Boyhood

Para Jean-Luc Godard el cine es “una verdad 24 veces por segundo”, pocas películas se han acercado tanto a esta descripción como este filme de Richard Linklater. Desde la manera en la que es capturado en tiempo real el crecimiento de sus protagonistas hasta la propia temática que muestra un reflejo real y sincero de lo que es la vida misma y como esta cobra sentido a través del paso del tiempo.

La historia narra la vida de Mason desde los 6 hasta los 18 años en el momento en que ingresa a la universidad. Estos son los años más importantes, en los que se va construyendo y vive los sucesos que tendrán mayor relevancia en la formación de su personalidad y el camino que tomará en su vida futura. Mason pasa por una serie de cambios que lo van marcando; desde cambios de ciudad, de vida, de escuela y de figuras paternas que van desfilando delante de él.

La manera en la que Linklater aborda este proceso se ve reflejado tanto en las referencias históricas y de cultura pop que forman parte de la cotidianidad de los personajes, como en evolución de las actitudes y el crecimiento de los mismos; no solo los vemos crecer físicamente, lo cual es el más evidente y sonado mérito de la película, sino también madurar emocionalmente, lo cual ocurre incluso con la misma sociedad. Vemos como un pequeño niño que se preguntaba por como nacen las avispas pasa a ser un hombre en búsqueda de la trascendencia, del amor y sí mismo. A la par observamos como los miembros de una familia luchan por encontrar el equilibrio entre su vida personal y familiar lo que para ninguno es tarea fácil, pues aunque no tengan que sobrellevar ningún suceso extraordinario, es suficiente trabajo ser una madre soltera que trata de sacar adelante a una familia o ser un padre ausente que intenta restablecer una relación significativa con sus hijos o ser un adolescente lidiando con un mundo cambiante para encontrar el lugar al que pertenece. Todo esto mientras cada uno procura mantener vivos sus sueños y hacerlos realidad.

Linklater cuenta como la recepción de su película ante el público ha sido sorprendentemente particular para cada persona, cada quien ve en ella una historia diferente con la cual identificarse; algunos lo hacen con los padres, con el divorcio, con un padrastro alcohólico, con la búsqueda de una carrera, con las relaciones fallidas, entre otros. Esto demuestra como la esencia de esta película es de una índole completamente humana pues ¿cómo no identificarnos con nuestra propia naturaleza? Es de esta manera como podemos descubrir aquello que nos define; los propios personajes revelan su condición a través de la narrativa pues, incluso con los significativos cambios que atraviesan, podemos vislumbrar aquellos rasgos que los hace ser quienes son: las inquietudes y las motivaciones que se mantienen, las miradas que revelan sentimientos ocultos, las respuestas ante situaciones de conflicto y el inevitable “eterno retorno de lo mismo”.

Boyhood podría ser criticada por no contener episodios particularmente espectaculares, pero cuando cualquiera de nosotros se pregunta acerca de su niñez, de su pasado, puedo asegurar que los momentos que vienen a nuestras mentes son aquellos como los que esta película retrata de manera tan entrañable en sus 3 horas de duración; recordamos los episodios de nuestra vida que para otros pueden no ser algo relevante pero que marcaron algo en nosotros: el día que nos cambiamos de casa, un desastroso corte de pelo, un beso en la azotea, una pelea de nuestros padres, promesas incumplidas o el libro que leíamos por las noches.

Ver la riqueza en Boyhood es ver la riqueza del mundo que nos rodea día a día y la manera en que notamos la vida misma con el paso del tiempo; cuando volteamos la mirada y nos damos cuenta de todo que hemos logrado, lo que nos ha transformado o lo que hemos dejado atrás; así como la manera en que 12 años (o más) pueden pasar en un abrir y cerrar de ojos y la única forma de notarlo es por medio de sus vestigios. Eso es lo que captura Linklater y más allá de brindar respuestas o una simple experiencia cinematográfica nos confronta con las preguntas para evaluar nuestro propio recorrido a través de los años y con la invitación de permitir que los momentos “sencillos” que vivimos cada día sean los que se apoderen de nosotros.

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