Crónicas del ocio: lascivia

Primeros días de primavera. Cuando el sol llegue a su punto más alto hará demasiado calor como para tener la camisa puesta. Sin embargo, durante las primeras horas del día aún se siente el cadáver agonizante del invierno. Entre las ocho y las diez de la mañana, los cuerpos van cubiertos por suéteres. Después, nos despojamos de ellos como de una segunda piel. Yo, sentado solo en la cafetería. Pienso en nada mientras miro el horizonte. Y de pronto, cuando despuntan las 10:30, santo culo y santas tetas, benditas sean las blusitas semitransparentes y los pantalones ajustados que enfundan esas nalgas. Ella sale de la cafetería a la zona de fumadores moviendo el cuerpo con maestría. Contemplarla es una de las bendiciones más grandes que puedan existir. Qué sería del género humano si esas provocaciones no rondaran a la vuelta de cada esquina, qué sucedería con la lascivia creadora de vida muerta que nos aborda cada que un centímetro de piel se asoma debajo de un pantalón. Anarquía, caos completo. Se mantiene de pie junto a la mesa de un joven que fuma. Llega con una sonrisa en los labios que, tan cierto como que el sol sale cada mañana, es la misma que le decora el rostro mientras se desnuda. Lo sé porque su nombre es S. y he amanecido en su cama. Los hombros descubiertos que anticipan el pecado, la tira del sujetador a la vista de todos, esperando que los brazos suban para dejar al descubierto los músculos bien torneados de los hombros, los hombros que invitan al beso, a la caricia, a la mordida. Hombros perfectos que relucen bajo los tímidos rayos del sol de las nueve de la mañana con ese brillo que sólo la piel joven tiene. Y de pronto, la beldad de 20 años se levanta, con un movimiento elegante y una sacudida del culo se acomoda el pantalón y las miradas explotan sobre su cuerpo. El cabello cortísimo se mueve sobre su rostro, que no oculta la sonrisa de sus labios, los innecesarios lentes de sol oculten la sonrisa de sus ojos. Se sabe exquisita y lo disfruta, colocándose a contraluz una última vez ante las miradas hambrientas de los parroquianos que empujan un tercer café, ante las miradas cansadas de los estudiantes que no han dormido y la envidia de las pocas mujeres que están presentes. Luego, camina, se convierte en un mar de contoneos y desaparece del campo de visión de las miradas hambrientas.

El lugar queda vacío durante algunos minutos. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que otra chica, dispuesta a hacer su tarea y a fumar mientras tanto, se acomode un las mesas al aire libre. Breve tela suave que cubre su cuerpo, piernas blanquísimas, cabello aún húmedo y el sujetador a la vista. El vestido le dibuja el cuerpo de una manera exquisita. No lleva calzones. Breve visión de su espalda y los hombros al descubierto. La tela cae con delicadeza y, mientras se sienta, revela una porción aún mayor de sus piernas. El bronceado de sus brazos es un grito de auxilio, exige el contacto de unos dedos; la blancura de sus piernas llama al goce y el cigarrillo que se enciende en sus labios busca conversación. Sin embargo, la libreta y la computadora abierta espantan a los curiosos. No pasa mucho tiempo antes de que las conversaciones retomen su curso normal. Cuando se levanta a conectar el cargador de su computadora se olvida de todo y se inclina, cuerpo a contraluz, nalgas a la vista, de súbito su rostro enrojecido, pudoroso. Y labios que se muerden, piernas que se cruzan, sonrisas discretas. Los comensales están enloquecidos por la milagrosa visión de su cuerpo. Con gracia, acomoda su vestido, consciente de pronto de su brevedad. Sin embargo, se pone los audífonos y desaparece por completo, sumergida de lleno en su trabajo. Durante cinco minutos. Me es imposible no darme cuenta de que me mira a través del reflejo de su pantalla. Siento su mirada clavada en mi rostro y durante un par de segundos estoy en su lugar, soy su centro de atención. Sus manos recorren sus piernas con discreción, intento de darse calor. Y no puedo más que imaginar la humedad que en algún momento debe dominar su entrepierna, imagino el roce de sus vellos, la seda de su carne, el olor, dulce olor, de su cuerpo estremeciéndose ante la caricia. Conforme pasan los minutos y se olvida de la presencia del mundo, se pone cómoda en su silla. Sin darse cuenta, o tal vez con perfecta consciencia de ello, separa las piernas. Pero sólo veo su espalda y adivino la visión que nadie tendrá: delante de ella sólo hay sillas vacías. Adivino la suavidad de su piel al recorrer sus curvas con los ojos. Me deleito por última vez mientras la pálida luz deja entrever su pálida piel a través del vestido, sólo para reaparecer al final de la tela. Es una fortuna observar esas nalgas que se alejan con un suave movimiento, cubiertas apenas. Nunca sabré su nombre.

Tras su partida, la soledad de los que observan dura media hora. Poco a poco, el lugar comienza a llenarse de estudiantes. Altos, chaparros, cabrones evidentemente drogados, jóvenes que no han dormido en días. Y entre todos, ella destaca. Pasan los minutos y apenas se sienta, se convierte en el centro de atención. Tiene la piel apenas morena, color café con leche, y unas piernas suculentas. Viste un vestido rosa y no se despega de su teléfono. Cruza las piernas con delicadeza mientras juguetea con los dedos de sus pies y graba mensajes en inglés. Lentes oscuros le cubren el rostro. Mientras conversa, su vestido escala posiciones. Se recorre sobre sus piernas Se levanta de la silla y se acerca al barandal, donde coquetea con un joven que prefiere poner atención a su comida. Mientras, ella juega con su vestido, deja su piel al completo descubierto, y una ráfaga de aire enviada por los mismísimos dioses le levanta la falda, para el deleite de todos los presentes. La visión de su pubis, cubierto por una pantie color carne que se nota delgadísima, el suave bulto que los vellos de su coño provocan en él, la lechosidad de sus muslos y sus mejillas que se encienden durante el breve instante que le toma aplacar su ropa. Suelta un grito levísimo. Las manos de Rosa suben por su cuerpo, tratan de descubrirle la espalda, de arrancarle el suéter que esconde la piel de su cuerpo al contacto del sol. Su acompañante prefiere la zanahoria y mastica sin delicadeza. De pronto, en un acto de la más hermosa lascivia, el joven coloca la verdura frente a Rosa, que separa sus labios pintados del color de su vestido para recibirla. Muerde con cuidado, mastica con lentitud. Hay un erotismo implícito en cada uno de sus movimientos, y dura apenas diez segundos, lo que le toma tragarse el bocado. Luego, se levanta con gracia, recoge su mochila y desaparece, dejando un suspiro a su paso.

A ciertas horas, la cafetería se convierte en un campo de batalla en el que las mujeres pelean sin dirigirse la palabra o siquiera ser conscientes de ello. Por ejemplo, las conversaciones que se detienen cuando, llamémosla Eva, entra. Es la sensualidad encarnada. Lleva el torso semidesnudo, su vientre plano a la vista de todos. El cabello sobre su cuerpo en una única y larga trenza. Tiene la piel tostada por el sol, y le cubre el pecho un crop con un patrón que busca ser prehispánico. Lleva delineados los ojos y un levísimo carmín en los labios. Debajo de la ropa no hay nada, sólo carne que se adivina fogosa. Sus pantalones son elásticos, de esos que ofrecen comodidad a las mujeres sin descuidar su figura. Así lo atestiguan sus nalgas, dos montes de carne perfectos que rebotan con suavidad a cada paso que da. Sus pechos, sin embargo, están bien sujetos por el top. Sonríe con unos labios perfectos. Los lleva pintados de rojo. Lleva su cuerpo como algunas personas llevan un Rolex; con orgullo, se pavonea entre las mesas, entra, sale, enciende un cigarrillo y lo fuma con calma. Mientras, mantiene una conversación que no alcanzo a escuchar, aunque no estoy muy interesado en hacerlo. La miro alejarse casi con tristeza. Hay un tipo de silencio que sólo el sonido de veinte conversaciones al mismo tiempo pueden generar. Eso, y la música de fondo, es lo único que quedan después de ella.