REENCUENTROS CON EL AGUA DERRAMADA: 
BREVE RESEÑA DE LA MEMORIA FRÍA DE GUSTAVO MONGE

La imposibilidad de la memoria ha sido uno de los problemas fundamentales de los estudios de cultura. Su abordaje es complejo y un montaje escénico, por lo tanto, aspiraría a serlo también. Sin embargo, La memoria fría, dirigida por Gustavo Monge, busca una propuesta simple y de alta rigurosidad para envolver al espectador en un caso, estilo film noir, de reconstrucción de un acontecimiento. La obra sumerge al espectador en la premisa de reconstruir la memoria colectiva de un grupo de amigos. Este tema, ampliamente tratado por la neuropsicología, apunta a que los recuerdos se construyen con base en otros recuerdos, dicho de otro modo, la memoria se asienta sobre un invento creado a partir de un hecho inicial. Recordamos lo que queremos y más específicamente lo que necesitamos escuchar.

La obra reúne a cuatro personajes en un espacio que por apariencia es un garaje o un sótano en donde buscarán, entre todos, recrear un acontecimiento. La plástica escénica acompañará a la premisa al proponer signos que remiten directamente a la memoria o a las relaciones personales: el color amarillo como catalizador de la alegría y a la misma vez de los celos; y los objetos acuáticos que portan los actores como programador de lectura hacia la memoria y el olvido. El diseño espacial es un conjunto cerrado y simbiótico con los objetos. Las sillas hechas con llantas y baldes exacerba el hule como material, la sala inclusive apestaba a caucho, lo cual invita a involucrar otros sentidos que típicamente se duermen en el teatro.

Si bien es cierto que la lectura de los elementos en escena puede ser críptica para el espectador, es mandatorio que los directores procuren enhebrar un significado complejo que obligue a consultar diccionarios semióticos o a la cultura popular/tradicional. De alguna forma esto involucra al espectador activamente hacia una comprensión o lectura de la puesta en escena; a la misma vez propone un viaje para la obra, lejos de las tablas y hacia la memoria o capacidades cognitivas del público.

A diferencia de La noche árabe, esta nueva propuesta de Monge trabaja mucho más a los actores y explota sus virtudes en escena. Sobresalen las actuaciones de Laura Cordero y de Pablo González; Estefan Esquivel, también, hace un trabajo respetable sin embargo, Madelaine Garita se veía nerviosa e insegura; probablemente por nervios de estreno o coacción de la mirada externa. El texto es complejo, se aplaude el esfuerzo de sostener una puesta larga y difícil; se aplaude también la dirección actoral. A manera de evaluación, sería interesante volver a observarla más adelante en la temporada cuando la obra evolucione en los cuerpos de los actores.

La puesta en escena propone y concreta desde todas sus aristas. Es un logro sobresaliente en la maquinaria del teatro costarricense contar con colaboraciones extranjeras y corresponder con tan alto talento nacional. El tema se entrega al espectador nublado por una historia de encuentro y desencuentro entre los personajes que al final de cuentas será el vehículo para problematizar los recuerdos. Un vehículo hecho con llantas, flotadores, una sombrilla y una manivela que será una metáfora del cuerpo del actor en la comunión apoteósica del teatro.

Función: jueves 27 de abril, Teatro Universitario, 
Universidad de Costa Rica.