El himno, los pitos y el dedo del necio


Pasó en 2009. Pasó en 2012 y volvió a ocurrir este sábado. Barcelona y Athletic de Bilbao se enfrentaban por tercera vez en seis años en la final de la Copa del Rey de futbol de España, y las aficiones de ambos equipos volvieron a silbar con gran fuerza la marcha real cuando esta sonó justo antes del encuentro. Todo ello, en presencia de Felipe VI, que se estrenaba como rey de España en una final de Copa. De su copa.

La noticia no agarró a nadie por sorpresa. Asociaciones nacionalistas e independentistas vascas y catalanas se unieron para repartir silbatos de forma gratuita antes del encuentro, para lograr aumentar los decibelios con los que silenciar el himno. Un himno que ya estaba previsto que sonara a un volumen atronador para tratar de sobresalir entre los pitos que se preveían. No funcionó. La música apenas era audible, tanto en el estadio como en televisión.

Las reacciones no tardaron en sucederse, si no es que ya se habían anticipado. El gobierno español emitió un comunicado condenando los hechos y anunciando que estudiará tomar represalias. El debate es el mismo de las otras ocasiones: ¿Se trata de libertad de expresión o es una ofensa a un símbolo? La respuesta es simple: ambas.

Silbar un himno es siempre una falta de respeto. Yo dudo que nunca lo haga, pero tengo amigos que el sábado se vaciaron los pulmones contra el himno español. Son gente con formación y con la cabeza sobre los hombros. No hablamos de fanáticos y ociosos descerebrados sin más ocupación en la vida que molestar. Para la mayoría de la sociedad española lo que ocurrió anteayer en, para más inri, Barcelona, la capital catalana, es una afrenta intolerable a un símbolo de la nación. En cambio, para una amplia mayoría de vascos y catalanes, como mis amigos, es, simplemente, una expresión de desacuerdo político contra lo que representa el Estado español.

Felipe VI, rey de España, y Ángel María Villar, presidente de la Federación española de fútbol, durante la emisión del himno. // Agencias.

Pero por supuesto que la intención es ofender. Y vista la reacción, el éxito es rotundo. Las vestiduras andan rasgadas en los fueros de opinión de la capital. Después del partido, una tertulia deportiva debatía sobre el asunto -que poco tiene que ver con fútbol-. En el programa se explicaba que la declaración de los derechos humanos reconoce el derecho a silbar un himno como protesta política, pero, como comentaba uno de los tertulianos, ese es un derecho que no está recogido en la Constitución de España. Las Sagradas Escrituras de los inmovilistas.

¿A quién va a sancionar ahora el gobierno? ¿Al FC Barcelona, que, aunque cedió su propio estadio para jugar, no era el organizador del encuentro? ¿A la Federación española de fútbol, que era quien lo organizaba? ¿A las casi 90 mil personas que silbaron? La polémica es absurda. Pero ya ha habido quien se ha acordado que en junio de 1925 las autoridades españolas ya cerraron el antiguo estadio del Barcelona durante tres meses por silbidos al himno español en un partido amistoso contra un combinado inglés. Efectivamente, parece ser que el ejemplo para alguna gente es lo que ocurrió hace 90 años durante la dictadura del general Primo de Rivera.

Pocos se han molestado en preocuparse del por qué de los silbidos. En entender que la voluntad de ofender no es gratuita, que la voluntad de ofender es un reflejo de la frustración que siente mucha gente en España ante la total y absoluta falta de sensibilidad y respeto de su propio gobierno para con sus distintivos elementos nacionales. Mientras el país gasta energías en debatir sobre sanciones absurdas y evocar tiempos peores, el problema sigue desatendido. Y es que ya lo dice el dicho: Cuando el sabio señala la luna, los necios miran el dedo. marcelsanroma@gmail.com


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