Berlín, día cero.

Son las 4 en Berlín. De la mañana.

Estoy sentada en un living oscuro, con un enorme ventanal que da a la East side gallery. Unos faroles de sodio y, a falta de luna, un logo enorme y redondo y blanco y brillante de Mercedes Benz,

Yo sé que parece muy glamoroso (y de hecho este edificio es muy lujoso), pero no deja de llamarme la atención lo oscura y villera que es. O al menos lo poco que conozco de ella.

Hasta el momento llegué a ver unas tres o cuatro horas de Berlín.

Llegué a las 7:44 PM hora local, luego de un tren de 7 horas. El tren lo tomé en Amsterdam Central, después de hacer tiempo con la valija y terminar comiendo un dutch breakfast en lo que, entendí, era una calle de moda.

El centro de Amsterdam es como una maqueta perfecta spoileada con negocios que no valen la pena, pero conseguí un desayuno maravilloso con jamón, queso, un huevo duro, un pan delicioso, un croissant decente y muy buen café.

Antes de llegar a Amsterdam Central bajé del avión en el aeropuerto de Schiphol donde tuve que explicar por qué venía tanto tiempo a Europa y cuánta plata tenía. El viaje en avión fue bastante olvidable: La aerolínea holandesa es buena, pero nada que ver con Etihad, y encima me tocó una loca de atar al lado y un bebé chino que no paraba de llorar, atrás. La loca de atar psicotizó a todas las azafatas, no me dejó lugar para pasar al baño y después se hizo amiga del padre del bebé chino. El señor chino no hablaba español ni inglés, y ella no hablaba chino, así que nunca entendí en qué idioma hablaban. Sin embargo, no estuvo tan mal. En el viaje vi West side story y también Her, esa mitad antes y mitad después de dormir, porque el bebé chino me forzó a tomar el cuarto de Rivo que venía postergando con grandeza.

No hay nadie en la East Side Gallery. Lo veo desde este quinto piso. Del otro lado del canal, bien podría haber luces, pero a los alemanes no les copan mucho las luces, y además son un poco villeros. Villeros estéticos, villeros de amor a la villa.

Una avenida vacía, iluminada, mojada por la lluvia, el muro, el ex muro de Berlín, y del otro lado, el canal, un pozo oscuro insondable que no llega a terminar. Cada tanto, un auto. Postapocalíptico.

Viajé en un tren precioso de Amsterdam a Berlín. En el camino había molinos de viento, casas con techo a dos aguas, un poco de lluvia y hasta un arcoiris. Niños que hablaban en cualquier idioma. Tenía que trabajar, así que todo esto lo vi de reojo mientras editaba el video clip de una banda. Es una buena banda.

En Warschausen me recibió mi amigo y ex jefe Martín. Es un artista del 3D que, como tantos otros, era un pobre diablo en Argentina y ahora, acá, le va bastante bien.

Fuimos al super.

Los alemanes empaquetan todo. Una hoja de lechuga. Tres tomates cherry. Cuatro ravioles. Así. Compramos cosas para la semana y yo me compré unos pepinos, cómo se decía pepino? Gurke. A Martín no le gustan, voy a tener que comérmelos todos, me estoy dando cuenta. En ese momento comenzó la vorágine de recordar palabras alemanas de la época del CUI alemán nivel 1, Die toten Hosen en el teatro de Colegiales y mi novio del Cangallo. Cómo vuelven los idiomas, como si nada.

Llegamos a la casa (Haus) de Martín. Es un piso precioso, 5 (fünf) en un edificio moderno construido en un hueco en el medio del muro y el canal, del lado comunista, aunque de comunista tenga poco (kleine).

Tiene unas puertas que se abren perpendiculares y me explicó que el portero es Eider. “Morgen, Eider, ich spreche slecht Deutch but ich bin Martin freunde”, voy a tener que decirle mañana cuando salga.

Me bañé, por fin. Comimos algo de una bolsa, pero muy rico, y Martín me explicó que sus cosas son todas negras (schwarze), porque él es metalero.

También todos sus amigos (freunde) son metaleros, su bar es metalero y va a eventos metaleros, ah, y sale con metaleras, de Europa del este, de ser posible, natürlich.

Todas las cosas en esta casa son de color negro. Por ejemplo, las toallas: Tuvimos que establecer cuál era de cada uno fijándonos en las texturas porque todas son negras. Mis sábanas también son negras, tiene varios juegos, todos negros, y mi colcha, que compró especialmente para la ocasión, también es negra.

Todavía no instalaron los artefactos de luz (Licht), así que tenemos algunos veladores y el resto del tiempo la casa está a oscuras. Eso mismo reza el tapete de la entrada: “Wilkommen in der Dunkelheit”.

Mi colchón está en el living y ahora estoy a oscuras escribiendo este diario, mirando la avenida con unos tres autos pasando, brillando de mojada, bordeada por el muro y del otro lado, la nada. Negrura total.

En Berlín todo es grande y oscuro y silencioso. Y bastante villero, por acá.

Fuimos a un bar de metaleros en el barrio de Friedrich (no me acuerdo el nombre, pero era algo como el barrio de Friedrich), y pasamos por un puente y unas vías, junto a decenas de yonquis y punks. Warschauer. Tomamos una cerveza (Das Bier). No le dejé propina al mozo sin darme cuenta, y me sentí muy mal.

Se puede fumar adentro, pero no traje cigarrillos. quería comprar pero al final no.

A la vuelta, llovió (Regen) y nos mojamos bastante. Martín se hizo un café (Das Kaffe), probó las titas que le traje y deliró de alegría al punto de que tuve que filmarlo.

Yo seguí tomando cerveza. Despierta hace 21 horas y habiendo dormido 3, el jet lag hace su trabajo eficientemente.

Hablamos de una polaca metalera de Tinder que no termina de darle bola.

Parece que son puritanas las polacas.

Sabían que, en Europa, darle like a alguien en Tinder no implica que une quiera coger?

Para pensarlo.

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