Reportaje
Los pequeños campesinos alimentarán al mundo
Marcos Gibrán Mena (@ElGibsteria)

Agronegocios: incapaces de alimentarnos
“Cuando nos organizamos, el gobierno nos mira como si fuéramos el enemigo, como si les fuéramos a quitar el bocado de la boca”.
Pedro Torres Ochoa cultiva manzana y cría cabezas de ganado. Dirige el Frente Democrático Campesino (FDC) en Chihuahua. Con menos de cinco hectáreas de tierra como propiedad, es lo que se considera un “pequeño productor”.
Asistió ayer al lanzamiento de la campaña Valor al Campesino, convocada por las organizaciones ANEC, Ashoka, Semillas para la Vida, Fundar, El poder del Consumidor y Subsidios al Campo.
Pero no son los pequeños productores quienes quitan el bocado a nadie. La Organización Alimentaria y Agrícola de las Naciones Unidas (FAO, por sus siglas en inglés), detalla qué negocios nos matarán de hambre y sed en 50 años.
Para el 2015 se necesitará producir 1 billón de toneladas más de cereal al año y 200 billones de toneladas más de carne para satisfacer la demanda de la población mundial.
Además, los agronegocios que siembran industrialmente, en superficies de cientos o miles de hectáreas, usan el 70 por ciento de la extracción mundial y el 90 por ciento de su consumo (el agua que no regresa a mantos freáticos): a este ritmo la agroindustria nos va a matar de sed.
También provocaron en las últimas décadas desplazamientos masivos de entornos rurales a ciudades. En las grandes ciudades no cabe un alma más.
En un discurso pronunciado a finales del año pasado en Roma, Hilal Elver, delegada especial para el derecho a la alimentación de la Organización de las Naciones Unidas, asegura que las corporaciones industriales agrícolas no sólo producen perjuicios ambientales y sociales, sino que ni siquiera son capaces, juntas, de alcanzar la demanda mundial de alimentos.

Contrario a las políticas de desarrollo internacionales en décadas pasadas, que aseguraban que bastaba la capitalización de grandes industrias para satisfacer la demanda, la Organización Alimentaria y Agrícola de las Naciones Unidas (FAO, en inglés) sostiene lo contrario.
“La agricultura moderna, que comenzó en la década de los 50s, requiere más recursos, es muy dependiente de combustibles fósiles, usa fertilizantes y está basada en producción masiva. Esta política debe cambiar”.
El informe detalla cómo los subsidios agrícolas globales se asignan a grandes corporaciones y exige cambiar estas políticas. Es una cuestión de seguridad global.
“Evidencia científica y empírica muestra que los pequeños productores se alimentan a sí mismos y al mundo. De acuerdo con la FAO, 70 por ciento del consumo global proviene de pequeños productores.
“Esto es crítico para las políticas de producción en el futuro. Actualmente los subsidios van a dar a grandes agronegocios. Esto debe cambiar”.
Valor al Campesino exige a la Asamblea Legislativa tomar en cuenta las demandas alimentarias globales y a los ciudadanos revalorar a quienes los alimentan: los pequeños productores.
Los campesinos mexicanos, aseguran estas empresas, fueron considerados por los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y subsecuentes no como sujetos productivos, sino como pobres, agricultores que no podían competir y debían ser “ayudados” con programas asistenciales en su tránsito a un “mejor futuro” en entornos urbanos.
La asociaciones exigen, entre otras medidas, reducir los topes de hectáreas para apoyos productivos a menos de 80 hectáreas para incluir pequeños productores, además de reencauzar los subsidios asistenciales como incentivos productivos.
Sobre todo, exigen que la sociedad civil reconozca a los campesinos mexicanos no como los pobres a los que hay que mirar con lástima ni como los campesinos de los que hay que quejarse cuando marchan en las ciudades, sino como los productores que nos alimentarán en el futuro.
EL TLC y la “extinción” de la pobreza
El 12 de agosto de 1992, el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, pronunciaba un discurso triunfante durante la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.
“Promoveremos que los beneficios del Tratado lleguen a todas las regiones del país y a todos los sectores productivos; es decir, a todas las familias. Y para eso tenemos que seguir saneando nuestra economía y hacer crecer la infraestructura de comunicaciones, carreteras, servicios y que lleguen empresas e industrias a donde vive la gente.
Con esto se propiciará un desarrollo más equilibrado, se fortalecerá nuestro mercado interno y lo más importante, se promoverá más justicia a lo largo de nuestra patria”.
Salinas se ceñía con la firma de este tratado a un modelo desarrollo calificado hoy por académicos como “desarrollista”, la idea de que a México le faltaba dejar las técnicas de cultivo tradicional y llenarse de industrias para desarrollarse, es decir, para parecerse a los países de la Unión Europea: para triunfar.
En la cultura popular, este modelo significó el desprecio por los campesinos: demográficamente representados por descendientes de indígenas que vivían y viven en ambientes rurales. Se les oponía la imagen del criollo urbanizado e industrial.
Para muchos, el campesino indígena se convirtió o se consolidó como el enemigo a combatir: los jodidos, la pobreza, la “indiez”, la “indiada”, la “naquez”.

Beneficiados por subsidios actuales en México: 30 empresas, las elecciones y el narco
En el mundo, 70% de la producción depende de pequeños campesinos. Al mismo tiempo, la mitad de los 800 millones que padecen hambre son, precisamente, pequeños productores.
Pierden sus productos debido a desplazamientos, desastres naturales o simplemente porque no tienen a quién venderla ni cómo transportarla.
Veinte años después de la firma del Tratado de Libre Comercio, la situación del campesino mexicano es la siguiente:
“Un indígena que tiene una hectárea recibe mil pesos de apoyo. Con 500 hectáreas te dan entre medio y un millón de pesos”, explica Pedro Torres, dirigente del Frente Democrático del Campesino de Chihuahua.
Dedicado al ganado y a la producción de manzanas, Torres explica cómo con la firma de TLC-AN el precio de referencia del maíz, que era fijado de acuerdo al tiempo y otros recursos invertidos en su producción local, fue fijado por los precios del mercado internacional.
Pero Estados Unidos, por ejemplo, sobre produce intencionalmente maíz para abaratar los costos y para usar el excedente en biocombustibles y derivados del maíz que van a dar a la catsup y otros productos chatarra.
De acuerdo con las asociaciones que convocaron a la campaña, los programas gubernamentales han fracasado.
Citan como motivo principal la orientación asistencialista: 1570 municipios son dependientes de los recursos de SEDESOL.
El pequeño productor es considerado un “pobre” al que se le tiene que dar limosna. Publicaciones nacionales documentan cómo cada temporada de elecciones como estas limosnas son usadas por todos los partidos políticos con fines electorales.
De acuerdo con Víctor Suárez, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC), en México son 30 empresas, encabezadas por Nestlè, quienes se benefician de programas de subsidio a la producción agrícola.
A la imposibilidad de los pequeños agricultores de competir con grandes capitales agroindustriales siguió el desperdicio de 30 mil toneladas de productos alimentarios diarios. Es el 38 por ciento de la producción nacional.
Por ello, las últimas tres décadas vieron migración masiva de ex campesinos a Estados Unidos, donde son contratados por empresas estadunidenses en condiciones inferiores a las exigidas por ley.
La simple asociación de muchos productores no es una solución: hace falta que, además de producto, tengan dinero para gastar en combustible y, sobre todo, en bodegas.
Tras pagar a los transportistas menos del 50 por ciento del valor de los alimentos, los bodegueros de la Central de Abastos imponen los precios a los productores a cambio de almacenar toneladas en sus instalaciones con refrigeración.
Quienes no pueden huir al otro lado tienen otra “opción”: migrar dentro del país y contratarse para grandes empresas mexicanas en condiciones inhumanas, como en San Quintín o mineras como la que antecedió a Palo Alto.
Quienes aún no han podido ejecutar ninguna de estas rutas de escape tienen sólo una tercera opción: contratarse como sicarios del narco.
“Hay que sembrar para evitar que nos siembren cadáveres”. La voz es de Arnulfo Melo, presidente del comisariado del ejido de Santa Ana Tlacotengo.
Es licenciado en contaduría, pero hace años decidió que prefería no lidiar con el estrés de la ciudad y vivir de sus productos.
“El secreto es unirse con otros y la diversificación. Al sembrar nopal, maíz, calabaza y otros cultivos la tierra no se seca y el producto es saludable sin necesidad de fertilizantes. Si no se vende un producto, podría venderse otro”.
Con lo que obtiene de su milpa y de la colaboración con otros ejidatarios envía a sus dos hijos a la escuela y tiene tiempo para su propia recreación.
“Pero la mejor escuela es la milpa. Si tú vas a un kínder tienen un arenero para que los niños jueguen con tierra. Yo los llevo a la milpa y les enseño el valor de la tierra, porque significa mucho, y no defiendes algo que no significa nada para ti”.