Paraíso acá, ahora.

Desde el mismo momento en que los niños comenzamos a tener uso de razón como para comprender cosas un tanto elaboradas, somos atosigados con cuentos populares y canciones pegadizas de los más variados escenarios, personajes y temáticas. Pero todos parecen haberse plagiado de una primera historia, cuando establecen que para un final feliz es divertido explicitar que primero hay que sufrir y sacrificarse hasta límites insospechados: patos discriminados por feos que terminan como los más bellos de la laguna, princesas presas en torres que hacen de sus trenzas un negocio de escaleras redituable y tortugas con pinta de viejas que para descubrir que sus tortugos las aman viajaron hasta las tintorerías de París donde, al parecer, trabajan cirujanos plásticos.

Nuestra misma familia nos impone la cultura del sufrimiento, desde infantes. Aunque sea de manera implícita, lo hacen. ¿Quién impone ese control ideológico que hace que todos consideremos al sufrimiento y al sacrificio como el camino certero hacia la felicidad? Esta idea parece ser aplicable a todo tipo de relación humana y a cualquier historia de vida. A mayor sufrimiento mayor será tu felicidad, es, básicamente lo establecido. Dicha postura da a entender –o por lo menos es lo que yo entiendo –que si no duele no vale, si no se sufre no sirve. Y no sólo eso, sino que está más que aceptado que todo dolor tendrá una recompensa.

–Bancátela, ya va a venir algo mejor.

–Todo esto lo vas a ver reflejado en unos años.

A todos nos han dicho este tipo de cosas más de una vez. Nos aguantamos callados ver como la vida nos golpea y nos vuelve a golpear en la misma herida. Pero nos aguantamos, porque… va a venir algo mejor.

Sería mucho más fácil obviar todo ese camino lleno de baches que no hacen más que complicarnos la existencia. La felicidad es el objetivo, sí. Pero el sufrimiento no tiene por qué ser el método. No voy a negar que el sufrimiento existe, por que de hecho, lo hace. Tanto a nivel físico como espiritual, las personas sufrimos a lo largo de nuestra vida. La muerte de algún ser querido o hasta un simple golpe en la rodilla se constituyen en sufrimiento, pero son cosas que no se pueden evitar.

Pero de ahí, a considerar que al sufrimiento y al sacrificio como la forma indispensable de alcanzar un objetivo es algo que ésta preestablecido. Ahora, me planteo que quizá sea esta idea impuesta el motivo por el cual constantemente buscamos entrar en complicaciones innecesarias y crearnos problemas o preocupaciones que de problemáticos no tienen nada. No solo respecto a las relaciones humanas, sino a situaciones de nuestra cotidianeidad.

Las parejas, por ejemplo, se pelan porque tal o cual cosa no está en el lugar de siempre, o porque cuando iban a cenar a las ocho de la noche; él llegó a las ocho pasados 15 minutos. Insistimos en buscar tontas excusas para enojarnos, gritarnos, dejarnos de ver un tiempo sólo con fin de solucionarlo todo en un futuro más que cercano y que así, nuestra relación valga más “porque tuvimos una pelea y lo superamos”. Buscamos un sufrimiento innecesario, no vemos las soluciones fáciles y prácticas y si las vemos, preferimos hacer de cuenta que no.

Analicemos la vida de esta mujer: Ella esta en lo más bajo de la cadena en un edificio de oficinas, donde trabaja demasiado tiempo y por un salario nada equiparable a su labor. Sacrifica la relación con su pareja de toda la vida, con sus padres y también sacrifica las actividades que la distienden y la relajan. Si el jefe le pide que trabaje un domingo, trabaja. Si le pide que vaya a un viaje de negocios aunque tenía planeado una cena con sus amigas, no duda en tomarse el avión. Todo porque tiene que ascender de puesto, entonces: se calla, se aguanta por más que este al borde de explotar de rabia. ¿Por qué, realmente? Porque cree fervientemente que va a ser recompensada en otra vida, en otro plano, en otro universo y si tiene una gran cuota de suerte dentro de 10 años.

Pero, ¿qué tan seguros estamos de que todo lo malo puede mudar de aires hasta convertirse en algo potencialmente bueno? Si lo que esperábamos nunca llegase, si lo sufrido no valiese de nada: ¿a quién tendríamos que echar culpas? Dependerá de cada persona, algunas se lo adjudicarán a una sociedad o a una entidad superior. Por mi parte, el único culpable de esa posible situación habita dentro de cada persona y es uno mismo.

Sacrificarse implica sufrir, sufrir implica dolor y el dolor parece hacernos felices. Autoflagelarse, buscar tropezar una y otra vez en vez de esquivar las complicaciones y hasta caminar directo a las piedras en el camino con algún fin que todavía no entiendo. ¿De donde surge esta manera de pensar?

Posiblemente de la existencia de la incapacidad humana de ver al sufrimiento y al dolor como los hechos naturales que en realidad son. Sufrir, insisto, es natural a cada persona. Ni bien abandonamos la seguridad del seno materno nuestros pulmones se expanden, constituyéndose el primer segundo de nuestra vida como un hecho doloroso. A medida que crecemos el sufrimiento se sigue presentado de manera constante, con lo que se da inicio a un proceso en el cual se busca dotar de sentido y justificaciones de todo tipo a dichas aflicciones. La naturaleza facilista del hombre se inclina por los fundamentos religiosos, otorgando valor a las angustias, cuando en realidad carecen de él. Adjudicamos los problemas y las penas a la conformación de una “obra mayor” de entidades superiores, permaneciendo sumisos ante la misma.

El hombre acepta esa imposición de las religiones, no sólo de las occidentales como el cristianismo o el judaísmo sino también de las orientales. La acepta porque le conviene hacerlo, porque de esta manera encuentra consuelo para los males que lo aquejan. Deja de ser si mismo, pierde o desconoce su propia esencia. Se encuentra alienado.

El concepto de alienación es tomado por Karl Marx, quien adhiere a las ideas de Feuerbach. Dicha idea establece que Dios es una creación de los hombres, quienes le atribuyen todas aquellas cualidades de las que carecen. Los hombres no son puramente sabios, buenos o justos y ese es el motivo por el cual Dios es infinitamente sabio, infinitamente bueno e infinitamente justo.

Partiendo desde este concepto, Marx examina al hombre no solo en el aspecto psicológico sino desde sus relaciones sociales y su realidad histórica. Entiende al hombre alienado religiosamente como producto de la inversión del mundo social. Esta inversión está dada por las ideas de las religiones, que consideran al mundo real –la única realidad –como falso, de mentira y temporal. Según el mundo invertido el mundo real es el “otro mundo”, el más allá, el cielo o el edén.

Por ello es el hombre busca consuelo en un “más allá” (en la “nada”) a sus desdichas; piensa y quiere pensar que debe conformarse porque existen recompensas a esa actitud sumisa, se mantiene callado, tranquilo, alienado y hasta tiende a normalizar las injusticias que le toca vivir. El obrero que cobra poco y es maltratado por su jefe considera que la situación no es solo aceptable, sino hasta es normal. No piensa en rebelarse, sólo se limita a pensar que las compensaciones que obtendrá serán directamente proporcionales a lo sufrido, mientras clama al cielo.

“La lucha contra la religión es la lucha contra aquel mundo cuyo aroma espiritual es la religión. […] La miseria religiosa, es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra ella. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu. Es el opio del pueblo.” (1) La religión es la fuerza que adormece al pueblo. El hombre busca consuelo a sus sufrimientos de este mundo en la religión, así disminuye su capacidad para convertir la auténtica causa del sufrimiento, pierde energía y principalmente pierde determinación para transformar las circunstancias sociales, económicas o políticas que realmente provocan sus desdichas: existe una desviación del único ámbito donde el hombre puede alcanzar su felicidad, solucionando sus conflictos.

El hombre se ve obligado a llevar una existencia miserable, aunque tenga el deseo de solucionar los problemas, la religión lo distrae y consuela de este mundo de acá y lo sitúa en el otro plano, donde carece de problemas. De modo que, a fin de cuentas actúa como un sedante o una droga que se encarga de adormecernos y brindarnos una felicidad aparente, no real: “la religión es el opio del pueblo”. La religión es la búsqueda de consuelo.

Marx propone superar la religión: “La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de que éste sea realmente feliz. La exigencia de que el pueblo se deje de ilusiones es la exigencia de que abandone un estado de cosas que las necesita. La crítica de la religión es ya, por tanto, implícitamente la crítica del valle de lágrimas, santificado por la religión” (2).

Solo la abolición de la religión traerá consigo la liberación humana. Una vez derrumbada la ilusión del más allá y de las retribuciones al sufrimiento humano, es necesario volver a tomar la fuerza necesaria para afrontar los conflictos diarios, parte natural de nuestra existencia humana, los que si pertenecen a nuestra única y certera realidad. Esa es la manera de abandonar la autoalienación, impuesta desde el momento en que crecimos en una determinada comunidad que promueve patos, princesas y tortugas sufridos y felices.


(1) MARX, Karl (1844) La crítica de la filosofía del derecho de Hegel.
(2) MARX, Karl (1844) La crítica de la filosofía del derecho de Hegel.