Vivir de escribir

No debe existir tarea más gratificante y a la vez agotadora que la de vivir de escribir. En parte por lo que ya se conoce: la espera, los pagos magros, los trabajos gratuitos, el eterno “derecho de piso”. Todo por el precio de escribir, de haber nacido con ésa única condición, que no es ni una útil habilidad para los números ni un talento envidiable de esos que hacen que tus padres manden a callar a todos los parientes en reuniones familiares. Es un hábito silencioso, que a decir verdad, se construye con más trabajo que vocación.

La tarea de escribir, el oficio de escritor, es ingrato y solitario. Es liberador, pero más de una vez, constituye una carga. Los que escribimos — al igual que aquellos que dibujan-, afrontamos todos los días ése peso sobre los hombros que son los demás cuando creen que deberías estar detrás de un escritorio en una oficina pública, haciendo algo para contribuir de alguna manera a la sociedad. A menudo nos enfrentamos con diálogos que por una simple y gloriosa casualidad no terminan en pleitos callejeros con desconocidos:

— ¿A qué te dedicás?

— Escribo.

— Ah. Pero ¿de qué trabajás?

Y así vamos, con más voluntad que dones divinos, con más trabajo duro que inspiración. Todo eso muchas veces por nada. O por unas pocas migajas que apenas si alcanzan para pagar el alquiler, mientras vivimos soñando que cada vez se sumen más lectores, que cada vez se viva más de aquel arte que nos gusta simplemente porque sí.

Vivir de escribir quizás no sea la aspiración correcta, quizás no sea ni un sueño para pretender alcanzar. La clave para sobrellevar el asunto está en vivir escribiendo, lo demás, vendrá solo.

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