellos quienes hemos perdido a nuestros seres queridos por la violencia que gobierna en México. Marchamos para no estar solos.

Si existe una enfermedad hay síntomas que hacen posible el diagnóstico y si es posible, la cura. Las autoridades, ignorantes y divididas de la realidad mexicana, no saben sobre las enfermedades que aquejan a México, no pueden hacer un diagnóstico y por lo tanto no les interesa buscar una cura. Las marchas son síntoma de algún problema. Son como un dolor de cabeza persistente que logra, por fuerza, llamar la atención. El error de los que creen que una marcha no soluciona nada es que en principio piensan que debe solucionar, es decir, debe ser la cura. No, es un síntoma que ayuda al diagnóstico y tal vez llegue la cura si las autoridades y la sociedad dejan de hacerse de la vista gorda. Así pues, también marchamos para dar una alerta.

Por otro lado, la marcha es una forma de recuerdo, de memoria histórica. Es una memoria viva que palpita y camina y por unas cuantas horas comparte sucesos: si mi primo fue desaparecido y no quiero que se olvide la infamia cometida, marcho para que entre todos los que tienen familiares desaparecidos y aquellos quienes se indignan, hagamos por un momento, un inmenso monumento humano a la barbarie. Marchamos para no olvidar.

Por último y porque no quiero extenderme más, quiero recordar algo que leí de Martín Luis Guzmán en la gran novela La sombra del Caudillo: “Al andar, Axkaná percibía el calor de los grupos, que se apretaban a ambos lados para abrir paso, y dominaba, gracias a su elevada estatura, el mar de cabezas. Se veía pletórica la sala hasta el último rincón; en la galería alta los delegados se apiñaban sobre la barandilla. Súbitamente, Axkaná se enterneció, aunque sin saber por qué. Mientras todos aplaudían y gritaban, él sintió que había mucho de conmovedor en aquella asamblea política de un millar de hombres cuyas carnes se cubrían apenas con ropas de manta; lo había también en la manera como las grandes ruedas de los sombreros de palma se agitaban en el extremo de algunos brazos, y lo había en el aplaudir de las manos obscuras — inciertas sobre el fondo azul de las blusas de cambaya, o precisas contra la blancura amarillenta de camisas y calzones — . Los rostros broncíneos expresaban de algún modo, dentro del marco de las cabelleras negras y apelmazadas, la alegría adivinatoria de una posible aspiración. “Sí — pensaba Axkaná — , esta es la aspiración que los políticos explotan y traicionan.”

Al existir un grupo motivado a salir a las calles por alguna causa, la aspiración que logra la unión por la mentada causa es inmensa. Puede ser explotada y traicionada, tal como lamenta Axkaná, pero en ese momento, en ese instante en el que marchas hombro a hombro con alguien lleno de aspiraciones, puedes sentir un poco de esperanza. No por nada Axkaná quedó enternecido por la alegría adivinatoria de una posible aspiración. Se marcha porque se necesita esperanza.