La Muerte

Hablamos con mucha gente todos los días, hablamos de la vida, del día a día, de las preocupaciones, de la alegrías, de los buenos y malos ratos, de quienes se van y quienes se quedan a nuestro lado. Hablamos mierda también, nos reímos, lloramos, nos quejamos, pero solo cuando la muerte toca nuestra puerta, no precisamente para llevarnos a nosotros a un paralelo desconocido (si llegase a existir), sino simplemente para recordarnos que ahí está, que nunca se ha ido, que a veces se toma su tiempo y se lleva al menos esperado, y de paso arrasa con una parte de nuestro corazón sin más ni más. Es ahí cuando nuestras conversaciones toman un sentido diferente, por qué, porque sin querer son los momentos más difíciles los que nos van dando forma en la vida, los que nos generan un carácter y sobre todo nos dan la madurez para enfrentar todo lo venidero.

Y hago esta pequeña introducción porque en la última semana este parece ser un tema en común. Hace unos días estuve hablando con mi esposo y él me contaba una conversación con sus amigos acerca de mi (uno siempre cree que no, pero la gente lo ve a uno de formas muy diferentes y bonitas a veces), el caso es que en medio de dicha conversación salió a relucir mi mamá, doña Mercedes, aquella mujer que siempre se caracterizó por su temperamento fuerte y su bondad infinita. Mi esposo estuvo contando como fue su muerte, sus últimos días, y lo que juntos vivimos en casa, porque para él era bien difícil convertirse en un soporte inigualable cuando de momentos así se trata, cosa que en general y para todo mortal es bien difícil SIEMPRE, porque nunca hay palabras ni actos correctos para dar.

Cuando él comienza a relatarme su versión de la historia, vienen a mi cabeza muchos recuerdos de ella, algunos muy bonitos, pero la mayoría dolorosos, porque son del final de sus días. Llegan a mi cabeza como un reel de fotos, como pequeños flash backs que me hacen aguar los ojos inmediatamente. Siempre me hago la fuerte para no llorar, o al menos delante de los demás (como si fuera un delito), pero es que no poseo esa gran capacidad de llorar y que mi rostro no me delate por las siguientes 12 horas. Luego de no dar más resistencia a esas lagrimas apresuradas por salir, lo único que hago es tratar de sonreírle a mi esposo quien se queda mirándome mientras sigue su relato.

En realidad lo que dio esa estocada final para que yo decidiera dejar salir mis lagrimas fue lo que me contó sobre mi mamá cuando estaba a pocas semanas de irse de este planeta, de esta vida. Me dijo que un día de los que estuvimos visitándola en su casa, él estaba acostado en la cama al lado de ella viendo televisión, no recuerda qué exactamente, pero allí estaban los dos solos (seguramente yo estaba en el baño o en la cocina…), a él le encantaba acostarse al lado de ella cuando íbamos porque terminaban compartiendo cobija y él se echaba sus buenos power naps, pero este día fue diferente, allí estaban en silencio, atentos al tv, cuando de repente ella toma su mano suavemente, y cuando él la mira ella solo dice: “Cuídame a mi negrita”.

Él se queda en silencio (o eso me da a entender, porque no me dijo su respuesta), pero dentro de su cabeza comienzan a correr pensamientos y sentimientos de tristeza, de mucha responsabilidad, pero sobre todo, me dice él que entendió de la forma más clara y sencilla que ella estaba lista para partir en cualquier momento. Al parecer estaba tranquila de saber que aunque yo me había ido de casa sin casarme, lo que para mis papás era un total pecado, ahora estaba mucho mejor, mi calidad de vida había mejorado bastante y sobre todo, estaba feliz del camino que había escogido.

Yo nunca supe esto, mi esposo lo supo disimular y guardar muy bien, al parecer su carrera de actuación también le ha servido para “actuar de la mejor manera en el momento indicado” hasta esta semana que me contó. En general es un lindo recuerdo, es una buena noticia, y es un motivo para no dejar de creer que siempre hay alguien que está pensando en uno, y que en medio de su silencio busca que estemos bien.

Al principio dije que la muerte estaba por estos días como tema de conversación, y no lo dije solo por mi esposo, sus amigos y yo, también lo dije porque durante la misma semana hablando con un amigo mío, me mostró su artículo para el blog del periódico para el que ahora escribe y hablaba también de la muerte, lo tituló “Blackstar”, como el nombre del último álbum de David Bowie y narró la última vez que había visto a una de sus tías días antes de su reciente muerte, y esto lo enlazó con el mensaje que Bowie plasma en los temas de su álbum. Me sorprendió bastante lo que leí, su punto de vista sobre la muerte, y a su vez me hizo entender que esta hace de nosotros quienes hasta el momento somos, nos define.

Puede que no todo el mundo pierda a su mamá pronto, algunos tienen la oportunidad de disfrutarla por muchos años de su vida, pero siempre perdemos a alguien, como en el caso de mi amigo, como en mi caso y por qué no, como el suyo también; ya sea porque el otro fallece o simplemente las relaciones se disipan, pero al final solo quedamos nosotros, nuestras experiencias, nuestro amor para dar, nuestras esperanzas, nuestros sueños, las lecciones aprendidas, lo más sincero y puro que nace de nuestros corazones para ofrecer al mundo que continua. Ahora solo creo que no hay que desfallecer, simplemente seguir adelante es la opción; amar, perdonar, reír, abrazar, soñar y aceptar que todos partimos en algún momento, porque la muerte llama a nuestro turno sin previo aviso.

Zàijiàn!

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