Mi madre, la que me abrazó para curar un mal de amor


Hace nueve años una dama rompió mi corazón. Mi madre, sin hacer preguntas, vino a casa; me abrazó y dejó que llorara para que en las lágrimas corriera la tristeza de ese amor perdido.

Nunca me pidió explicación, solo me apoyó para que me levante de una caída que solo lastimó la piel de mi alma. Mi madre siempre me ha mimado, no lo niego; pero también me formó en el buen hombre que ella cree que soy.

Mis tres hermanas suelen tener un poquito de celos cuando «el mijito querido» regresa a casa. La verdad es que mi madre nos ha cuidado siempre a todos por igual y a todos nos forjó para que enfrentáramos todos los obstáculos.

Ahora ella nos ha puesto una prueba. Quiere que estemos a su lado mientras descansa por unos momentos su mente. Y aquí estamos, recordándola con sus ocurrencias, alegrías, tristezas.

No ha despertado aún, pero tomamos su mano y nos reconoce; el amor de madre es fuerte. Estamos en la sala de espera del hospital, esperando que los designios terrenales permitan encontrar una cama en Neurología y que el cielo la cuiden hasta cuando despierte.

Hace una semana mi madre vino a casa. Me vio feliz en mi vida y le agradecí por todo lo que había hecho. Dos semanas antes regresé a Quito y ella estaba contenta que su «mijito» estaba en casa.

Ya no necesito abrazos para olvidar un amor, ahora solo quiero su abrazo para que ella me diga que está bien.

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