Brindis al fanatismo
Al igual que muchos otros ciudadanos españoles, yo tampoco pude acudir a la manifestación contra el terrorismo y la barbarie que tuvo lugar en la Ciudad Condal. Por ello, conecté la televisión y cuál fue mi sorpresa al ver que la cabecera de la manifestación (en la cual se ubicaban, entre otros, el Presidente del Gobierno y sus ministros, S.M. el Rey Felipe VI o el Presidente de la Generalitat de Catalunya) se encontraba atorada entre “estalades”, gritos contra las autoridades (españolas, por supuesto) y carteles contra el Rey de España. Es por ese motivo por el que decidí, en medio de la pólvora de las redes sociales, compartir este tuit que expresaba en aquel momento mi indignación:

La reacción no se hizo esperar. A pesar del enorme apoyo que tuvo el tuit, los insultos por parte del colectivo independentista comenzaron a caer como el granizo. A palabras como “escoria” o “feixista” le siguieron otras no menos mal sonantes. No es menos cierto que ya nos tienen acostumbrados a este tipo “defensa ideológica”.
Sin embargo, entre tanto insulto y descalificación pude apreciar vagamente cuáles eran los argumentos sobre los que se sustentaba el apoyo a los portadores de esteladas y también a aquellos que gritaban con todas sus fuerzas contra los representantes de nuestras instituciones democráticas.
Estos eran básicamente dos: la estelada representa a los catalanes que solo se sienten catalanes, al igual que la bandera española (que también hubo algunas) representa a los “españolistas” (expresión literal de los tuiteros independentistas); y por otro lado, que estos actos constituyen manifestaciones de libertad de expresión surgidos espontáneamente.
Pues bien, a continuación procederé a desmontar ambos argumentos.
En un primer lugar, la afirmación de que la estelada representa al pueblo catalán es una afirmación absolutamente falsa. La bandera de Catalunya es la senyera (las cuatro barras rojas sobre un fondo amarillo). La senyera es histórica y oficialmente la enseña oficial del pueblo catalán, al igual que las siete estrellas sobre un fondo rojo constituyen la bandera oficial de los madrileños (entendidos estos por los habitantes del conjunto de la Comunidad de Madrid).
Un catalán que se sienta únicamente catalán puede identificarse perfectamente mediante la senyera, al igual que un catalán que se siente solo español puede sentirse representado por la bandera rojigualda. Y del mismo modo, un ciudadano que tenga sentimientos compartidos puede sentirse cómodo con el símbolo de su comunidad, con el de su país, o con ambos a la vez. ¡Incluso quiénes se sentían simplemente barceloneses portaron los colores de su ciudad! Banderas oficiales en cualquier caso.
La estelada, por tanto, no es un símbolo oficial de los catalanes y se configura como un elemento de corte ideológico con sus diferentes matices (la estelada blava o la estelada vermella). La presencia de la estelada en la manifestación del “No Tinc Por” tenía por tanto el mismo sentido que el que habrían tenido los banderines de mítines del Partido Popular, de Ciudadanos o del PSOE. Es decir, ninguno más allá del intento de politizar una manifestación a favor de las víctimas y contra el terrorismo.
En otro orden de cosas, en lo que respecta a la libertad de expresión, creo que no miento si afirmo que en España una amplia mayoría social considera a este derecho consagrado por la Constitución de 1978, como uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta una sociedad democrática. El problema no residió en la libertad de expresión o en su posible obstrucción sino en el intento de politizar una manifestación que no entendía de procesos independentistas, ni de pugnas entre gobiernos autonómicos y centrales.
La manifestación del “No tinc por” de Barcelona fue la culminación de la destrucción de la unidad política en torno a la lucha contra el terrorismo internacional. No era libertad de expresión porque esa manifestación no reivindicaba aspiraciones secesionanistas. No era libertad de expresión porque mientras unos maleducados reivindicaban el enfrentamiento y la provocación, una inmensa mayoría reividicaba la vida frente a la muerte. No era libertad de expresión porque si hubiera sido así los independentistas no habrían expulsado a un grupo que portaba banderas españolas y una pancarta de apoyo al Jefe del Estado español.
Y finalmente, no era libertad de expresión porque esa supuesta espontaneidad de la que algunos hacían gala se disipó al conocerse que la Assemblea Nacional de Catalunya, junto a otras entidades, habían ordenado a sus militantes que llevaran esteladas a la manifestación contra el terrorismo y también habían intervenido en la ordenación de los manifestantes colocando a los que llevaban estaladas justo detrás de la cabecera.

¿Casualidad?
Por tanto, una vez conocida la argumentación me reafirmo en lo que expresé en el tuit. Pues en medio de la consternación por el dolor y mientras todos los partidos a nivel nacional (incluyendo los de ideologías más dispares) mostraban una imagen de unidad, parte del mundo separatista utilizó la manifestación para sus fines ideológicos. Asímismo, dicha manifestación sirvió para encubrir una encerrona en toda regla al Rey de España, a las autoridades estatales y en definitiva, a todo aquello que lleve la palabra “España”. Es el odio lo que los mueve.
Afortunadamente fueron muchos los medios de comunicación internacionales que captaron el momento y lo titularon como merecía. Un ejemplo muy claro lo encontramos en la portada de hoy del diario italiano La Repubblica, que no duda al tildar a los nacionalistas de egoístas e insolidarios. No todo les salió a pedir de boca.

El espectáculo de ayer fue la prueba más palpable de que las calles en Catalunya están tomadas. Desgraciamente no están tomadas por la libertad o por la fraternidad, sino por el fanatismo; por el desprecio al diferente. Y este proceso totalitario de conquista ha sido evidentemente catapultado por las autoridades autonómicas y potenciado por un sistema de educación cuyo fin primordial ha sido, desde el restablecimiento de las instituciones de autogobierno, la creación de “un nou país”.
En la cultura popular catalana se han manejado dos conceptos contradictorios desde antiguo: el “seny” y la “rauxa”. Son contradictorios porque mientras el “seny” ha estado tradicionalmente asociado al sentido común en nuestra lengua castellana, así como a la mesura y a otros valores como el pactismo catalán, la “rauxa” implica “arrebato”, arranques o actos impulsivos e irreflexivos.
No me considero un experto para afirmar si desde hace al menos cinco años, buena parte del pueblo catalán vive o no en una rauxa permanente. Tampoco creo que ello tenga relevancia. Lo que realmente tiene relevancia es que mientras en las calles unos catalanes (“los buenos catalanes”) intentan expulsar, humillar y despreciar a otros que piensan diferente (“los malos catalanes”), las autoridades que hoy se sientan en la Plaça Sant Jaume se regocijan al saber que su objetivo desde hace más de 30 años se ha cumplido. Por fin viven en una sociedad polarizada y enfrentada en la que una mitad de impone a la otra.
El reto que España y los españoles tenemos para con Catalunya y su libertad es quizás el mayor desde la culminación de la Transición democrática, pues consiste ni más ni menos que en devolver a esta tierra abierta, sensata y de oportunidades a la senda de la tolerancia, el respeto y la fraternidad.
Y ese reto se tiene que construir como se construye un “Castell”: “Fent Pinya” (haciendo piña), arrimando el hombro, con apoyo mutuo, solidaridad y generosidad. Pero también haciendo frente al totalitarismo, con la libertad como bandera y la igualdad como himno.

De la Ley a la Ley.
