María Love
Aug 25, 2017 · 6 min read

24/08/17: El comienzo del viaje

Me voy de viaje a España.

El objetivo es investigar la historia de mi tatarabuela anarquista, y empezar a desarrollar un proyecto documental sobre ella.

Se dice que Josefa o La Josefona, como la apodaron sus hijos, era una campesina de Cobrana, León, que de joven se subía todos los días a su caballo para ir a la escuela, que quedaba a unas horas de distancia.

Se casó y enviudó joven. Se hizo cargo de los viñedos del marido y de la producción del orujo, una especie de aguardiente española.

Josefona había aprendido a leer y escribir en la escuela, y los vecinos del pueblo le tocaban la puerta para que les escribiera las cartas y les leyera periódicos.

El cura del pueblo la odiaba, porque en los periódicos había ideas revolucionarias.

Dos de sus hijos, Ana María y Ángel, vinieron a la Argentina. Ana María, mi bisabuela, dejó a su madre a los 16 años y nunca pudo volver a España. Se dice que lloraba por los rincones porque extrañaba a Josefa y su tierra natal.

Ana María, mi bisabuela, hija de Josefa.

Ana María hacía que sus hijos, Ángel, Josefa, José y Anatilde, le escribieran a su abuela Josefa. Ellos le escribían y leían sus cartas, se imaginaban a su abuela. A los pocos años subió Franco al poder y el flujo de cartas empezó a interrumpirse. Llegaban cada seis meses, y venían censuradas, párrafos enteros tachados con tinta negra. Las leían a contraluz, me contó Anatilde, mi tía abuela.

Me dijo, también, que un día de Navidad, varios lustros después, Ana María se levantó angustiada, y dijo: “Murió mamá. Estoy segura”. Meses después, demorada por la censura, llegó la carta que confirmaba la noticia: Josefona había muerto el 25 de diciembre.

Con los años, Ana María murió también, pero las cartas siguieron circulando: Ángel y Anatilde se carteaban con sus primos de España, y más tarde mi mamá Graciela, hija de Ángel, comenzó a escribirse con su prima. Esta prima recibió también el nombre de Anatilde, un homenaje de su madre a su prima argentina, que conocía por carta, de toda la vida.


Las visitas también se sucedieron. Mi abuelo Ángel los visitó hace 30 años, mi tía abuela hace 20, y mi mamá fue la siguiente, 10 años atrás. En ese viaje, mamá conoció a Anatilde (la española) y a su marido Bernardo. Ellos viven en Bembibre, muy cerca de Cobrana, el pueblo de Josefa, y le contaron la historia, que para mí era desconocida:

Un día, al final de la guerra civil, los soldados de Franco llegaron a Cobrana. Fueron directo a la casa de Josefa, seguramente el cura del pueblo habría delatado la orientación anarquista de la familia. La Josefona estaba sola en casa y se estaba bañando. Al escuchar que penetraban en su casa, se escapó por una ventana, o por la puerta de atrás. No llegó a vestirse, sólo escapó, y se escondió desnuda en el monte nevado. Esperó a que se fueran escondida, muerta de frío, pero sobrevivió, y volvió a casa una vez que los soldados se fueron.

Cuando mamá terminó su relato, me quedé helada:

La única militancia que practiqué en mi vida fue a los 19 años, en una agrupación anarco comunista. El comunismo libertario fue la única idea en la que creí lo suficiente como para comprometerme. Y vengo a enterarme de que a mi propia tatarabuela casi la matan por ese mismo pensamiento. ¡Qué maravilla, todo cobra sentido!

Es un poco gracioso cómo nuestros antepasados pueden legitimar casi cualquier aspecto de nuestra personalidad, incluso una idea que creíamos un capricho adolescente.

La historia de la Josefona me sacudió hasta los huesos, siempre me había interesado la guerra civil española y, de golpe, sentía que la sangre justificaba toda esa pasión. Sin embargo, no fue hasta el año pasado, cuando me prestaron un libro sobre el tema, que se despertó esta idea en mí:

Quiero hacer un documental sobre Josefa, La Josefona, mi tatarabuela anarquista que sobrevivió el franquismo, y sobre muchas otras mujeres que vivieron cosas similares.

Visité a mamá y le pedí un poco más de información. Ella no sabía, y decidió llamar a mi tía abuela Anatilde, la argentina, que es la nieta de Josefa, la que le mandaba cartas de chiquita. Esto es lo que pasó:

Bueno, al parecer hay otra versión de la historia. Una diferente, en la cual no hay monte, ni nieve, ni baños, ni desnudez.

Qué maravilla, pensé: nadie sabe bien qué pasó. Es un misterio. Ahora quiero hablar de las historias familiares, de cómo se deforman y llegan a nosotros en forma de mitología.

Hace un mes, con mamá, llamamos a Anatilde (vamos a ponerle Anatilde 2), su prima, la española. Anatilde 2 es la señora más dulce en el mundo. Se ofreció recibirme en Bembibre, un pueblito de menos de 10 mil habitantes en la comarca del Bierzo, muy cerca de Cobrana, donde vivió La Josefona. Que no me preocupe, me dijo, ellos me dan cama y comida. Que quieren conocerme. Que venga mamá conmigo. Mamá no va porque no tiene plata. Anatilde 2 le dice que se apure a volver, que ellos están viejos. Nos parte el corazón.

En este momento me doy cuenta de que tengo que viajar ya, pronto. Es importante.

Necesito plata, pasajes, una cámara, alguien que me riegue las plantas. No conozco Europa, no puedo volver a Argentina sin visitar algunas ciudades. Necesito un plan. Los días empiezan a pasar, entre vorágines laborales para juntar plata y miles de libros sobre la guerra civil.

Hoy pasó un mes de ese día. Tengo pasajes. Salieron muy baratos y tienen un montón de stop overs. Voy a viajar por primera vez a Europa, a mis 31 años.

Me voy dos meses. Paso por Amsterdam, Berlín, Madrid, León, Barcelona, Galicia, País Vasco, París y Londres. Quisiera ir a Toulouse, refugio francés del exilio anarquista, pero no sé si llego con la plata.

Leyendo tres libros a la vez, visité bibliotecas anarquistas, hablé con amigos españoles y argentinos que saben un poco más. Contacté anarquistas de Barcelona y conocí a Rulo, un amigo del cual ya les voy a hablar.

Dejo a mi novio acá, eso duele.

Irse de viaje es como planear la propia muerte.

Dejo tantas cosas y personas… Vendo ropa. Vendo libros. Vendo todo. Arreglo mi casa para que la ocupe alguien. ¿Quién puede querer quedarse con esto?¿Qué necesitaría alguien que fuera a quedarse en mi casa? ¿Qué cosas se venden, cuáles se regalan y qué es lo que voy a tirar? Al final, parece que sin uno, las cosas propias pierden valor. Valor de uso, valor de cambio. Qué curioso es el ser humano.

En mi cartera siempre va Peirats, el obrero que escribió la historia de la Guerra Civil desde la mirada anarquista mientras cosía pantalones con su compañera para ganarse la vida.

Leí sobre la CNT y la creación de la FAI en un día de excursión, entre militantes desnudos jugando y comiendo paella en las playas de Barcelona.

Leí sobre la defensa de la república en Barcelona y Madrid.

Leí sobre las colectivizaciones agrarias.

Leí cómo los anarquistas accedieron a tomar ministerios, lo cual era en contra de sus ideales, pero una necesidad ante la avanzada socialista y comunista. Entendí al ser humano detrás de esas personas y vi cómo, aún tomando el poder, encaraban medidas grandiosas como liberatorios para prostitutas y ley del aborto.

Leí que las medidas desde el gobierno son difíciles, porque la burocracia impide muchas veces que estas se lleven a cabo, y mucho más en plena guerra, cuando el tiempo es escaso.

Leí que primero había que ganar la guerra y después hacer la revolución.

Ayer nomás, me tocó leer la batalla en la Telefónica de Barcelona para sacar a los anarquistas del poder, y también sobre los desaparecidos anarquistas en las chekas comunistas.

Me duele la cabeza y no quiero seguir leyendo. La guerra empieza a terminar y todavía ni llegué a España. Mi novio me dice que el capitalismo es la mejor solución a todo, y se me agrieta el corazón.

A veces me pregunto si este viaje me terminará de volver reaccionaria. Si me volcaré al comunismo, al anarcocapitalismo, al ecoterrorismo.

Quiero hacer un documental. Todavía no sé de qué se trata, ni como termina. Espero que este diario me ayude a descubrirlo.

Bienvenides a bordo.

)

Thanks to Naranja Lima

María Love

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Lo-fi manic pixie dream girl

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