Fui a Europa a tomarme ‘selfies’

Un año después, escribo sobre viajar sola, defiendo las auto-fotos y te pregunto por tus recuerdos.


Nunca escribí sobre mi viaje a Europa. Fue uno de los viajes más significativos de mi vida, pero nunca escribí sobre él. No estoy muy segura del porqué. Pero hoy recuerdo mi viaje por dos razones: (1) fue hace exactamente un año y (2) vi un tuit donde el autor decía que sentía pena ajena de las personas que se tomaban selfies en los sitios turísticos. Y mirá después de pensarlo un rato, me di cuenta de que solo fui a Europa a tomarme selfies.

Mi viaje comenzó el 29 de mayo de 2014 y terminó el 18 de julio. En ese lapso, me fui sola 15 días a conocer París, Venecia, Roma y Florencia; y luego, acompañada, conocí Barcelona, Madrid, Bilbao, Santander, Pamplona y Bayonne. Cuando las personas se enteran de que hice una parte de mi viaje sola, de inmediato ponen cara de pánico, abren los ojos, se sorprenden y preguntan:

¿Y sí la pasaste bien?, ¿te dio miedo?, ¿no te sentiste muy sola?

En un principio no entendía por qué les parecía tan raro. ¿Piensan que hay que viajar acompañado para pasar un buen rato? …quizá se preocupaban por mi seguridad... o por mi falta de experiencia: nunca he realizado un viaje sola por Colombia como para que mi primera vez sea en Europa.

Solo unas pocas personas, al enterarse de mi viaje, abrían los ojos y se interesaban realmente por saber qué tanto conocí y cómo me sentí en esa experiencia tan liberadora. Usualmente son los que ya han tenido la fortuna de viajar solos. Porque en realidad es una fortuna. No hay mejor manera de conocerse a uno mismo que viajando solo.

4 de junio de 2014, avión del vuelo París-Venecia

Se pensaría que sí pero, a mis 20 años, nunca sentí miedo por mi primer viaje sola. Antes de irme de Colombia solo tenía miedo de que el avión se cayera y de que mi novio del momento me dejara por hacerme amiga de un mochilero pelilargo y bronceado que me invitara a recorrer el mundo con él (Nunca viajen solos a Europa teniendo novio). Ninguna de las dos cosas pasaron. Pero durante el viaje sí lamenté varias veces el no tener a alguien al lado: necesitaba quien me tomara fotos.

Mi relación con las fotos es simple: amo tomarlas y amo salir en ellas si salgo bonita. Desde los 14 años ya andaba en Cali con una cámara compacta Lumix tomándoles fotos a mis amigos mientras posaban con gorras Ed Hardy. Nada artístico. Luego, mis papás me regalaron una Sony Alfa 230 y esa fue la que me acompañó en el viaje. Pesaba, especialmente porque me tocaba cargarla todo el día en el cuello. Tomé 1.744 fotos en los 15 días que viajé sola. Y podría decir que el 5% de estas, son selfies.

Estas son tan solo algunas de mis selfies
Más selfies
Selfies acompañada
Hay que cambiar de gafas para que no se vean tan repetitivas

Las fotos, y en este caso, las selfies, son la evidencia para saber que sí estuve en esos lugares. Evidencia para mí, para nadie más. Hoy, un año después, siento que no fui yo la que recorrió todas esas ciudades desconocidas donde hablan idiomas inentendibles. Siento que no fui yo la que vio uno de los amaneceres más bonitos de su vida en Venecia, ni la que se enamoró perdidamente de los gelatos gigantes de Florencia. Y siento que tampoco fui yo la que viajó todo el tiempo en aerolíneas de bajo costo con una maleta más grande de lo permitido y nunca la pillaron. Solo las fotos me recuerdan que todo eso fue real. Solo las selfies, que en su momento me tomaba con vergüenza, son las que me transportan a ese lugar. Y son las que me recuerdan de que yo, hija única, nieta mayor y extremadamente consentida, fui capaz de alejarme de la comodidad de las cuatro paredes de mi cuarto y una cama doble, para irme a compartir una habitación en Venecia con 18 niñas y un solo baño.

Obviamente no todo fue fácil. No todo fue un paseo en bote por el Sena creyéndome Audrey Hepburn, ¿sabés? Ya estando allá sentí un montón de miedo. Especialemente en mi primer día en París: cuando me enteré que los mapas no son lo mío y pasé al menos cinco veces por una misma calle hasta que lloré del desespero. Pero en mi perdida monumental, encontré sitios divinos y recónditos dónde tomarme nuevas selfies, y los cuales nunca hubiera encontrado siguiendo las guías de viaje. Eso sí, las múltiples perdidas me hicieron caminar kilómetros que hasta tuve que comprar ibuprofeno en crema para el dolor de mis pies. El cual luego dejé en Venecia, junto a un par de cargadores, medias y mi reloj naranja favorito, porque me tocó hacer maleta en un cuarto a oscuras a las 5:00 a.m. para no despertar a mis 18 queridas roommates.

5 de junio de 2014, amanecer en Venecia.

Así que ya no, ya no siento pena ajena cuando me voy a tomar una foto en un lugar público. Tampoco me burlo de los otros que lo hacen. Es más, si veo a un grupo de gente muy encartado tomándose una selfie, hasta les pregunto si quieren que yo les tome la foto. En mi viaje amé a todos los que se ofrecían a hacerme el favor, así luego la foto quedara desenfocada o borrosa. Al final siempre es un recuerdo.

Pero todos recordamos de maneras distintas: una muchacha argentina, de Córdoba, que conocí en Roma, coleccionaba piedras de todos los lugares a los que iba; otro, un man de Beaumont TX (EE.UU), que conocí en París, compraba tres postales en cada ciudad a la que iba; y yo, mujer colombiana, de 21 años, de Cali, colecciono selfies. Y vos, ¿qué hacés para dejar la comodidad de las cuatro paredes de tu cuarto y construir recuerdos?

Si quieren ver más fotos de mi viaje y mi colección de selfies, pueden seguirme en Instagram.

Recuerden comentar lo que quieran (de estilo, de redacción, de forma, de lo que sea), recomendarlo, compartirlo si les gusta o si no les gusta para ponerlo de mal ejemplo. Sea como sea, gracias por al menos llegar hasta aquí y terminar de leer.

M.

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